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Nº
806 -20 de octubre de 2008 |
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De ‘Época’, ‘ABC’, ‘El Alcázar’, ‘La Razón’ y Alfonso Ussía
Un buen amigo, también veterano periodista, aunque mucho más joven que yo, que ando metido ya de sobras en los 90, amablemente me envió el otro día por correo, no el electrónico que no domino, sino el tradicional, la revista Época. Se limitaba en su texto a estas palabras: “Busca la página 41”. Le hice caso y me encontré con un artículo firmado por Maite Alfageme, sin duda distinguida compañera a la que no tengo el gusto de conocer, con un título algo misterioso: “Archívalo en la ‘P”. Parecía dedicado a Alfonso Ussía y barrunté que sería un texto de loa a uno de los iconos de la derecha tan rancia como radical, antiguo colaborador de ese semanario, fundado por Jaime Campmany, un periodista falangista que hizo carrera en la prensa del Movimiento Nacional y hasta en la política del franquismo, siendo procurador en Cortes, si mi frágil memoria no me traiciona. Cuando llegó la transición y más concretamente, el 28 de octubre de 1982, fecha en la que por primera vez el PSOE lograba mayoría absoluta, capitaneado por Felipe González y Alfonso Guerra, el tal Campmany, al que Dios haya perdonado, fue contratado por ABC, que era aún propiedad de la aristocrática familia Luca de Tena, cuyo apoyo al golpe de Estado del 18 de julio, fue decisivo por cuestiones logísticas vinculadas a la aviación; incorporó ABC, decía yo, a periodistas de la extrema derecha. Intentó de este modo y con éxito atraer al vetusto periódico, que atravesaba una crisis preocupante en términos de lectores y, ciertamente, de economía interna, a los lectores de El Alcázar, que era de la Hermandad de los Defensores de El Alcázar de Toledo. El periódico mencionado era una especie de guardián de las esencias más reaccionarias de la dictadura y sus páginas no fueron ajenas a la trama del 23-F. Llegó a ser gestionado en una época, en los años 60, por el Opus Dei, circunstancia que esta institución, con evidente tendencia al secretismo, negó reiteradamente. Hay que tener en cuenta además que en aquel tiempo los llamados tecnócratas, afiliados a la Obra de Escrivá de Balaguer o simplemente simpatizantes, con Alberto Ullastres y Laureano López Rodó a la cabeza de este grupo, copaban buena parte del poder omnímodo de un régimen totalitario, gracias a la protección del almirante Carrero Blanco, mano derecha de Francisco Franco. Este dato, a los efectos de mi modesta narración, entiendo que es muy relevante. Los ministros y altos cargos del Opus no eran bien vistos por el sector más “azul” o más falangista. De modo que el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne y José Solís Ruiz, ministro secretario general del Movimiento y, a su vez, secretario general de Sindicatos, que eran los jefes del sector más fervoroso, urdieron un golpe de mano con el fin de devolver El Alcázar a los Blas Piñar y compañía y, sobre todo, con el fin asimismo de recortar la creciente influencia del Opus. Es preciso no olvidar, por otra parte, que en ese período se estaba jugando y muy fuerte, en las entrañas de la dictadura, la sucesión de Franco. El Opus apostó por Juan Carlos de Borbón y Borbón. Los más “azules”, en cambio, eran reacios a tal nombramiento. He de reconocer por supuesto, y regresando al inicio de mi escrito, que me equivoqué de medio a medio. El artículo publicado en Época y dedicado a Ussía era extremadamente crítico con él, puesto que, desde las páginas de La Razón, había arremetido contra esa revista que aireaba en la portada un “conflicto en la separación de doña Elena”, añadiendo: “Alega consumo ocasional de cocaína”. Y “Casa del Rey a Época: ‘Se quiere hacer daño a la Monarquía”. Alfageme lo puso a caer de un burro y la ‘P’ del título quería decir papelera, donde iban los primeros textos de Ussía al ser infumables, según evoca como testigo la citada periodista. Subraya que es “el hijo del conde de los Gaitanes, mitad pijo de La Moraleja, mitad señorito andaluz”. Su “pluma, precisa Alfageme, dejaba tanto que desear que incitaba a la mofa y a la carcajada (…) Pero el pijo perseveró y aprendió a escribir”. La firmante tilda de “infamia” lo que redactó Ussía contra la revista. “Vomitaste, le reprocha la aludida, en las páginas de ese otro periódico lleno de amigos que sigue siendo La Razón (…) Hacemos esta revista con la cabeza bien alta”. En fin, que hasta le recuerda que desde Época había habido hace años ataques a la Casa Real, “informaciones incómodas para la Corona”, puntualiza, “sin que en el departamento de administración de la casa se tenga noticia de que el tal Ussía renunciase jamás a su sustanciosa colaboración”. Agradecí, días después, a mi buen amigo su envío. Leer cómo se pelean entre ellos y cómo le cantan las cuarenta a Alfonso Ussía, me produjo una agradable sensación. Me es igual si la razón en este caso era de Alfageme o de su director, Carlos Dávila, otro que tal baila, o si la razón le corresponde al que responde al apellido Ussía, que presume de monárquico, que dicta lecciones a todo aquel que se le cruza en su camino sin que él le dé el visto bueno y que es capaz de insultar a los vascos en general hasta el extremo de que, no hace demasiado tiempo, por ello fue expulsado de facto de ABC y acabó acogiéndose a La Razón. Con su pan se lo coma. Luis G. del Cañuelo |
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