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Nº 804 - 6 de octubre de 2008


Censuras propias y ajenas

Por Mauro Armiño

E l siglo XXI ya empieza a cojear siguiendo la norma de la historia desde la Revolución Francesa, dos pasos adelante, uno atrás, cuando no es un paso adelante y dos atrás. Desde que rodó la cabeza de Luis XVII en el invento del doctor Guillotin, el Antiguo Régimen va reconstruyéndose con otras testas coronadas: en el siglo XIX esas testas se llamaron Política, y en el XX el Dinero: reyes globales, no de un país, sino del mundo, que tienen en la llamada democracia la forma política en que han encarnado; sus poderes no están en coronas ni en capas de armiño; la ceremonial parafernalia de hoy tiene nombres más pedestres como hipoteca, bonos, garantía de depósitos y demás jerga que se nos ha impuesto de pronto para acompañar las galletas del desayuno en todas las casas. No es tan fundamental como eso para la hora del desayuno, pero cada vez son más los indicios de que el paso adelante en materia de libertad de expresión y prensa se contrarresta con dos pasos atrás: en unos casos el poder religioso, en otras el político, en otras el económico, van sembrando la flor podrida de la censura.

La globalización. Ya tenemos un primer ejemplo de censura global por causa de Mahoma: la novela La joya de la Medina, de la estadounidense Sherry Jones, iba a ser publicada en Estados Unidos por Random House; la novela tiene por protagonista a Aixa, la tercera esposa (de las nueve que tuvo) del profeta, que la amó cuando la niña tenía diez años, y que era su prometida desde los seis; nada nuevo, la historia figura en el Corán y la Sunna ; el libro estaba listo para su salida a librerías, la agenda de presentaciones publicitarias ya se había concertado con la autora cuando, en agosto, Random House, del grupo Berstelmann –presentes ambos en España con diversos sellos, Mondadori, Círculo de Lectores, etc.– decidió no editarlo para “no ofender a los creyentes” pues podía “incitar a la violencia”, y por seguridad “del autor, de los empleados, de los libreros”, después de que una profesora de historia del Islam de la universidad de Texas, Denise Spellberg, la calificara de “pornografía blanda”: y el término pornografía es para el mundo musulmán como el diablo con cola para las religiones occidentales.

De las fatwas contra Rusdhie por sus Versos satánicos, de las viñetas danesas sobre Mahoma de hace dos años han venido estos lodos que pretenden anegar el mundo; editores de Estados Unidos y de Europa se ofrecieron, cuando saltó la noticia, a publicar la novela de Jones, (en España lo haría Ediciones B a principios del 2009); pero tal vez les hagan cambiar de opinión los sucesos de la noche del viernes 26 al sábado 27 de septiembre: el domicilio del editor londinense de esa obra, Martin Rynja (Gibson Square), fue atacado e incendiado por radicales violentos, tres de ellos detenidos luego por Scotland Yard; Rynja sigue decidido, con protección policial, a editar La joya de la Medina, libro que, por ahora, sólo ha aparecido en Serbia, en dos ediciones, una completa y otra “depurada”, por ejemplo, de la escena de la noche de bodas de la niña con su profeta. Y un clérigo musulmán londinense ha bendecido la operación: “los que producen material de este tipo deben ser conscientes de las consecuencias que afrontan”.

¿La amenaza global con vínculo de unión de la Alianza de Civilizaciones? Es lo que ocurre; en Europa estamos mal acostumbrados: entre nosotros, a alguien que exprese opiniones contrarias a la Iglesia o utiliza sus imágenes para sus obras artísticas, lo más que puede ocurrirle por ahora –todos los caminos pueden recorrerse– es que le retiren la obra, pero no que lo maten ni le incendien; hace unas semanas, el obispo de Ibiza se irritaba contra un collage de la exposición Vamos a Ibiza, y amenazaba con acciones judiciales contra el museo por un tríptico de Ivo Hendriks en el que el papa y otro hombre mantenían relaciones sexuales.

La “fábrica del consentimiento” en Wikipedia. Por todo el largo y ancho mundo las prohibiciones y censuras aumentan en radio, prensa, televisión, museos, es decir: por tierra, mar y aire, sin que ser una figura mundialmente reconocida sirva para algo. Por ejemplo, Noam Chomsky, el intelectual más influyente según la encuesta de la revista británica Prospect, no puede leer en antena Howl, un poema de Allen Ginsberg, porque contiene una palabra prohibida; ni puede poner en el programa ciertas canciones de Bruce Cockburn –se burla del Fondo Monetario Internacional–, ni de Bob Dylan, también con términos prohibidos. ¿Por quién? Por la “fábrica del consentimiento”, como definió otro grande del periodismo, Walter Lippmann, al control que el espíritu público pretende tener sobre las ideas instrumentalizando el miedo.

