Nº 809
10/11/2008

¿Quién teme a Barack Obama?

Todos deberíamos tener derecho de voto en las elecciones norteamericanas  pues nos afectan a todos y, en cierta manera, puede decirse que esta vez así ha sido. Un fantasma de esperanza negra llamado Barack Hussein Obama ha recorrido el mundo cuando más lo necesitaba provocando olas de entusiasmo al que han sido sensibles los votantes de pleno derecho. Sin embargo, es a éstos, a los ciudadanos de los Estados Unidos de América, a quienes corresponde la gloria de haber elevado a este hombre a la Casa Blanca. El ansia de cambio se percibía con nitidez en la calle como repulsa a la gestión doméstica de George Bush pero también latía en ella la necesidad profunda de la gente de ser querida más allá de sus fronteras.

A Barack Obama le ha venido bien la crisis aunque lo lamente como el que más. La Gran Crisis, que se desliza insidiosamente hacia la Depresión, no podía ser combatida eficazmente por quien tuvo responsabilidades en su gestación. George Bush se estrenó invadiendo Iraq y culmina su mandato en el ojo del huracán de una tormenta financiera desoladora. La invasión fue decidida por él en nombre de su papá y la crisis se desencadenó como consecuencia de su filosofía pero en beneficio de su fortuna y la de su papá.

George Bush, que ha sido consensuado como el peor presidente de los Estados Unidos, actuó enérgicamente para que los ricos se enriquecieran sin tasa –controles fuera– ni tasas –los impuestos son tachados de robo o poco menos por los neocon–; el Estado debía reducirse hasta las proximidades de la nada evitándole tentaciones sociales que en opinión de los liberales salvajes crían vagos y maleantes. George Bush estiró hasta el libertinaje la autorregulación de los mercados, en cristiano la no regulación y el mirar para otro lado, y ello significó legalizar la producción y distribución de títulos tóxicos. El estallido de las subprime y similares no puede considerarse como incidente, accidente o perfidia de incontrolados, sino como la consecuencia lógica de la doctrina vigente, la de los neocon.

En cierta manera, aunque salvando las distancias, la invasión de Iraq y la epidemia financiera presentan elementos comunes. El presidente encargaba informes que justificaran la invasión y despreciaba los que la desaconsejaban. En lo que al delirio de los mercados se refiere, atendió a los expertos que le aconsejaban el “dejar hacer dejar pasar”  y despreció las voces de quienes, como el último Premio Nobel, Paul  Krugman, denunciaban que la delincuencia campaba a sus anchas por Wall Street. En ambas iniciativas acopló la realidad a la ideología y a sus intereses: en Iraq a favor de la intervención y en las subprime y derivados decidiendo la no intervención.

Bush seguirá en el Despacho Oval hasta el próximo 20 de enero y, por tanto, presidirá la reunión del Grupo de los Veinte en Washington que se celebrará el próximo fin de semana, pero ya está haciendo las maletas. El aplastante triunfo de Barack Hussein Obama generará efectos saludables pues, si la crisis es de confianza, un presidente que ha sido elegido con tantos votos y con tantas simpatías internacionales podrá contribuir a recuperarla. Dios ha salvado a América y Obama debería salvarnos del lío en que nos metió su antecesor.  Viene con la fuerza de la juventud y con la energía de quien inicia el mandato, el momento en que se toman las grandes decisiones, e irradia moralidad, un valor más escaso, más valioso  y más necesario que la liquidez y el crédito.

Es posible que ciertos conservadores hubieran preferido a McCain que es un “caballero de los nuestros”, como apreciaba una celebridad de Wall Street, pero, en cambio, este personaje, que ha perdido con toda dignidad, todo un caballero ciertamente, no proporcionaría una imagen nítida de cambio y lo que necesitamos es generar las bases para un mundo nuevo y no brochazos de maquillaje.

¿Quién teme a Barak Obama?  Los mercados y los mercaderes deberían darse con un canto en los dientes de que el nuevo presidente americano tenga la fuerza moral y la juventud de este negro de familia humilde que ha llegado a donde ha llegado gracias a una energía envidiable y al convencimiento de quien dispone de un proyecto que merece la pena. Las primeras reacciones, un tanto reticentes, de las Bolsas me recuerdan la hostilidad con que fue acogida la victoria de Lula da Silva, y hoy el presidente de Brasil ha entrado en el santoral del capitalismo.

Sólo se me ocurre que pueden temer a un presidente negro, de condición humilde y progresista los gobernantes que se valieron del odio a Bush, la cara fea del imperialismo,  como justificación para políticas dictatoriales o demagógicas. Aunque pueda parecer paradójico, me da la impresión de que ni los hermanos Castro, ni Hugo Chávez ni Evo Morales ni Rafael Correa están felices con la elección del pueblo americano. 

José García Abad


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