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Nº
803 - 29 de septiembre de 2008 |
Crisis económica Un ‘crack’ como el del 29 Al tiempo que los efectos de la crisis que empezó hace poco más de un año en Estados Unidos se agravan día a día, el crack bursátil del 29 y la Gran Depresión que sobrevino después han empezado a manejarse en los medios como el referente histórico más similar. Y es que, aunque los contextos económicos internacionales son totalmente diferentes, el sistema financiero ha vuelto a crear, como entonces, una burbuja especulativa de enormes proporciones, colocando a las principales economías del planeta al borde de la recesión. A pesar de que todavía es pronto para evaluar totalmente la magnitud del pinchazo de la burbuja, la primera consecuencia es que los gobiernos se están viendo abocados a desarrollar un papel mucho más activo en la economía. Un papel desconocido desde que las doctrinas liberales se impusieran durante los años 70 y que, al igual que la Gran Depresión aumentó el peso del Estado en la vida económica, podría apuntar al inicio de una nueva etapa en la economía internacional. Por Manuel Capilla Todo el sistema financiero puede estar en quiebra”. Esta es la principal similitud, a juicio de Angel Laborda, analista de Funcas, entre la crisis actual y la que afectó a la economía mundial durante los años 30, junto con la pérdida de “la previa confianza de las instituciones financieras entre sí y hacia los ciudadanos”, que puede provocar que, “cuando hay una situación de crisis sistémica como la actual, el sistema se venga abajo, exactamente lo que sucedió en 1929”. Las “reacciones de estampida” que origina esta pérdida de confianza ya se pudieron observar en el caso del banco británico Northern Rock. Cuando comenzaron a aparecer informaciones acerca de que podía estar en quiebra la gente acudió en masa a retirar sus ahorros. Sin esa confianza, el dinero no fluye, y “si el dinero no fluye, la economía se hunde”, señala Laborda. El origen del hundimiento del sistema financiero hace casi 80 años fue una burbuja financiera que guarda inevitablemente ciertos paralelismos con los acontecimientos de los últimos meses. Aunque a lo largo de la historia cada una de las burbujas experimentadas en la economía tenga su propia personalidad, los patrones, como explica el analista independiente Antonio Iruzubieta, son comunes. Primero “comienzan con el interés general en progresar y crecer, y suele haber algún sector económico que centralice la atención y propague la bonanza”, en este caso el inmobiliario, aunque durante los años 20 ese protagonismo lo coparon los sectores manufactureros, principalmente el automovilístico. Después “surgen novedosos métodos de financiación que degeneran en crédito fácil y mayores inversiones y plusvalías”, los cuales “crean un sentimiento de euforia, confianza y descuido por el control del riesgo que propulsa las valoraciones hasta niveles imposibles de justificar”. En este clima de bonanza “las altas esferas comienzan a vender sus participaciones empresariales y/o financieras mientras que surgen los primeros problemas asociados con el excesivo nivel de endeudamiento”. Y por último, la fase en la que se encuentra la economía internacional actualmente, “la financiación se contrae, la euforia se convierte progresivamente en miedo, los circuitos de liquidez se congelan”, y se llega a “la fase de frenazo económico y empobrecimiento generalizado”. Aunque la estructura económica mundial sea ahora totalmente diferente a la de los años 20, entonces como ahora el origen está en la voracidad del sistema, en ese “sentimiento de euforia y descuido por el control del riesgo”. Como explica el economista Joseph Stiglitz, miembro del comité de sabios de José Luis Rodríguez Zapatero, en una entrevista concedida al dominical de ABC en junio, “el sistema animaba a los directivos de los bancos a arriesgarse. Les pagaba por apostar. Cuando las cosas iban bien, ganaron sumas enormes. Ahora van mal, pero no comparten las pérdidas, y si los despiden, se van con grandes indemnizaciones. Los banqueros no entendieron la naturaleza del riesgo y subestimaron las probabilidades de eventos en teoría poco probables”. La clave de lo ocurrido en la actualidad hay que buscarla en la explosión de otra burbuja, la de Internet y las compañías ‘puntocom’ a finales del 2000. La respuesta de la Reserva Federal a este fenómeno fue el recorte de los tipos de interés desde el 6,5 por ciento al 3,5 en el espacio de unos pocos meses. Tras