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Nº 805
13/10/2008

Entre Bagdad y Wall Street

Parece como si desde la crisis de Iraq de 2003 a la crisis económica de 2008 los Estados Unidos hubieran transitado entre escenarios catastróficos, incapaces de controlar. Desde Bagdad a Wall Street la Administración Bush no habría podido escoger peores paisajes en que, al menos en una percepción superficial, se simbolizara con más intensidad la poca habilidad y la limitación de conocimientos al abordar unas turbulencias únicas, de las que verdaderamente no se presentan cada día; con la idea de que solo el trabajo de los especialistas y el paso de los años verificarán si el mundo está pagando en Wall Street la factura de la aventura iraquí. Al término de la Administración Bush al menos en el resto del mundo los sentimientos irían mucho más allá de las preferencias por Obama o McCain, para la masa electoral estadounidense sí se ajustan tales preferencias de manera más concreta, en el deseo de superar una mala época y de encontrar un camino de sensatez y moderación que en ocho años presidenciales no ha sido muy frecuentado.

Por eso las elecciones presidenciales, como ya ocurrió con las primarias, adquieren un marcado carácter de referéndum. No sólo se refieren a uno u otro candidato, más bien en ellas se va a expresar el rechazo o la aprobación de una trayectoria gubernamental que habría llevado a los Estados Unidos a un callejón de tortuosa salida militar y económica. En realidad cuando se prefiere a Obama no se está rechazando a McCain, sino mostrando la esperanza de que Bush y lo que ha representado durante ocho años sean relegados en la política del país y en la valoración mundial. Sin olvidar la dificultad de trasladar a las elecciones estadounidenses las particularidades de las elecciones europeas, fenómenos muy diferentes, es posible que surja o no en aquéllas el llamado voto de castigo para arrinconar durante algún tiempo a un partido que en la administración del país ha dado suficientes muestras de torpeza y exageración, dejando muy erosionada la imagen de los Estados Unidos en el mundo, y problemas muy graves pendientes.

Los inventarios conflictivos que se presentan ante el candidato ganador resultan abrumadores, se reiteran y alcanzan su paroxismo con la crisis de Wall Street, como si hasta entonces no hubieran preocupado varias crisis que resolver; Iraq y Afganistán por supuesto, pero también Osetia del Sur y Pakistán, el cambio climático y la emigración, la lucha que no cesa contra el terrorismo y el narcotráfico, etc. No faltan analistas que contemporizan sobre estos ocho años en base a la enormidad de los problemas que debió abordar la Administración Bush, y que alteraron la fisonomía y la conducta de unos republicanos que más bien estaban dispuestos a centrarse en la política doméstica, resistiendo las tentaciones de intervenir en el extranjero. Verdaderamente en todos ha incidido la agresión terrorista del 11 de septiembre de 2001, pero desde entonces y hasta 2008, cosa que interesaría al ganador en las urnas, se ha asistido primero en Europa y después en los Estados Unidos a un claro reflujo en la movilización, a una desilusión ante la respuesta desarticulada sobre unos problemas que se habrían acentuado por la misma exageración en el tratamiento dado.

En otros análisis se pormenoriza hasta el límite lo mucho que el mundo y los Estados Unidos habrían mejorado si el gigantesco esfuerzo económico y militar malgastado en la aventura iraquí se hubiera dedicado a mejores objetivos, aunque sólo fuera para no drenar los esfuerzos necesarios en la guerra de Afganistán. Pero siempre queda bien claro, para que la Administración Bush no quede demasiado mal parada, que en vísperas de la intervención en Iraq en los Estados Unidos se registró un sorprendente consenso favorable en medios políticos y periodísticos, asimismo prolongado a determinados países europeos. En el aire todavía queda por dilucidar el acierto o el error al tratar la crisis económica aún en curso. A río pasado todos acertamos, nos recostamos en la contrafactualidad o excusamos errores por la novedad y la magnitud del problema que nunca había caído antes. Nos consuela considerar que algo hemos aprendido y que la próxima vez lo haremos mejor. Todo ello es aplicable a Occidente, y a los Estados Unidos en especial, país que debería estar dispuesto a dirigir el tratamiento renovador, a partir del 20 de enero de 2009, de una especie de crack del 29, o una especie de Guerra Fría. •

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