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| Nº 804 - 6 de octubre de 2008 |
Kubrick y la lucha escatológica Por José María Ridao Durante las dos últimas décadas, la Primera Guerra Mundial ha ido desapareciendo como objeto de reflexión o como material para la creación literaria y artística en favor de la segunda. La proliferación de ensayos, novelas, películas acerca del conflicto que enfrentó a las potencias del Eje con los Aliados a partir de 1940 resulta incomparable con los consagrados al enfrentamiento militar que, durante mucho tiempo, siguió considerándose como la “Gran Guerra”. Si el fenómeno es, por una parte, fácil de constatar, por otra, no admite una explicación sencilla. Entre otras razones, porque la propia historiografía sobre el siglo XX ha establecido que todo cuanto sucedió a partir de septiembre de 1939, cuando Hitler ordena la invasión de Checoslovaquia, tiene su origen en la situación internacional surgida del armisticio de 1918, tanto por los problemas territoriales cerrados en falso como por las draconianas condiciones económicas que los vencedores imponen a los vencidos. No es lo que sucede con la guerra del 14, con la “Gran Guerra”, cuyas causas fueron durante mucho tiempo objeto de controversia entre los historiadores. Pero el debate ha sido en gran parte abandonado sin que, hasta hoy, se haya alcanzado un mínimo acuerdo sobre cómo el “bello verano del 14” se transformó, en apenas unas semanas, en el preámbulo de un infierno europeo que, sin duda, se recrudeció hasta límites inimaginables a partir de 1940, pero que no era, a fin de cuentas, más que la prolongación del mismo infierno. Aislada de su contexto, la Segunda Guerra Mundial se ha ido convirtiendo en algo así como un conflicto ejemplar, esto es, en un muestrario de las lecciones que la historia estaría en condiciones de suministrar, supuestamente, para evitar catástrofes parecidas. De ahí que, a estas alturas, resulte difícil encontrar algún aspecto de la Segunda Guerra Mundial que no haya sido abordado, desde la naturaleza de los regímenes políticos al desarrollo de las operaciones militares, desde la vida cotidiana en las ciudades sometidas a devastadores bombardeos al papel de la investigación científica y tecnológica; incluso de las creencias religiosas o de las simples supersticiones entre los dirigentes civiles o los mandos de los ejércitos. El escrutinio ha llegado a ser tan exhaustivo que, por momentos, parece estar materializándose la paradoja de que cuanto más se sabe de la Segunda Guerra Mundial, más se ignora la historia del siglo XX, drásticamente reducida a los cinco años y sólo a los cinco años en los que las grandes potencias de la época asolaron el continente europeo y provocaron al atacar o al defenderse incontables destrozos en Asia y Oriente Próximo. Pero es que, además de aislarla de su contexto, no ha tardado en recorrerse la corta distancia que media entre esta conversión de la Segunda Guerra Mundial en un conflicto ejemplar, en una inagotable fuente de supuesta sabiduría histórica, y su abierta transformación en una lucha escatológica, en una reedición de la batalla eterna entre el Bien y el Mal. Las principales consecuencias de esta operación no han sido tanto historiográficas como políticas: cada una de los conflictos internacionales que han tenido lugar durante los últimos años, coincidiendo con esta implícita reducción de la historia del siglo XX, han tratado de colocarse bajo el paraguas legitimador de las lecciones o, una vez más, de las supuestas lecciones, extraídas de la Segunda Guerra Mundial. Antes de que la Alianza Atlántica decidiera el ataque contra Serbia, se promovieron campañas propagandísticas identificando a Milósevic con Hitler, estableciendo de paso un paralelismo entre su trato brutal a los bosnios o a los kosovares con el que el Führer reservó a los judíos. Y otro tanto se hizo con Saddam Hussein, tanto en la primera Guerra del Golfo como, sobre todo, en la invasión tras los atentados del 11 de septiembre. Incluso un conflicto reciente, como el ataque de Rusia contra Georgia, se ha tratado de explicar recurriendo a la plantilla de la segunda guerra mundial, haciendo aparecer a Osetia del Sur como los Sudetes y descalificando cualquier política hacia Moscú que no contemple una respuesta militar como una nueva manifestación del apaciguamiento. Por descontado, tanto Milósevic como Saddam fueron dictadores sanguinarios, como también la Rusia de Putin se está