el 11-S, y ante el temor de que el crecimiento económico se frenase, la Fed siguió bajando el precio del dinero hasta llegar al 1 por ciento en julio de 2003, la tasa más baja en 50 años. El resultado fue que el mercado se inundó de liquidez, lo que hizo posible la avidez y la irresponsabilidad de las instituciones hipotecarias y los bancos de inversión y la aparición de la especulación en el mercado inmobiliario, con créditos cada vez menos restrictivos. En el caso de lo sucedido en 1929, el origen de la especulación hay que buscarla en la década de enorme crecimiento económico, que se tradujo en suculentos dividendos empresariales, de los que todo el mundo quería su parte. Pero el fin de los felices años 20 debido al hundimiento de la Bolsa de Nueva York en los últimos días de octubre de 1929 no se produjo de repente, como comúnmente se piensa. En diciembre de 1928 y en febrero siguiente la bolsa neoyorquina había mostrado síntomas de agotamiento y sufrido descensos considerables. La posibilidad de obtener cuantiosos beneficios promovió la gran fiebre especulativa, y a principios de 1929 comenzaban a oírse voces de especialistas que recomendaban prudencia a los inversores. Pero no se les hizo caso y el viernes 18 de octubre comenzaba la caída, seguida de otra fuerte el sábado. Ventas masivas precipitaron las cotizaciones y muchos inversores tuvieron que responder de sus deudas con dinero en metálico al devaluarse títulos que tenían en garantía. El 24 de octubre, la fecha que ha pasado a la historia con el nombre de ‘jueves negro’, comenzaba el desastre. En ese día nefasto para la economía norteamericana, 12,9 millones de acciones cambiaron de dueño, y los precios a que se vendieron estos valores, algunos casi regalados, hundieron en la miseria a numerosos inversores. Con algún descanso, la bolsa de Nueva York llegó a perder en tres años un 81 por ciento y el índice Dow Jones, que engloba los valores industriales, no recuperó el valor anterior a la crisis hasta 1954. No han faltado voces que han negado la imposibilidad de comparar la crisis de entonces con la de ahora, argumentando el comportamiento de los mercados bursátiles que está siendo diferente hasta ahora, con pérdidas menores. Pero Antonio Iruzubieta señala que “estamos al principio de la fase de corrección”, por lo que no se debe descartar la posibilidad de que se repita el guión experimentado entre finales de 1928 y el crack. En el otoño del 28 se registraron las primeras pérdidas, seguidas de una recuperación hasta marzo. Después sobrevino el desastre. Actualmente, los primeros recortes importantes sucedieron en enero, situándose en torno al 20 por ciento. Posteriormente los índices se han recuperado, pero las dificultades en la economía se están agravando. En la misma línea de incertidumbre se expresa David Cano, analista de AFI, quien considera que “todavía tenemos que conocer el alcance de la crisis”, pero descarta que los efectos puedan ser tan profundos como lo fueron entonces. Durante los años 30, las consecuencias de la crisis fueron tan catastróficas para Estados Unidos que en poco más de dos años el número de desempleados se situó en 12 millones. Y más de 37.000 bancos, sociedades y empresas quebraron entre octubre de 1929 y finales de 1931. La repatriación de numerosos fondos invertidos en Europa por los bancos norteamericanos causó igualmente la ruina de muchos bancos y empresas en el Viejo Continente. El país que más sufrió la crisis después de Estados Unidos fue Alemania, que dependía enormemente de la inversión exterior. La retirada de esos fondos dio lugar al pánico financiero y a la adopción de medidas extremas por parte del gobierno de Berlín, que además tenía que lidiar con una hiperinflación desconocida hasta la fecha. Las medidas que se tomaron en Alemania, como la limitación de los salarios por decreto, se mostraron totalmente ineficientes, provocando niveles históricos de desempleo. Con salarios más bajos el consumo descendió, lo cual obligó a cerrar a las empresas, que cada vez dejaban más empleados en la calle, completando el círculo vicioso de una recesión que dio al traste con la República de Weimar y allanó el camino para la llegada de Adolf Hitler al poder. Angel Laborda, de Funcas, sí considera que los efectos de la crisis actual “pueden ser tan graves como lo fueron entonces”, pero es evidente que el sistema ha evolucionado mucho en los últimos 80 años y cuenta con muchos más apoyos para evitar la debacle. Entre las diferencias de fondo que