Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales
"BÁRBARO ES QUIEN
NO RECONOCE
LA PLENA
HUMANIDAD
DE LOS OTROS"
"No seré la estrella de una ceremonia en la que también estarán Ingrid Betancourt y Rafael Nadal", bromea el ensayista e historiador Tzvetan Todorov (Sofía, 1939), quien recibe este viernes el Premio
Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Mucho
más serio, y con la serenidad que tanto le
caracteriza, Todorov alerta de que el mundo
civilizado puede ser igual de bárbaro que los
enemigos que combate. Ésta una de las ideas
clave que expone en su último libro, El miedo a
los bárbaros (Ed. Galaxia Gutenberg, 2008).
Por Salvador Martínez (París)
Se dice que usted es un outsider entre los intelectuales franceses, ¿Por qué?
—Porque vengo de un país extranjero. Es imposible que sea como el resto habiéndome educado en un marco diferente al francés pero habiendo vivido el doble de tiempo en Francia que en mi país natal, Bulgaria. Estoy dentro y fuera del mundo de los intelectuales franceses, lo que es al mismo tiempo un privilegio y una desventaja. Mi punto de partida es el comentario de textos literarios. Luego me he interesado por la historia de las ideas. Sin embargo, bajo mi punto de vista, uno no puede ocuparse del pasado ignorando el presente. Además, hay que hacer dialogar al presente con el pasado. De ahí que me haya interesado por las ciencias sociales, especialmente, por la antropología, la psicología, la sociología y lasciencias políticas. Con instrumentos de todas ellas he tratado una serie de temas que me son propios: la pluralidad de las culturas, el totalitarismo y la democracia.
—Otro de los temas recurrentes de su obra es la relación entre la historia y la memoria.
—Así es. Hay que diferenciar, por un lado, la realización de un trabajo de reconstrucción histórica del pasado y, por otro lado, el uso de la memoria en un contexto político determinado. La memoria y el pasado no son ni buenos ni malos porque los hechos por sí mismos no tienen sentido. Todo depende del uso que vaya a hacerse de los hechos del pasado. Por ejemplo, durante la guerra de Argelia, entre 1954 y 1962, buena parte de los cuadros del ejército francés habían combatido a los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, ya fuera como resistentes o como miembros de las fuerzas francesas libres en el exterior. Estas personas, ante el conflicto de Argelia, se posicionaron de dos formas. Los había quenegaban la posibilidad de que Francia cayera nuevamente ante un enemigo, ya no alemán, sino terrorista, término que designaba a los argelinos. Pero también los hubo que decían: "nosotros queríamos la libertad para nuestro país actuando como resistentes ante el ocupante alemán y nos llamaban terroristas. Nuestro enemigo en Argelia también quiere la libertad para su país". Por tanto, la Segunda Guerra Mundial ha generado dos memorias distintas.
—En España, una reciente ley ha aprobado la apertura de fosas comunes de los represa-liados por el régimen franquista. ¿Qué opinión le merecen gestos como éste?
—Siempre es bueno decir toda la verdad. Para ello, no debe limitarse la tarea de los historiadores, encargados de iluminar el pasado incluso cuando éste es doloroso y ha podido dividir a un país. No debe haber tabúes ni debe ocultarse lo que realmente ha ocurrido. Sin embargo, el uso del conocimiento generado por los historiadores es otra cuestión. El uso que se haga concierne al campo de la política.
—En la edición francesa de su último libro se lee el subtítulo: "Más allá del choque de civilizaciones". ¿Que hay más allá del choque de civilizaciones?
—El choque de civilizaciones no existe. Para mí, "más allá del choque de civilizaciones" significa que hay que ir más allá de la concepción según la cual existe un choque de civilizaciones. De hecho, mi último libro trata sobre las relaciones entre personas que pertenecen a distintas culturas. En él introduzco una categoría de aplicación universal que es la de "barbarie-civilización". He intentado darle un sentido aceptable por todos y me he interrogado sobre si los occidentales reaccionamos a la supuesta amenaza de la barbarie de una manera que nos convierte en bárbaros. El miedo de los bárbaros es lo que nos hace correr el riesgo de volvernos bárbaros.
—¿Quienes son los bárbaros: Al-Qaeda, las tropas rusas cuando entraron en Georgia?
