Nº 809 -10 de noviembre de 2008
 
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De por qué Pilar Urbano dijo en la televisión
que Zapatero es masón

La actual  Casa del Rey no está regentada desde hace bastante tiempo precisamente por las mejores manos posibles. Nunca se había añorado tanto como estos días a Sabino Fernández Campo, conde de Latores, título que le fue concedido por Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, tras ser defenestrado de su cargo a causa de una conspiración contra él, en la que participaron de forma activa Mario Conde y, según versiones fiables, su entonces amigo Pedro J. Ramírez. El hombre que supo coger con pulso firme el timón del Estado democrático en aquella aciaga tarde-noche del 23 de febrero de 1981, asistiendo al Rey en momentos dramáticamente claves, fue despedido más tarde y tuvo que salir por la puerta de atrás de la Zarzuela.  ¿Cómo es posible que en el escandaloso episodio del libro de Pilar Urbano sobre la Reina, los asesores de Doña Sofía o el propio Alberto Aza, jefe de la Casa del Rey, que es un diplomático veterano, que fue director de Gabinete del presidente Adolfo Suárez, no tomaran cartas en el asunto a la vista (¿o no hubo ni vista?), de la gravedad de unas revelaciones tormentosas y, como mínimo, frívolas o incluso irresponsables?

Coincido plenamente con mi compañero y buen amigo, director de El Siglo, José García Abad, joven aún en relación a mi edad, demasiado adentrado yo en los noventa,  experto y ampliamente conocedor de los entresijos de la Corona, lo que ha acreditado a través de sus libros, rigurosos y magníficamente argumentados, sobre el reinado de Don Juan Carlos, cuando aludió la semana pasada, en su página Sin maldad, a Fernández Campo: “Como decía Sabino Fernández Campo, a quien seguimos echando de menos: “Lo que  interesa no se puede contar y lo que se puede contar no tiene interés””. Su teoría en torno a “una maquiavélica intencionalidad política”, que podría estar en la sombra de este asunto, es fascinante y, más que nada, atención, resulta verosímil: “¿Se pretende calmar a una parte de la derecha reticente con el compromiso democrático de la monarquía de Don Juan Carlos? ¿Se pretende crear algo parecido a un “partido de la Reina” que se atraiga a la derecha profunda que compense la imagen del Rey, que en estas filas estiman próximo a la izquierda, como ha mostrado tanto en las buenas relaciones con González como en sus alabanzas a Zapatero y reticencias con Aznar?”

Aquí hay gato encerrado o al menos lo parece. Una entrevista de más de quinientas o seiscientas preguntas, destinada a convertirse en un libro a publicar poco antes de que Doña Sofía cumpliera 70 años, pasó inadvertida en sus aspectos más polémicos y más cercanos al debate político, social o ético por quienes deberían actuar como auténticos mosqueteros de la soberana consorte; es decir, las personas que han de proteger por encima de cualquier otra contingencia a la Reina y a su imagen. O estos mosqueteros apostaron por que se  proyectara con gran estruendo la imagen negativa de una Reina que, a los setenta años, quiebra su dilatada trayectoria, apenas salpicada de conflictos y de injerencias en la vida pública española o bien nos encontramos con unos funcionarios parásitos, vagos e ineficaces. Por consiguiente, la fragilidad de la monarquía, visto lo visto, estremece a cualquier observador. Esto no es una monarquía moderna y potente en su infraestructura o en su logística, como se merece España, más allá de la crisis económica por la que atravesamos, como en tantos otros enclaves del mundo mundial, sino una especie de ejército de Pancho Villa o una república bananera, de las que paulatinamente, y a pesar de los pesares, cada vez van quedando menos en Latinoamérica, por fortuna.

Yo casi no conozco a Pilar Urbano, salvo por referencias y por artículos suyos que he leído y también gracias a sus libros, pues ha sido biógrafa de Baltasar Garzón, por un lado, y por el otro, más recientemente, de San Josémaría Escrivá de Balaguer,  fundador del Opus Dei y ex marqués de Peralta. García Abad la elogia en su comentario mencionado, señalando que es “una periodista como la copa de un pino”. No voy yo a poner en duda la tan positiva calificación que hace García Abad de Pilar Urbano. Ciertamente da la impresión de ser una fértil escritora que cosecha éxitos editoriales. Pero otro amigo mío, periodista de toda la vida, como yo, me llamó desde Sevilla, donde reside, y me preguntó si había visto el programa de Telecinco llamado La Noria. Le dije que no porque a esas horas de la noche el médico me ha recomendado que descanse y duerma y me deje de radios y televisiones. Pues bien, él me informó y expresó su indignación por lo que había dicho Pilar Urbano como colofón a su opinión acerca del presidente Zapatero. Dijo que ella creía o sospechaba que “Zapatero es masón”. Mi amigo sevillano, casi de mi quinta, me espetó: “Cañuelo, esta acusación de masón a Zapatero, por parte de la periodista de moda gracias a la Reina parlanchina, no puede ser gratuita. Es inconcebible y sólo busca que la caverna ruja contra Zapatero. Ojo, Cañuelo, que todo esto olfateo que no me gusta nada”. Le dije: “Creo, Paco, que tienes razón. Me temo que tienes razón y tampoco me gusta nada a mí lo que está pasando en el palacio de La Zarzuela”.

Luis G. del Cañuelo

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