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 Nº804 - 6/10/2008

La enfermedad financiera se extiende por el mundo

por Carlos Berzosa

En el último artículo ya establecí el marco en el que se desencadena la crisis financiera -globalización y desregulación- y el contexto en el que se produce la euforia financiera -que se ha dado ya en otras ocasiones de la historia-, y que ha conducido a la hecatombe que estamos viviendo. Han fallado, independiente de la falta de regulación, los controles de las auditoras y de las agencias especializadas en valorar los riesgos. Estamos, por tanto, ante un fallo del sistema y del papel del Estado en la fase globalizadora caracterizada por el auge de las finanzas.

Se ha insistido mucho, de todas formas, en que la causa se encuentra en las malas prácticas de los ejecutivos de las grandes instituciones financieras. Desde luego que se han producido estas malas prácticas, por las que se deben exigir responsabilidades, pero todo ello hay que encuadrarlo en las características que ha adquirido el capitalismo actual, sustentado cada vez más en la incesante búsqueda de ganancias rápidas y fáciles y en las que se prima en exceso y de un modo bastante generoso a ejecutivos que tratan de conseguir rentabilidades a corto plazo. Se ven abocados para ello a inventar constantemente bonos de diferente naturaleza cuyas rentabilidades son más que sospechosas y se encuentran en muchos casos desligados sus valores del valor de lo que representan en la economía real. Las finanzas han adquirido un protagonismo excesivo que ahora se está pagando.

Todo esto hay que contemplarlo dentro de lo que es la propia naturaleza del capitalismo, aunque este pase a lo largo de la historia por diferentes fases. Marx señalaba congran acierto que el fundamento principal del funcionamiento del sistema se basaba en la acumulación y decía a los capitalistas aquella frase de: "Acumular, acumular, que es la ley de los profetas". Pero si bien la acumulación es la piedra angular, ello conduce a una creciente e incesante producción de mercancías que a su vez hay que darles salida en el mercado.

Nos hemos convertido, como dice Bauman en La globalización: consecuencias humanas (Fondo de Cultura Económica, 1999), en una sociedad de consumidores. Las formas de estimular el consumo son muchas, tales como los créditos, las tarjetas (en donde desempeña un papel fundamental el sistema financiero) y la publicidad. Las economías domésticas tienden al endeudamiento para adquirir muchos bienes de consumo que se ofrecen en el gran escaparate del mercado capitalista. La principal de estas adquisiciones es la vivienda. Todo este proceso tiene que tener una base en el salario real de los consumidores, en lo que en definitiva se conoce como nivel de vida y su mejora a lo largo del tiempo que, por lo general, es posible con los progresivos incrementos de la productividad. La competencia de las empresas por conseguir cuotas de mercado y ampliar éste es feroz. Como consecuencia se produce una progresiva concentración y centralización del capital. Esta competencia afecta de una manera muy acusada a los bancos y demás instituciones financieras.

La fuerte competencia, acompañada de la necesidad de conseguir beneficios al precio que sea, es lo que conduce a esas malas prácticas avaladas por la falta de regulación, a inventar novedosos productos por lasexigencias del sistema, y a crear, en ocasiones de un modo ingenioso, lo que se conoce como ingeniería financiera. De este modo se consigue sortear los informes de las auditoras dentro de una globalización que lo posibilita. No existe una información fidedigna del estado real de estas instituciones y esto está suponiendo asimismo una falta de confianza que está agravando la crisis.

En Estados Unidos los problemas vienen derivados de un hecho que pone de manifiesto Krugman en su reciente libro Después de Bush (Crítica, 2007): "La parte del león del crecimiento económico en Estados Unidos ha ido a parar a manos de una reducida y pudiente minoría; es más, lo ha hecho hasta tal punto que cabe plantearse si la familia típica estadounidense ha llegado a obtener algún beneficio del progreso tecnológico y del incremento de la productividad derivados de dicho crecimiento". No cabe duda que esto es lo que ha provocado ese exceso de endeudamiento de las familias para alimentar un crecimiento que beneficia a unos pocos. El virus estadounidense se extiende a Europa, que está contagiada, y seguramente a otras partes del mundo. Un gran desconcierto recorre los grandes centros de decisión internacionales y frente a esto no se sabe realmente qué hacer. Pero con anterioridad algunos analistas y pensadores habían anunciado el peligro que se corría fomentando este modelo. No obstante, mientras duraba el gran festín no se hacía caso a los agoreros de siempre que querían aguar la fiesta. Ahora, los ciudadanos tenemos que pagar los platos rotos del gran botín de los ricos del planeta.•

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid.

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