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Nº 803 - 29 de septiembre de 2008

La increíble transformación de ZP, de inocente líder a idolatrado emperador

Yo, José Luís

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Ni guerristas que lo incordien, ni UGT que lo atosigue, ni barón que le tosa. José Luis Rodríguez Zapatero ha conseguido en poco más de cuatro años, tras su inesperada victoria de 2004, un poder casi omnímodo en el PSOE del que ni Felipe González disfrutó en sus mejores momentos. Y el arranque de su segundo mandato no ha hecho más que confirmarlo: Gobierno, partido y grupo parlamentario están férreamente controlados por personas de su absoluta confianza, elegidas discrecionalmente por él y entre las que reparte palos y zanahorias según lo aconseje el momento. Su última decisión, la designación de Carlos Dívar, un magistrado católico y conservador, para presidir el Tribunal Supremo, no la ha entendido ni el PSOE, ni sus diputados, ni los jueces progresistas. Pero no importa. A pesar de todo, no hay quien se resista a reverenciar al líder.

Por Inmaculada Sánchez

Nada más conocerse la composición de su segundo gobierno algunos ya detectaron la magnitud del cambio. Prescindía de Caldera y Narbona. No rescataba a López Aguilar ni a Sevilla. Hacía ministro a Sebastián después de haber rogado en público a Solbes que siguiera y haberle prometido en privado más poder. Abría la puerta del Gobierno a varios independientes... Y no sólo era el Gobierno. Después llegó el grupo parlamentario. A su frente, Alonso, el más amigo de los hasta ahora ministros. Y, tras el congreso, el partido. Revolución generacional y paritaria. Zapatero decide y coloca cada pieza en el sitio que se ajusta a su diseño. Guste más o guste menos.

"Lo que nos ha demostrado a todos, sin duda alguna, es que es muy hábil y sabe de política. Está diseñando un nuevo PSOE", afirma un diputado socialista que lo conoce bien desde que tomó las riendas del partido. Atrás quedaron los nueve votos de diferencia con los que se aupó a la secretaría general del PSOE por encima de José Bono. Su siguiente congreso, tras su inesperada victoria electoral en 2004, cosechó el 96,10 por ciento de los sufragios. El pasado mes de julio, en el 37 congreso, ya le apoyaba el 98,53 por ciento de los delegados. Sólo 14 osaron votar en blanco.

"Ya nadie le discute", añade otro parlamentario socialista que ha vivido toda la trayectoria del "José Luis diputado" al "José Luis presidente". Sólo José Montilla, PSC, al fin y al cabo, no PSOE, según explican quienes siguen de cerca el proceso, le contradice. El resto, es asentimiento. Aunque recientes decisiones hayan llenado de perplejidad a sus compañeros.

"¿Es que se ha vuelto loco?", intenta buscar explicaciones un cargo socialista al día siguiente de saberse que el elegido para el crucial puesto de presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial era un magistrado declaradamente católico y antiabortista y de perfil conservador. No hubo problemas, sin embargo, con su nombramiento. José Antonio Alonso, al frente del grupo parlamentario, sofocó la incipiente rebelión de los jueces del sector progresista del consejo y Carlos Dívar salió elegido por unanimidad.

Zapatero no había errado el día que decidió que su "querido Toño", como EL Sido tituló la portada que le dedicó tras su nombramiento (Ver n° 781), fuera el portavoz parlamentario del PSOE en esta legislatura, a pesar de no tener carné del partido ni experiencia en la cámara. El ex ministro revolucionó los escaños socialistas y puso al frente de las portavocías más decisivas a una nueva generación de diputados y diputadas, nacidos para el PSOE en el zapaterismo.

"Yo sé que ya no tengo futuro", fue la amarga queja de un diputado de largo recorrido e innumerables cargos a un grupo de compañeros en los días en que se sustanció la ascensión de la "quinta del biberón de ZP" al cuartel de mando del grupo socialista.