inducen a pensar que el ajuste actual se producirá más ordenadamente se encuentra, en palabras del analista independiente Antonio Iruzubieta el que “los procesos de fabricación y seguimiento empresarial eran arcaicos y los excesos de inventario se producían con facilidad”, lo cual provocó que, al calor de los beneficios obtenidos durante los años 20, las empresas aumentaran su producción sin tener en cuenta las fluctuaciones de la demanda. Sin embargo, “hoy la información es muy superior y prácticamente instantánea, de manera que se modula la producción y se afina al máximo de acuerdo con la presión de demanda”. Por otro lado, “desde el punto de vista financiero, la información también fluye con mayor rapidez y la infinitamente superior capacidad de procesamiento de dicha información, permite a las autoridades actuar más eficazmente. Los mecanismos de intervención son más sofisticados y la capacidad de manipulación de los mercados financieros es también mayor”. Además, añade Iruzubieta, “la globalización aporta mayor estabilidad al sistema gracias a la dispersión de los riesgos, que actúa como un amortiguador en momentos de crisis”. La oportunidad para las economías emergentes. Hasta la fecha, todas las crisis que sufrían los países de la OCDE se extendían más tarde o más temprano a las economías de América Latina y Asia. Un contagio que se producía principalmente por la restricción financiera que suponía la retirada de capitales desde Nueva York, Londres, París o Tokyo. Sin embargo, en la crisis actual las economías latinoamericanas y asiáticas siguen creciendo a buen ritmo y las exportaciones se están sosteniendo, lo cual se debe a las fortalezas adquiridas por las economías de estas regiones. Entre estas fortalezas adquiridas, figura el que las mercancías de éstos países no se dirigen ya en su gran mayoría hacia EEUU y Europa, sino que el comercio intrarregional, y de los nuevas regiones emergentes entre sí ha aumentado exponencialmente. Hay que tener en cuenta que la renta per cápita se ha duplicado en Asia y ha crecido un 60 por ciento en América Latina. Y aumentando la riqueza se reduce la necesidad de financiación y se multiplica el peso de la demanda interna en el crecimiento. Aunque también es cierto que parte de esta bonanza se debe también al alto precio de las materias primas. En cualquier caso, es evidente que la crisis proporciona a estos países la oportunidad de elevar su posición en la economía mundial y de entrar en los mercados de los países desarrollados, como ya están haciendo algunos países del Golfo Pérsico a través de los fondos soberanos. De hecho, algunas empresas de estos nuevos actores económicos internacionales han crecido hasta convertirse no sólo en referentes regionales sino en nuevos competidores en la escena internacional. Es el caso las chinas Huawei y Lenovo, la india Tata, la mexicana Cemex o las brasileñas Embraer y Vale, entre otras, que han conseguido colarse en la lista de las 500 empresas más importantes del mundo que elabora la revista Fortune. De hecho, si la economía mundial todavía goza relativamente de buena salud es gracias a la aportación de las economías emergentes. Esta es otra de las principales diferencias de la coyuntura actual con respecto a 1929, disipando el fantasma de una recesión internacional. Sólo hay que mirar las previsiones de crecimiento de los organismos internacionales para ver que, mientras está previsto que la economía estadounidense crezca alrededor del 1,6 por ciento en 2.008 y en 2.009, las previsiones para la economía mundial se sitúan en el 4 por ciento, una cifra inalcanzable sin las altas tasas de crecimiento de China, India o Brasil. En relación a los efectos en España, Antonio Iruzubieta observa varios problemas en la economía nacional que pueden conducir a que los efectos sean profundos, principalmente el exceso de deuda pendiente y el de oferta en el mercado de la vivienda. En concreto, Iruzubieta señala que el aumento de la morosidad puede quitar la razón a quienes califican la salud del sistema financiero español como muy sólido. “A día de hoy se puede decir eso, pero la tasa de morosidad ha pasado del 0,6 por ciento al 2,3, y cuando alcance cotas cercanas al 3,5 por ciento va a empezar a haber problemas. Y al ritmo al que se está incrementando la tasa de paro, lo lógico es que la morosidad se dispare”. En España hay ahora mismo deudas por valor de más de 30.000 millones de euros que bancos y cajas dudan que puedan cobrar algún día. La peor parte la llevan las