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Nº 805 - 13 de octubre de 2008

Crisis económica: el fantasma del 29

Tras una semana de intensos debates, Bush pudo por fin promulgar su histórico plan de salvamento del sistema financiero estadounidense al módico coste de medio billón de euros (700.000 millones de dólares).

El lunes 29 de octubre el Congreso lo había rechazado por considerarlo costoso e ineficaz, lo cual hundía las Bolsas y daba un aire agónico al final de su mandato. Un nuevo fracaso hubiera sido desastroso y tanto Bush como el secretario del Tesoro, Paulson, respiraron aliviados proclamando que EE UU seguiría siendo el líder del sistema financiero mundial.

Para cambiar la opinión de los congresistas y conseguir una holgada mayoría a favor (262 contra 171) ha hecho falta añadir unos cuantos miles de millones de dólares más en rebajas de impuestos para ayudar al pago de las hipotecas y calmar así la cólera de Main Street, la denominación simbólica del pueblo llano, contra Wall Street, símbolo del poder del mundo financiero.

Pero aunque se haya evitado o peor, las cosas no están nada claras. El Tesoro americano podrá comprar (¿a qué precio?) a los bancos los activos "tóxicos" que han originado la crisis y sanear así sus balances, pero los efectos de la parálisis del crédito empiezan a propagarse por la economía real. Sin crédito, las familias reducen su consumo y las empresas el empleo. En septiembre se han destruido 160.000 empleos, el paro supera ya el 6 por ciento y en algunos Estados como Michigan, muy afectado por el hundimiento del mercado del automóvil, ronda el 9 por ciento.

El fantasma de la gran recensiónde 1929 sigue suelto. El propio Wall Street Journal recuerda la aplastante actualidad que, 80 años después, tienen las palabras de Roosevelt. El presidente de entonces decía: "Nuestros bancos están en una situación muy difícil. La incompetencia o el apetito deshonesto por las ganancias fáciles de algunos banqueros les ha empujado a utilizar sus depósitos para especular o dar créditos irrazonables". Lo mismo que decimos hoy para describir una situación que parece repetirse en sus causas y puede que en sus consecuencias.

La comparación entre ambas crisis es pertinente porque ambas produjeron los mismos efectos iniciales sobre el sistema financiero, pero la reacción de las autoridades económicas y monetarias es muy diferente. El Paulson de entonces, A. Mellon, quiso purgar el sistema financiero y hacerle pagar sus excesos especulativos con una política restrictiva. Hoy hemos comprendido que el sistema crediticio es vital para la economía y que su funcionamiento no puede interrumpirse. Se puede dejar caer a un banco aislado, como se hizo con Lehman Brothers al estilo del 29, pero no se puede permitir el hundimiento en cascada de todo el sistema por mucho que se desearía que los responsables paguen las consecuencias de su gestión.

En realidad, lo que se está haciendo ahora ya se hizo 20 años atrás, en 1989, con la fuerte inyección de dinero público en las cajas de ahorro americanas. Éstas habían llegado al borde de la quiebra por una imprudente expansión de crédito hecha posible por la desregulación de sus actividades. Ciertamente, parece que no escarmentamos en eso de tropezar dos veces con la misma piedra.

Pero el salvamento de las cajas de ahorro en 1989 no tuvo efectos inmediatos: tardó un año en tener efectos positivos sobre la Bolsa, dos sobre el empleo y tres sobre el mercado inmobiliario. En 1929 lo peor tardó cuatro años en venir, y fue en 1933 cuando se alcanzó una situación crítica, con un paro del 20 por ciento y la angustia de la población que Steeinbek describía en Las uvas de la ira.

Los 700.000 millones que va a desembolsar ahora el contribuyente americano deben actuar como un amortiguador financiero que evite la pérdida de confianza en el sistema que se produjo en 1929.

Pero una cosa es evitar una crisis general de confianza y otra es la restricción generalizada del crédito. La economía americana ha estado alimentada artificialmente en los últimos años por un recurso sistemático al crédito y, ante la inevitable restricción, es de temer que el aterrizaje sea más brutal que suave.

Pero todo dependerá de cómo se siga desarrollando la intervención de los poderes públicos. La Fed puede seguir suministrando liquidez y además bajar los tipos de interés, quizás en una acción concertada con el BCE.

En 1929 las reservas de divisas estaban prácticamente concentradas en EE UU, mientras que hoy lo están en China y en los países productores de petróleo. La crisis ha puesto de manifiesto la profunda transformación de la geopolítica financiera mundial que se ha producido en 80 años. Y es que el mundo de hoy no es el de 1929 ni el de los 90.•

José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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