Alonso no sólo ejecutó el diseño del nuevo grupo. También tuvo que aplacar un primer intento de motín a cuenta del denominado "caso Taguas". David Taguas, ex director de la Oficina Económica del presidente y amigo personal de Miguel Sebastián, aceptó la presidencia de Seopan, el lobby de los grandes constructores, nada más iniciarse la legislatura.
La connivencia previa de Moncloa en el escandaloso nombramiento, tibiamente desmentida oficialmente, y el posterior informe favorable de Administraciones Públicas soliviantó a no pocos diputados socialistas. No obstante, la votación forzada por la oposición para criticar el fichaje se saldó sin problemas para el Gobierno gracias a la disciplina de voto del PSOE. Las críticas al presidente por permitir semejante desliz de la conocida como "camarilla del móvil" -selección de amigos que, vía telefónica, le asesoran, lejos de organigramas ni procesos congresuales- quedaban para las tertulias de café.

Al margen de estas puntuales decisiones del presidente, abiertamente contrarias al sentir general de sus compañeros, en el PSOE empieza a reconocerse que el liderazgo de Zapatero está marcando al partido mucho más allá de lo que se suponía.

No se trata sólo de que se acepte, aunque a regañadientes, cualquier cosa que decida, señalan quienes argumentan este giro. Sino que el mapa territorial, donde se situaban antes las voces con autoridad para criticar o forzar un auténtico debate con Ferraz o Moncloa, están virando hacia el foco de poder que representa hoy Zapatero y lo que se entiende por zapaterismo.

Hay un dato crucial en este sentido: la posición de Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, del partido y último representante de la generación que acompañó a Felipe González en sus 13 años de poder, la denominada "vieja guardia".

Chaves resultó decisivo en la aceptación del joven José Luis como secretario general del PSOE. El presidente andaluz, desde su autoridad, hizo de eficaz puente para que el aparato, que había apostado claramente por Bono, aceptara la "incierta aventura" que muchos veían tras el leonés. Ocho años después, es Zapatero, desde la Moncloa, quien se puede permitir, ya sin ningún reparo, señalarle el camino a Chaves, o afearle la conducta cuando se aparta del nuevo "código zapaterista".

"Me preocupa Andalucía", le llegó a decir Zapatero a un diputado andaluz pocos días antes del 37 congreso cuando su "operación Leire" ya estaba en la agenda de José Blanco. El presidente trasladaba a su interlocutor -como contó EL SIGLO en su número 793: "Manolo, no me sigues. Chaves no recluta cachorros del gusto de Zapatero"-su disgusto por la falta de renovación en el PSOE andaluz.

El veterano presidente encajaba el golpe discretamente y, aunque no ponía en marcha un recambio de dirigentes del alcance del realizado por Zapatero en Ferraz o la Carrera de San Jerónimo, sí hacía un gesto de seguimiento al imitar, casi al detalle, el perfil de su ejecutiva respecto a la federal. Nueva secretaría de Inmigración, ocupada por un inmigrante, y nuevo área de Innovación, y además, una mujer, Petronila Guerrero, al frente de la presidencia regional. Hasta Cha-ves tiene que estar en línea.

En el resto de territorios el cambio avanza tranquilo y seguro. Y el líder se desvive con quienes, de verdad, se lo merecen. Este año ha sido el primero en el que Zapatero, desde que dirige el PSOE, no ha asistido a la tradicional Fiesta de la Rosa de los socialistas catalanes. A pesar de que ha señalado claramente a Carme Chacón como un posible delfín sucesorio, las relaciones con MontiIla y el PSC, a cuenta de la financiación autonómica, no pasan por su mejor momento. Y el líder no tiene tiempo para todos.

Su presencia, ese fin de semana, la consiguió uno de los flamantes barones "marca ZP": el presidente acudió al congreso del PSOE de Castilla y León donde Ferraz, Moncloa y la decisión de Zapatero y Blanco han aupado al joven Oscar López, 35 años y militancia madrileña más que castellana, al liderazgo de una federación en la que los socialistas llevan más de una década sin gobernar.

Un par de semanas antes otra joven que acaba de superar los 30 se hacía cargo de la secretaría de Organización federal en otro de esos "gestos históricos" que tanto gustan a Rodríguez Zapatero. La mujer más joven que ocupa el puesto en la historia del PSOE, Leire Pajín, llega a Ferraz con más reconocimiento y apoyo que otras apuestas del presidente debido a su anterior trayectoria. Quienes intentan desentrañar las claves del zapaterismo, la incluyen como una de las piezas clave del mismo.