cajas de ahorro, que han desarrollado sus operaciones con escasísimos márgenes y bajos intereses, al calor del milagro económico español basado en el ladrillo. A pesar de todo, David Cano insiste en que en España “no estamos ante un modelo de quiebra. El impacto es indirecto y no se debe a inversiones arriesgadas”. En lo que sí hay consenso es en definir la situación como un punto y aparte. “Ahora la prioridad es que el barco no se vaya a pique, pero cuando se acabe la operación de rescate habrá que reflexionar”, una reflexión que conducirá inevitablemente a “la introducción de un cierto intervencionismo. Esto es el final de una época”, según señala Angel Laborda, ya que “todo se deriva de actuaciones de gente que ha realizado excesos permitidos por quienes deberían haber estado regulando el mercado”. Si se aprueba finalmente el plan de rescate de la economía estadounidense diseñado por el gobierno de Washington, se producirá la mayor intervención del Estado en la economía de ese país desde la Gran Depresión. Durante el primer mandato de Roosevelt los presupuestos federales de Estados Unidos prácticamente se doblaron (ver apoyo ‘Roosevelt tenía un plan’) y si se da luz verde al plan de rescate de la economía de la Administración Bush (al cierre de esta edición proseguían las negociaciones en el Senado y el Congreso) los 700.000 millones de dólares destinados a la compra de ‘activos tóxicos’ de las entidades financieras marcarán un hito en la intervención del Estado en la economía estadounidense. Aunque el cambio de tercio, abandonando o por lo menos interrumpiendo el laissez faire, se ha efectuado ya. Los bancos centrales de la OCDE llevan un año inyectando billones de dólares en el sistema financiero. Y las ‘nacionalizaciones’ de instituciones financieras que se han sucedido durante los últimos meses han producido un auténtico shock en los mercados, no tanto por el hecho en sí sino porque se realizaban en las ‘liberalísimas’ economías de Estados Unidos y Gran Bretaña. A grandes males, grandes remedios, se puede argumentar. Pero sería recomendable que las medidas no se quedaran en algo excepcional, para poder evitar en adelante el fenómeno que se está produciendo, el de privatizar los beneficios empresariales y socializar las pérdidas. New Deal: Roosevelt tenía un plan A pesar de que la mayor parte del legado de la Administración Roosevelt y del New Deal desaparecieron durante el boom liberal de finales de los 70 y principios de los 80, dos grandes instituciones fundadas en los años 30 permanecen vigentes en la actualidad: el sistema de Seguridad Social y la SEC, el organismo regulador bursátil. Cuando Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos en marzo de 1933, los efectos de la crisis todavía en plena vigencia, así que urgía ponerse manos a la obra. Durante los primeros cien días de gobierno quedaron esbozados las principales líneas de lo que sería el ‘New deal’ (nuevo trato, en su traducción literal): la reactivación de la economía por la vía del aumento inversor del Estado y el establecimiento de controles financieros más estrictos de los que habían existido hasta ese momento. En una actividad legislativa frenética Roosevelt llevó al congreso varios proyectos de ley, y la primera gran decisión fue el abandono del patrón oro, la convertibilidad entre el dólar y la onza de oro, para poder devaluar la moneda y estimular las exportaciones. Para dar una idea del esfuerzo inversor del Estado bajo el mandato de Roosevelt bastan un par de cifras: durante el primer año del New Deal el gobierno federal invirtió 10.000 millones de dólares, mientras que sólo recaudó 3.000 millones. Entre 1933 y 1936 los gastos de los presupuestos federales se incrementaron en un 83 por ciento. A pesar de todo, hasta el estallido de la II Guerra Mundial en 1939 las cosas no se le presentaron nada fáciles a Roosevelt. En primer lugar el Tribunal Supremo declaró inconstitucionales las más polémicas de sus leyes e iniciativas, las dirigidas a la recuperación de la industria y de la agricultura y a la fijación de precios. Estas medidas eran contempladas con mucha desconfianza por los sectores más liberales, y es que a través de ellas Washington tomaba un control tal de la economía que prácticamente convertía a la economía estadounidense en una economía planificada. Además, a pesar de que las tasas de paro se iban reduciendo paulatinamente de año en año, reduciéndose hasta el 12 por ciento en 1937, en 1938 la economía estadounidense dio un paso atrás al