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¿Una Reina de derechas y un Rey de izquierdas? Gracias a Pilar Urbano, una periodista como la copa de un
pino, vamos conociendo mejor a la reina de España. El sorprendente libro La
Reina muy de cerca que acaba de alumbrar Urbano –que “vuelve a palacio”, según
subraya en la portada– cuando Doña Sofía cumple setenta años, revela nuevos
aspectos de su personalidad que se añaden a los que la autora nos había
transmitido en el anterior libro-entrevista, La Reina, publicado hace más de
diez años y que, en su día, también levantó ampollas. Más difícil de
interpretar es el diseño estratégico de la Casa de Su Majestad, que dirige
Alberto Aza, al dar el visto bueno a la obra.
Mi sorpresa no está motivada por los nuevos detalles revelados sobre lo que piensa Doña Sofía, que es tan conservadora como uno podía esperar en quien se ha criado en el seno de la Familia Real griega, la más reaccionaria de Europa, y en quien se adaptó cómodamente al régimen franquista al que se refería benévolamente en el primer libro que sobre ella escribiera Urbano. Mi sorpresa, insisto, no surge de las opiniones de la Reina, que por otro lado comparte mucha gente, sino de su imprudente toma de postura sobre decisiones adoptadas por el Gobierno elegido por los ciudadanos. Tan reprochable me parece criticarlas como alabarlas pues ni una cosa ni otra puede permitirse la esposa del jefe del Estado. Ciertamente la Constitución apenas le atribuye funciones pero se le supone, por extensión, el respeto a la neutralidad exigida a su esposo, el jefe del Estado. La Reina no se ha andado por las ramas en sus manifestaciones, negro sobre blanco, respecto al matrimonio entre homosexuales que ampara la ley y, por tanto, votada en el Parlamento –palabra del pueblo, palabra de Dios–, el aborto, legal con las limitaciones conocidas, sobre cuya materia el Gobierno estudia la ampliación de supuestos, o respecto a la eutanasia, sobre cuya legalización está trabajando el Ministerio de Sanidad. Tampoco parecen muy prudentes las referencias a políticos en activo o en pasivo ni las indiscretas referencias a los reyes de Marruecos en relación con Ceuta y Melilla y, desde luego, tampoco lo es que se postule a favor de la enseñanza de la religión en las escuelas en un país no confesional como, más o menos, es el nuestro. Las frases de la Reina a estos respectos no se exceden en sutileza: — “Lo que pasa es que Mohamed, igual que su padre, cada dos por tres tiene que protestar y reclamar para que la cuestión siga abierta. Hassan II a mi marido intentaba tenderle trampas: “Ven, ven a Ceuta o Melilla, y yo te monto allí un recibimiento por todo lo alto”. Había que decirle: “Pero Hassan, ¿cómo vas a recibirme en unas tierras que son mías?”. —“Se ha de enseñar religión en los colegios, al menos hasta cuierta edad: los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida”. —“... pero que a eso no lo llamen matrimonio [al de los homosexuales], etc. Pero como sugería antes, lo verdaderamente chocante, aún más que las indiscreciones de la Reina, que goza de la simpatía general pero que no termina de entender la monarquía parlamentaria, es la actitud de la Casa de Su Majestad, donde han leído la obra antes de salir de la imprenta, según ha declarado la autora, lo que significa que han impreso el nihil obstat, aunque ante la reacción provocada la Reina hiciera un desmentido poco convincente. Y la Casa sí entiende los principios de neutralidad de los Reyes y, por tanto, la inconveniencia del libro como en su día entendió la inconveniencia de las conversaciones con el Rey que escribiera José Luis de Vilallonga en 1993; los reyes no deben escribir memorias pues siempre hay alguien que se siente ofendido o preterido. Así lo entendía también Don Juan Carlos pero se vio obligado a prestarse a ello por consideraciones personales que he explicado en mis libros y que no vienen ahora a cuento. Como decía Sabino Fernández Campo, a quien seguimos echando de menos: “Lo que interesa no se puede contar y lo que se puede contar no tiene interés”. Sería un tanto arriesgado deducir que la Casa de Su Majestad no se ha atrevido a contrariar a la Reina en su 70 cumpleaños pero, si no ha sido esa su intención, ¿cabe pensar que tiene una maquiavélica intencionalidad política? ¿Se pretende calmar a una parte de la derecha reticente con el compromiso democrático de la monarquía de Don Juan Carlos? ¿Se pretende crear algo parecido a un “partido de la Reina” que se atraiga a la derecha profunda que compense la imagen del Rey que en estas filas estiman próximo a la izquierda, como ha mostrado tanto en las buenas relaciones con González como en sus alabanzas a Zapatero y reticencias con Aznar? Alberto Aza, un viejo zorro de la política, sabe lo que se trae entre manos pero pudiera estar jugando con fuego. Por lo demás, le deseo sinceramente un feliz cumpleaños, Majestad. José García Abad |
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