Menos acertado había estado en meses anteriores el líder cuando propuso a Miguel Sebastián, para pasmo y disgusto del socialismo madrileño, como candidato a alcaldede la capital. Bien es verdad que no hubo muchas alternativas desde el PSM a las que enfrentarse pero la designación del "recién llegado" –sin más carné ni trayectoria política que su experiencia bancaria y, sobre todo, su amistad con Zapatero– supuso toda una prueba de "obediencia" de los socialistas de Madrid.

Tras la debacle frente a Gallardón, el presidente le mantuvo un tiempo en la recámara, pero, tras el cambio de legislatura, premió su sacrificio."Le hizo ministro porque Zapatero considera que debe pagar lo que te debe, pero no va mucho más allá en su reconocimiento. A Sebastián ya le ha pagado el esfuerzo de postularse como candidato frente a Gallardón cuando nadie quería pero ahora está dejando gobernar la crisis a Solbes", explica un alto cargo durante la anterior legislatura que reconoce las estrategias de los nombramientos del presidente. "Te deja ganar una o dos veces, pero a la tercera no, no te vayas a creer que tienes demasiado poder", añade respecto al complejo pulso de poder entre Solbes y Sebastián y a cómo lo maneja el presidente.
Quienes conocen a Zapatero desde que era diputado de a pie, abundan en este estilo "independiente" y "escasamente comprometido" con sus colaboradores. "Siempre le ha gustado despachar individualmente, hablar él con cada uno por separado y luego formar su opinión", dicen los que compartían aquellos años con el hoy presidente. No extraña, por tanto, a quienes saben de esta forma de proceder, su frío desapego con quienes estuvieron a su lado en los malos momentos.

El destino de Jesús Caldera, relegado al incierto futuro de la fundación Ideas, o de Juan Fernando López Aguilar, enviado a Canarias, primero, y a Estrasburgo, a partir del próximo junio, después, dos de sus más cercanos colaboradores y amigos, no sorprende ya en el partido. Aunque disguste a algunos. También Felipe González se tornó frío y distante.

Para ser un buen político hay que tener ese "instinto asesino" que te aleje de los apegos y te señale sólo el camino marcado, dicen los manuales para ser presidente de Gobierno. Sin embargo, el liderazgo que hoy ejerce José Luis Rodríguez Zapatero en el PSOE mantiene una singular y crucial diferencia con el de su antecesor y que, además le dota de mayor poder e independencia. Se lo reconocía el propio presidente a una personalidad del mundo económico en una reciente conversación lejos de los micrófonos. "¿Sabes cuál es mi diferencia con Felipe González?", le espetó relajado Zapatero. "Esto", contestó sacando su móvil del bolsillo.

El presidente sabe bien que González, a pesar de su carisma y liderazgo, tenía que torear el control que los fontaneros guerristas de Moncloa ejercían sobre sus comunicaciones y visitas al despacho. Hoy, las tecnologías proporcionan a Zapatero una libertad y una "ventana exterior" que utiliza apasionadamente. Su galería de "amigos del móvil", tal como ya ha contado esta revista, "Ver n° 737: "El móvil de ZP. Con quiénes habla antes de tomar decisiones") es conocida, envidiada y hasta odiada en no pocos ámbitos socialistas.

Entre ellos está Cándido Méndez, el secretario general de UGT, cuya amistad es una de las patas que sostienen el liderazgo de Zapatero. Pero también Miguel Sebastián, o Javier de Paz, ex presidente de Mercasa y actual consejero de Telefónica. En el PSOE recelan de estas influencias, y a ellas achacan algunas de las decisiones más polémicas de su jefe, al que cada día reconocen más distante. El presidente, por el contrario, parece mostrarse indiferente a esta desazón. "Hay que decírselo. Hasta Luis XVI tenía un bufón que le recordaba que era mortal", afirma un alto cargo que lo conoce bien. •

La operación de la Princesa

La prensa generalista, las televisiones, las emisoras de radio, los portales de internet y todas las revistas del corazón -todas ellas en portada- han informado sobre la operación de nariz de la Princesa de Asturias. El alcance de la noticia da una idea de hasta qué punto todo lo que acontece en las inmediaciones del Palacio de la Zarzuela, por muy banal que resulte, acaba siendo de interés público. Máxime cuando se trata de asuntos personales, como un noviazgo, el nacimiento de un niño, una ruptura o, como en este caso, una intervención quirúrgica, que ‘humanizan’ a la monarquía.

