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Paul Krugman, Nobel de Economía, nos da una lección de decencia periodística Ha sido un premio justo, necesario, oportuno y… saludable.
Paul Krugman es famoso por la implacable crítica de los últimos años a la
política de George Bush pero no es ese su mayor mérito. Krugman, de 55 años,
profesor de Economía y Relaciones Internacionales en la universidad
estadounidense de Princeton, viene denunciando desde hace más de una década los
avances del capitalismo golfo y anunciando la catástrofe que finalmente se ha
producido, cuyo origen hay que buscarlo en la religión predicada por George
Bush padre y Margaret Thatcher de autorregulación salvaje y Estado pequeño.
Pero, además, es Paul Krugman un economista político que, en la mejor tradición
del oficio, ha dedicado toda su atención y su formidable capacidad de análisis
a lo más noble de la economía como ciencia para el bienestar humano.
Todos los frentes de investigación económica son útiles y legítimos pero me parece más útil y más legítimo el esfuerzo dedicado a la economía real, a la producción y al comercio y de forma especial a la geografía humana, a los asentamientos del hombre sobre la Tierra, que los aplicados a inventar sofisticados modelos econométricos para ganar en Bolsa o para optimizar la renta de situación de los dirigentes empresariales; lo digo simplificando un poco pero mis perspicaces lectores saben a qué y a quiénes me refiero. La Academia sueca justifica el premio en que Krugman “ha integrado los campos de investigación anteriormente dispares del comercio internacional y la geografía económica (…) La teoría de Krugman aclara por qué algunos países que no sólo tienen condiciones similares a otros, sino que comercian productos parecidos, dominan el comercio internacional”. Pero lo que quisiera resaltar en este comentario es la deuda que los profesionales de la prensa hemos adquirido con este economista que es, además, un brillante periodista. No me refiero sólo a su apelación a los imperativos morales de nuestra noble profesión, que están en lamentable decadencia, sino también a sus comentarios sobre la responsabilidad en que los periodistas hemos incurrido, junto a los auditores y calificadores de rating de las grandes compañías, en la Gran Quiebra que estamos sufriendo. Krugman ha predicado valientemente con el ejemplo y no se ha casado con nadie salvo con sus lectores de diversas publicaciones de masas y desde hace años con los de The New York Times. Además, el profesor Krugman ha sido muy lúcido en expresar lo que estaba ocurriendo. “Los comentaristas –diagnosticaba hace años el Nobel de Economía 2008 y premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2004– son en su mayoría personas que viven en Washington [léase Madrid, París o Londres] y van a las mismas cenas. Esto fomenta el pensamiento grupal; en determinado momento se crea una línea argumental que moldea la percepción de los periodistas (…) El instrumento de la mayoría de los periodistas es la información confidencial; las filtraciones que parten de las fuentes situadas en puestos altos y las entrevistas privadas con los poderosos que proporcionan revelaciones detalladas de primera mano. Esto vuelve a los periodistas vulnerables: se les puede seducir con las oferta de abrirles determinadas puertas o, por el contrario, amenazarlos con la perspectiva de excluirlos y así destruir su carrera”. Krugman jugaba con ventaja desde su condición de profesor universitario, lo que le permitía proclamar: “Yo no pertenezco a esa banda (…) y no soy sensible a las presiones acostumbradas”. El profesor ha hecho autocrítica pero no por sus molestas tesis, sino por haberse quedado corto en sus denuncias: “Siempre fui un escéptico de la bolsa aunque no lo suficiente (…) La atención que dedicaba a las economías extranjeras en dificultades me preparó para la posibilidad de que Estados Unidos sufriera importantes problemas económicos cuando estallara la burbuja, aunque, una vez más, infravaloré los riesgos. De lo que nadie se dio cuenta fue de lo corrupto que se había vuelto el sistema empresarial norteamericano; como a todos, también me cogió por sorpresa”. Esto lo escribía Krugman casi una década antes de la gran catástrofe financiera. Ahora, al serle notificada la concesión del premio Nobel de Economía, ha evitado la tentación del “ya lo decía yo” y ha proferido mensajes de esperanza y propuestas para salir del precipicio: “Vamos a sufrir una recesión, tal vez prolongada, pero quizá no un colapso”. Y tras la reunión del Consejo Europeo de los pasados miércoles y jueves confesaba: “Estoy menos aterrorizado hoy que hace cinco días. Me puso muy contento la cumbre europea de ayer” y elogió especialmente al premier británico, Gordon Brown, por la nacionalización de los bancos. La Academia sueca ha estado fina al premiar a este hombre lúcido y moderado de orientación keynesiana y, ante todo, perspicaz ciudadano. José García Abad |
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