Nº 809 - 10 de noviembre de 2008
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Un premio para Bárbara Probst

por Miguel Ángel Aguilar

Ahora que los hechos quedan tergiversados de manera retrospectiva por necesidades del guión de quienes pretenden reinterpretarlos de forma que se asegure su protagonismo en los años venideros, ha tenido que venir de Nueva York nuestra Barbara Probst Solomon para recordar, por ejemplo, que la prensa española desempeñó un papel extraordinario en los primeros momentos de la Transición, procurando un ambiente de estabilidad e información.

Porque, como ella señala, en esos ocho primeros meses de incertidumbre posteriores a la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, en ese vacío en el que muchos de los protagonistas de lo que sería España estaban todavía en la cárcel y los nuevos partidos políticos estaban todavía fuera de la legalidad, los diarios y los semanarios, actuando de manera sorprendentemente conjunta, ofrecían las noticias sin censura y alentaban los cambios hacia la recuperación de las libertades públicas y la democracia.

Recuerda Barbara, a quien se le ha concedido el premio "Francisco Cerecedo" en su XXV edición, cómo por ejemplo las columnas semanales de Juan Tomás de Salas en Cambio 16 explicaban la naturaleza de los partidos políticos, que estaban a punto de reaparecer en un país que se había pasado 40 años sin elecciones, tenían un efecto estabilizador. Y cómo en mayo de 1976 las prensas del recién alumbrado diario El País estaban listas y funcionando de modo que cuando llegó el mes de julio, después del discurso de don Juan Carlos ante el Congreso de los Estados Unidos en Washington, estábamos asistiendo al surgimiento de una España democrática nueva y bisoña con la ayuda de una monarquía que quería ser constitucional e ilustrada.

Nada se hizo sin dificultades pero las gentes se liberaron del miedo de tantos años de dictadura y los llamados poderes fácticos hubieron de batirse en retirada. Los intratables del búnker acabaron, no sin intentar algún grave sobresalto, por abandonarlo para reintegrarse a la convivencia que se abría para todos. Los intentos de Carlos Arias Navarro y de Manuel Fraga de proceder a un simulacro continuista sobre la base imposible de aquellas Leyes Fundamentales y de los Principios del Movimiento se averiguó un sinsentido. Arias Navarro se reveló como un "desastre sin paliativos" y el Rey se hizo proponer por aquel vetusto Consejo del Reino a un joven del Movimiento que emprendió con denuedo la tarea del desmontaje del Régimen. Así se pudo adoptar la Ley de la Reforma Política aprobada por referéndum y llevar a cabo las primeras elecciones generales libres.

Habíamos adoptado el diálogo como discurso del método y la concordia cívica como actitud recíproca. Las gentes se movilizaban en pro de los objetivos a alcanzar y nadie antes de sumarse se preguntaba qué beneficios particulares obtendría. Las demandas de libertad, amnistía y Estatut de autonomía barrieron el mapa de España y el gobierno tuvo que asumirlas. La Iglesia dio la bienvenida a las libertades, el Rey había renunciado a los privilegios del Concordato, los militares educados en la adhesión a Franco salvaron su orfandad transfiriendo su obediencia al Rey. •

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