La Casa Real hizo público a través de la Agencia Efe que doña Letizia se sometió tras regresar de los Juegos Olímpicos de Pekín“a una intervención de septorrinoplastia con el fin de mejorar sus problemas respiratorios ocasionados por una desviación del tabique nasal”. Según el comunicado, “la intervención le fue practicada por recomendación del servicio médico que atiende a la familia real española”.

La primera aparición pública de la princesa tras la operación se produjo el 21 de agosto, cuando acompañó al príncipe Felipe a visitar a los heridos del accidente del avión ocurrido el miércoles en Madrid.

A las puertas del Hospital General La Paz, donde conversaron con los medios de comunicación tras visitar a los heridos, la princesa reflejaba todavía en su rostro las secuelas de esta operación que ha transformado su nariz.

Tras conocerse la noticia, los comentarios fueron inevitables. En tertulias de televisión, en imágenes comparadas, en las playas, en las terrazas de verano... Fundamentalmente porque la septorrinoplastia ha ido acompañada de una rinoplastia, esto es, de una intervención estética que ha modificado su aspecto, y eso ha suscitado opiniones para todos los gustos, algunas desconfiadas sobre el verdadero motivo de la operación. Pero eso es algo con lo que doña Letizia ya contaba, y no es más que parte del escrutinio diario al que se somete.

La conexión ugetista

Una de las claves que explican la amplitud del actual liderazgo de Zapatero en el PSOE es la reconciliación con UGT que, nada más tomar las riendas del partido, impulsó el nuevo secretario general.

Socialista de profundo respeto histórico por su organización, Rodríguez Zapatero no perdió un minuto en tender puentes con el sindicato hermano en cuanto estuvo al frente del PSOE. Para ello contactó con su secretario general, Cándido Méndez, con quien, desde el primer momento, se entendió, no sólo en cuanto a estrategia política, sino en el trato personal.

Esta “química”, todavía vigente, entre Méndez y Zapatero ha resultado decisiva en el camino recorrido por el hoy presidente. Cuando la “vieja guardia”, comandada por Chaves, Rodríguez Ibarra y Bono, “los tres tenores”, le ponían peros y zancadillas al joven dirigente, entonces en la oposición, Méndez colaboraba con él en su estrategia contra el PP. En UGT tenían clara la prioridad por encima de otras consideraciones: sacar a Aznar del gobierno.

Tras la victoria de 2004 UGT tuvo su recompensa: un ministro de Trabajo tan cercano como Caldera, la restitución del patrimonio sindical pendiente y unas privilegiadas relaciones con Moncloa. Hasta ahora todo ha ido bien pero la crisis económica apunta algún nubarrón. Eso, y el cambio de titular en Trabajo. Corbacho gusta menos en UGT.

El clon del presidente

El “estilo Zapatero” se impone en el PSOE. Los dirigentes de su generación, verbo y talante son los que más futuro tienen y en Madrid han dado muestras de haber entendido el mensaje. Después de las muchas luchas fratricidas, del tamayazo y de una dolorosa catarsis tras su enésima derrota electoral, los socialistas madrileños han optado por elegir como líder al alcalde de Parla, Tomás Gómez, un dirigente que, desde que se ha asomado al balcón de la política nacional, se ha ganado, con ganas, el apelativo de “hombre ZP”.

No le disgusta. Al contrario, ya que reconoce admirar  al presidente. Se dice, como él, pragmático, fervoroso de la “oposición útil”, y poco amigo de las estridencias en el discurso. También ha sufrido, como Zapatero, la indisciplina interna en su primer año al frente del Partido Socialista de Madrid, pero, tras su reciente congreso, ha tomado las riendas y se ha rodeado de un equipo de fieles con el que hacer olvidar las familias del PSM.

Su mano derecha es una mujer, Maru Menéndez, portavoz socialista en la asamblea madrileña y antigua dirigente ugetista. Gómez sabe bien dónde tiene que apoyarse. También por eso ha incorporado a su nuevo equipo a Félix García Lausín como responsable de Educación. Este poco conocido dirigente estuvo en el Gabinete de Moncloa en la anterior legislatura y algunos ven en él la “conexión” con Moncloa, aunque a Gómez no le haga mucha falta.


¿Un cierto 'cesarismo'? por Enric Sopena


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