—El comportamiento de Rusia en Georgia es lamentable, pero no veo en él un acto de barbarie. Se trata de un comportamiento de gran potencia, es decir, un comportamiento guiado por la creencia según la cual la fuerza es lo que rige las relaciones internacionales. Los occidentales también actuamos en función de este principio. Por tanto, los rusos no son más bárbaros que los occidentales. Para mí, la barbarie no es la ausencia de saber. Se trata de una actitud definida por la actitud hacia los otros. Es bárbaro quien no reconoce la plena humanidad de los otros. Al contrario, es civilizado quien, reconociendo la plena humanidad del otro, trata a los otros del modo en que le gustaría que fueran tratados sus seres queridos y él mismo. El asesinato, la tortura y la esclavitud son actos de barbarie porque al cometerlos, no reconocemos la plena humanidad de los otros. En consecuencia, los atentados terroristas son actos de barbarie pero también lo son los bombardeos que sufre en un conflicto la población civil.
—Usted considera que el terrorismo y la barbarie, en general, no tienen un origen religioso.
—Así es, islam, islamismo y terrorismo no son lo mismo. Los terroristas actúan por principios fundamentalmente políticos. Mi preocupación concierne, sobre todo, los actos de barbarie que cometemos los occidentales. Por ejemplo, la tortura ha sido por primera vez en la historia de las democracias modernas reivindicada por EE UU. Esto ha sido aceptado tácitamente por todos los gobiernos democráticos que se benefician de los resultados obtenidos a través del maltrato a detenidos. En Europa, ningún gobierno ha condenado lo que ocurre en Guantánamo, ni lo que ocurrió en Abu-Ghraib o Bagram.
—¿Quién tiene miedo a la barbarie?
—Tenemos miedo de la amenaza de un mal que puede ocurrirnos en cualquier momento. Para luchar contra esa amenaza, adoptamos comportamientos que no aceptaríamos si estuviéramos serenos, a saber, la tortura o la ocupación de países extranjeros. Francia, por ejemplo, tiene más de 3.000 militares desplegados en una misión que se desarrolla en Afganistán, un país que nunca ha atacado el suelo francés. Son observables los actos debarbarie de los terroristas que actúan en Afganistán o Iraq. Pero a través de la guerra no se combate esa barbarie. La barbarie, combatida con más barbarie, se agrava.
—Si existen las guerras justas, ¿Afganistán no es una de ellas?
—No es una guerra justa ni ganable. No vamos a construir en esa región del mundo una democracia occidental. En esa guerra ya no se combate el terrorismo porque las fuerzas opositoras a la presencia extranjera no sólo se identifican con terroristas sino también con nacionalistas afganos, señores de la guerra, contrabandistas y productores de droga. Las guerras justas son de dos tipos. Por un lado, son guerras justas las guerras de legítima defensa. La guerra que tuvo lugar en Afganistán para destruir las bases de Al-Qaeda fue una guerra justa. El problema es que hoy la presencia militar internacional en ese país no tiene nada que ver con ese objetivo. Por otro lado, son guerras justas las guerras en las que se interviene militarmente en un país porque en él se está cometiendo un genocidio. Guerras de este tipo no hemos conocido todavía porque los dos últimos genocidios, los de Ruanda y Camboya, no han provocado una intervención militar internacional sino la intervención de un país vecino: Uganda y Vietnam.
—¿Qué lugar existe para la razón en un mundo en el que terroristas, piratas, grupos armados de todo tipo e incluso los estados actúan como bárbaros?
—No estoy seguro de que la razón haya guiado el comportamiento de los hombres ni de los estados. La cuestión que hay que hacerse es cómo hacer frente a las nuevas amenazas. Me refiero a los grupos que no se identifican con un Estado y que son capaces de hacer mucho daño a causa del desarrollo de las nuevas tecnologías. Hoy es fácil hacerse con un manual para fabricar bombas. Basta con servirse del ordenador. Para combatir esta realidad, la guerra no puede aplicarse. Ésta exige que el enemigo sea un Estado delimitado territorialmente. Sin embargo, los nuevos enemigos no se identifican necesariamente con un territorio. Dos condiciones deben darse para que un combate eficaz tenga lugar: que nuestros adversarios no sean apoyados por las poblaciones locales y que se realice un trabajo policial sobre el terreno, de infiltración y de control de flujos financieros. •
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