elevarse la cifra de parados hasta el 20 por ciento de la población activa. En realidad, Estados Unidos no empezó a levantar cabeza de verdad hasta el inicio de las hostilidades en Europa. Sólo bajo la enorme inversión que supuso el esfuerzo bélico fue posible doblar el producto interior bruto de Estados Unidos. Pero independientemente de la efectividad macroeconómica de la gestión de Roosevelt, el que consiguiera mantenerse como presidente de los Estados Unidos durante 12 años, siendo el único que ha rebasado el límite de dos mandatos, no fue casualidad. Roosevelt consiguió ganarse al americano medio con una batería de iniciativas sociales nunca vistas en la historia de los Estados Unidos. Aparte del sistema de seguridad social, algo totalmente revolucionario y que permitía el acceso a las pensiones y a prestaciones por desempleo por primera vez, creó agencias gubernamentales para todo tipo de problemas sociales, desde la reinserción laboral hasta la lucha contra el chabolismo, y dio un impulso importantísimo a los sindicatos reforzando decisivamente su papel en las negociaciones colectivas. Keynes ‘vs’ los ‘Chicago boys’ ¿Intervenir o no intervenir? Esa es la gran cuestión a la que han tenido que enfrentarse todos jefes de gobierno y sus ministros de Economía durante los últimos ochenta años, el decidir en momentos de crisis si la intervención del Estado va a contribuir a mejorar la economía o no. Durante la Gran Depresión la respuesta fue clara en Estados Unidos: sí. Roosevelt decidió hacerlo y su gestión se convirtió en el paradigma económico mundial hasta los años 70, un paradigma inspirado en la teoría desarrollada por el economista británico John Maynard Keynes. En esencia, Keynes y los economistas de la escuela que el inauguró defienden que el Estado ayuda a mantener el crecimiento económico en una economía mixta, en la que tanto el sector privado como el público juegan papeles importantes. En realidad, el objetivo de Keynes era proporcionar soluciones a los fallos que, a su juicio, existen la teoría liberal clásica de Adam Smith y David Ricardo. Este conjunto de ideas, revolucionarias en su momento, fueron esbozadas en el libro 'Teoría general del empleo, el interés y el dinero' publicado en 1936 para dar respuestas a lo sucedido durante la Gran Depresión. A esta obra se la considera el origen de la macroeconomía moderna, gracias a que enuncia elementos de la política económica que actualmente están a la orden del día, como la política fiscal y las políticas contracíclicas, que defienden una gran inversión del Estado, por ejemplo en infraestructuras en las fases de recesión. El gran éxito de las teorías keynesianas se pudo apreciar tras el final de la II Guerra Mundial, proporcionando un impulso importante a la economía mundial, sentando las bases del Estado del bienestar en Europa occidental y convirtiéndose prácticamente en dogma en los Estados Unidos durante los años 60. Sin embargo, a raíz de la crisis del petróleo a principios de los 70 en la economía mundial surgió un nuevo fenómeno: la estanflación. La teoría keynesiana no tenía respuesta para la inusitada combinación de estancamiento económico y altas tasas de inflación. De hecho, en algunos puntos se veía contradicha. Por lo que surgieron críticas al ABC económico que hasta entonces habían ejecutado prácticamente todos los gobiernos del mundo. El cabecilla de esa rebelión contra el ‘dogma’ fue Milton Friedman y los miembros de la Escuela de Chicago -llamada así porque Friedman dio clases en la universidad de esa ciudad entre 1946 y 1976-. Sus ideas han sido las inspiradores de todas las políticas neoliberales de los últimos 35 años. La principal crítica de Friedman se dirige a los efectos inflacionistas de las políticas expansivas keynesianas, por lo que rechaza la intervención del Estado y centra su atención en la lucha contra la inflación y la defensa de la libre competencia. Aunque también era defensor de innovadoras medidas de protección social como un impuesto de la renta con tramos negativos para los ciudadanos con ingresos bajos. Recibió el Premio Nobel en 1976, tras haber sido asesor de Richard Nixon y de Augusto Pinochet y antes de que Ronald Reagan también le incluyera en su gabinete. Sin embargo, la desregulación defendida por Friedman ha sido uno de los principales factores que han contribuido al estallido de la crisis. Por tanto, se vuelve a plantear otra vez la pregunta clave: ¿intervenir o no intervenir? |
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