Y hay ejemplo para todo, incluido el esperpento: las leyes francesas lo mismo exigen un permiso de aptitud para perros que prohíben un spot contra las corridas de toros (1 de agosto del 2007) por “imágenes demasiado violentas”: las que en España suelen verse cada dos por tres en las plazas o en televisión: toros atravesados por banderillas, mal apuntillados, etc. Aquí ha sido el “sector económico que rodea las corridas” el que, según el autor del vídeo, ha dirigido al órgano regulador de la publicidad, contra la prohibición para “no herir la sensibilidad de los jóvenes”. ¿Y qué puede decirse de Wikipedia, la herramienta de información más accesible en internet? También ha sufrido retoques en sus textos de todas partes; ejemplos: la internacional Exxon-Mobil, la del Exxon-Valdez que contaminó las costas de Alaska vertiendo en ella el petróleo que contenía en su panza, ha eliminado del texto existente de su ficha cualquier tipo de daños contra el ecosistema; el FBI, por su parte, ha quitado las imágenes aéreas de Guantánamo; el Vaticano ha suprimido la posible implicación de Gerry Adams, líder del católico Sinn Fein, en un asesinato doble cometido en 1971.

Internet, Youtube… todo bajo vigilancia. Youtube tampoco se libra: a principios de año el gobierno paquistaní bloqueaba el acceso a su página porque en ella figuraban las famosas viñetas de Mahoma; y en Arabia Saudí, el Consejo superior de ulemas lanzaba en agosto una fatwa contra las televisiones “inmorales”: los límites de la inmoralidad, por supuesto, los ponen los ulemas, que autorizan a “matar mediante la justicia” a los propietarios de las televisiones depravadas: “Es lícito matar a todo el que llame a la discordia si no ha sido posible impedírselo; es lícito matar, mediante la justicia, a todo predicador de la depravación de las creencias o actos…”

El sexo anda por medio en casi todas las prohibiciones: en agosto, los ordenadores del Ayuntamiento de Madrid del liberalísimo Ruiz Gallardón restringían el acceso a todas las páginas sobre sexo y sexualidad, incluidas, por ejemplo, las relativas a una tercera campaña nacional de salud sexual que se celebraba en Latinoamérica, como denunció la portavoz de Igualdad, Ángeles Álvarez. El cómico Leo Bassi era apeado en septiembre de un cartel del Festival AlterArte, porque a la consejería murciana –del PP– le parecía que no debía coincidir su espectáculo con el Congreso Regional del Partido (18 de octubre). La Diputación de Lleida, de Esquerra Republicana, retiró fotografías del compositor y pianista valenciano Carles Santos (diciembre del 2007) porque unían sexo y religión; Juan Busquets, director del Institut d’Estudis Ilerdencs, que organizaba la exposición, argumentó que las fotografías –que han pasado por Barcelona, Fráncfort, Valencia–, “atentaban contra su conciencia”.

Inglaterra parece más puritana todavía que en el siglo XVII: en el metro de Londres, la dirección se niega (febrero del 2008) a exponer una Venus desnuda de un pintor del siglo XVI, Lucas Cranach, que conocen todos los que en su vida hayan abierto dos o tres libros de arte; el pasado septiembre, una galería londinense se vio llevada ante los tribunales acusados de atentado contra la decencia pública, acusada por una mujer cristiana, por una obra de un escultor canadiense de origen chino, Terence Koh, autor de una escultura de Cristo desnudo y en erección. Ante el aumento de crímenes y peleas con heridas de arma blanca, el gobierno inglés preparó una campaña, con David Beckham y otros jugadores animando a los jóvenes a olvidar las armas blancas; pero de esta campaña, ha sido la poesía la que ha terminado pagando el pato: hace menos de un mes, en septiembre, un poema de Carol Ann Duffy –de la que se habla para ser nombrada “Poeta laureada”, es decir, poeta oficial de la reina, la primera mujer en recibirlo, si lo recibe, desde 1670–, que servía de prueba en los exámenes de secundaria, ha sido eliminado, y las antologías donde figuraba destruidas: la culpa, estos versos: “Hoy voy a matar algo, cualquier cosa. / Estoy harto de ser ignorado y hoy / voy a jugar a Dios. Es un día como otro cualquiera”, y, 16 versos más abajo, el protagonista sale a la calle con un cuchillo de cortar pan en la mano después de recitar a Shakespeare: a éste sí que le van a eliminar del todo, desde Romeo y Julieta a Julio César, Macbeth, Hamlet, etc., pues casi no hay obra de Shakespeare donde no salgan a relucir cuchillos.

Ejemplos cercanos y lejanos, de obispos y caciques, de alcaldes y leguleyos… los que quieran. 

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