encaminando cada vez más hacia un régimen autoritario. Pero interpretar la realidad de estos países remitiéndola sistemáticamente a la Segunda Guerra Mundial, ajustándola a la plantilla de la lucha escatológica, no sólo no aporta nada a la prevención o la solución de los conflictos, sino que inhibe las alarmas para detectar las estrategias insensatas. Si alguna obra encarna un contundente desmentido a la posibilidad de convertir la Segunda Guerra Mundial en un conflicto ejemplar, en un episodio del que se pueden extraer más lecciones que de cualquier otro de la historia, ésa es Senderos de gloria, la excepcional película que Stanley Kubrick estrena en 1957. En esa fecha estaban aún por llegar los tiempos en los que la Primera Guerra Mundial cedería cualquier relevancia en la explicación de los acontecimientos del siglo XX en favor de la segunda, y tal vez gracias a ello Kubrick pudo construir un relato que no sólo denunciaba la sin razón de la “Gran Guerra”, sino de la guerra en general. Con una sobriedad en las escenas que contrastaba, ya entonces, con las grandes superproducciones sobre el combate contra el nazismo, Kubrick alcanza a describir con portentosa precisión los mecanismos por los que una decisión descabellada se apodera de una maquinaria burocrática; tal vez de la más implacable de todas las maquinarias burocráticas, como es un ejército en combate. Los escenarios a los que recurre Kubrick se revelan, poco a poco, como una metáfora, como una réplica intencionada del juego de responsabilidades cruzadas y destinadas, en último extremo, a diluir cualquier posibilidad de rendición de cuentas por parte de quienes, adoptando las decisiones, nunca las padecen. A un lado, la vida confortable en el lujoso castillo en el que el general Staff –el nombre no es inocente– ordena la toma de la Colina de las Hormigas a través de un ataque sin posibilidades; en el otro, la vida en las trincheras, miles de jóvenes soldados cuyo sacrificio es evaluado en términos de una escalofriante contabilidad que, no obstante, se esconde tras los imperativos de honor, valentía, sentido del deber: tantos morirán al salir de las trincheras, tantos al llegar a las alambradas, tantos al alcanzar las líneas enemigas. Basta con que algunos sobrevivan para que, tras plantar una bandera ensangrentada en la Colina de las Hormigas, el general Staff pueda actuar como el oráculo de una criatura misteriosa, la patria, y proclamar: Francia ha vencido. Esta condición de oráculo le reportará, por supuesto, distinciones y ascensos en su carrera. Kubrick descubre de inmediato cuál es el eslabón potencialmente más débil en este juego de responsabilidades cruzadas: el oficial que, en cualquier ejército, está en el punto intermedio entre el lujoso castillo desde el que se dan las órdenes, o su equivalente, y el campo de batalla en el que los soldados caen muertos; en Senderos de gloria, este eslabón potencialmente más débil corresponde al personaje del coronel Dax. Dax es, en efecto, quien dispone de las claves para traducir una orden abstracta –tomar la Colina de las Hormigas– en el aterrador panorama de sufrimiento que desencadenará, por lo demás inútil para el desenlace de la guerra. Por esta razón también será el coronel Dax quien se encuentre en la mejor posición para saber qué es lo que hizo fracasar la operación: frente al general Staff que, preocupado por salvar su carrera, defenderá que la orden no se había cumplido, dirá que, por el contrario, la orden era descabellada y, por lo tanto, imposible de cumplir. Con todo, Dax no logrará detener la maquinaria burocrática de un ejército en combate cuando, al exigirse responsabilidades por un fiasco, tiene que optar entre castigar a quienes adoptan las decisiones o quienes tienen que cumplirlas a riesgo de su vida. Tal vez una película como Senderos de gloria resultara difícil de concebir en estos tiempos. No sólo porque, contra la corriente dominante, sitúa la acción en la Primera Guerra Mundial y no en la segunda, sino porque lo que Kubrick pone de manifiesto, lo que denuncia de un modo implacable, es la posibilidad de entender un conflicto humano, cualquier conflicto humano, como una lucha escatológica. El Bien y el Mal no están en uno u otro lado de las trincheras, sino repartidos por igual en las líneas del frente, lo mismo que en las confortables retaguardias en las que se decide sobre la vida y la muerte de los jóvenes soldados. |
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