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Nº 808 - 3 de noviembre de 2008
Recuperar la bandera del socialismo

por Santiago Carrillo

La crisis que estamos comenzando a atravesar y la depresión en que podría convertirse ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión. El capitalismo, ¿es final de la Historia? Más allá de él, ¿puede haber o no otro tipo de formación social? Hace unos años, cuando se hundió el sistema soviético, muchos dieron por contestada la pregunta definitivamente: no existía nada más allá del capitalismo. Para ellos este sistema había superado las mejores promesas del socialismo e incluso del comunismo. Este se proponía crear una sociedad en la que todas las necesidades del ser humano fueran satisfechas. ¿No se había logrado ya esto? En Occidente, el capitalismo había dado ya al trabajador el Estado del Bienestar, que aseguraba la educación y la sanidad gratuitas, así como subsidios de desempleo y pensiones de vejez; además, los bancos concedían préstamos a devolver en cómodos plazos que permitían a los trabajadores comprarse un piso, un coche y los artilugios domésticos que hacían la vida más agradable. ¿Qué más se podía desear?

Claro, que los que pensaban así se olvidaban de que el Estado del Bienestar era una conquista de los trabajadores, alcanzada en larga y dura lucha. Mientras que la ayuda de los bancos ataba a los beneficiarios a la cadena de los plazos durante la mayor parte de su vida y desarrollaba en ellos el espíritu de sumisión a la voluntad de los empresarios y les forzaba a aceptar cualquier arbitrariedad de éstos para no perder el puesto de trabajo que podía acarrear la pérdida de cuanto habían logrado. En otras palabras, fomentaban tendencias conservadoras entre el mundo del trabajo favoreciendo políticamente a los partidos de derechas.

El sistema tenía otro medio más de engatusar a las gentes modestas: la Bolsa. Millones de personas entregaban sus modestos ahorros a los bancos y las grandes empresas. Con ello podían hacerse la ilusión de formar parte de las famosas clases medias. Durante un tiempo recibían algún dinero, participaban en el negocio. Pero cuando venían las crisis solían perder todo el dinero empleado, mientras que los verdaderamente ricos ganaban siempre y los ejecutivos se forraban con sueldos colosales.

Así, los beneficios que el sistema prestaba a los trabajadores y gentes modestas, solían terminar como el cuento de la lechera, rompiéndose el cántaro de las ilusiones.

Esta crisis podría abrir los ojos a muchas gentes enajenadas por el sistema. De momento, se habla mucho de "refundar el capitalismo" por parte de conservadores declarados, entre ellos el mismo Sarkozy. Mucha gente entiende que el sistema no funciona y que hay que cambiarlo, aunque no sepa bien cómo y por qué otro sistema. Lo cierto es que bajo el gobierno de Bush hemos llegado a ver la faz oculta del capitalismo: guerras absurdas y desoladoras, con promesas de más guerras y más desolación, bajo el pretexto de "exportar la democracia"; empobrecimiento de los países subdesarrollados e incremento desatado de las inmigraciones con un trágico costo humano, crecimiento del terrorismo y finalmente, esta depresión mundial, producto directo de la "revolución, conservadora" y el endiosamientc de la "mano invisible del mercado".

En estas circunstancias, la izquierda debería plantear decidida y resueltamente sus soluciones. Las incipientes medidas del Estado para evitar el hundimiento del sistema financiero tendrían que ser el inicio de un sistema de regulación que desemboque en la nacionalización y con la creación de un órgano mundial de control de los movimientos de capitales hoy inexistentes. Creo que el Banco y el Fondo Monetario mundiales han hecho su tiempo y han quedado obsoletos. La nacionalización de las finanzas no sería el fin del capitalismo, puesto que el sector de la economía productiva continuaría en manos privadas, pero establecería un principio fundamental, que la política manda sobre la economía, al revés de lo que sucede hoy.

Pero al mismo tiempo ha llegado la hora de que la izquierda vuelva por sus fueros. Fracasada la experiencia soviética, principalmente porque no supo o no pudo garantizar la democracia, la libertad de los ciudadanos. Pero frente al fracaso del capitalismo, más claro que nunca en este momento, la izquierda debe recuperar valientemente la bandera del socialismo con libertad y ganar para ella a fuerzas sociales hasta ahora alejadas que comienzan a entrever que la conservación del planeta y de los valores auténticamente humanistas ya no puede llevarse a cabo en el sistema capitalista. •

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