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Nº 803 - 29 de septiembre de 2008

Michel Onfray, filósofo y autor del 'Tratado de Ateología'

"LA LAICIDAD POSITIVA' ES LA RENUNCIA DE LA AUTÉNTICA LAICIDAD"

El filósofo francés Michel Onfray considera que el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, ha "alterado simbólicamente" la laicidad del Estado galo con sus gestos hacia el Papa Benedicto XVI, quien pasó casi dos días en París durante la peregrinación que realizó este mes a Lourdes, localidad que
celebra este año el 150 aniversario de las apariciones de la Virgen María a la pastora Bernadette Soubirous. Según Onfray, la "sorprendente" recepción que el Estado francés ha dado al pontífice revela que Francia, "como todos los países, comulga a través de sus habitantes, con lo
irreflexivo y lo irracional".

Por Salvador Martínez (París)

En su visita a Francia, Benedicto XVI se ha dicho favorable a una "nueva vía" para "interpretar" y "vivir cotidianamente los valores fundamentales" ¿El término "laicidad positiva" responde a esta petición de una "nueva vía" para el laicismo de la República?
—La "laicidad positiva" es un taparrabos que justifica y legitima los caprichos de Ni-colas Sarkozy, un hombre que se mueve gracias al tropismo del poder personal. La "laicidad positiva" nombra la renuncia a la laicidad. Sus partidarios presentan las concesiones hechas a las religiones como el signo de algo positivo cuando la verdadera laicidad se convierte, en esta lógica, en algo negativo, intolerante e intransigente. Con la "laicidad positiva" hemos dejado entrar por la ventana lo que el espíritu de la revolución francesa había hecho salir por la puerta.

—Nicolas Sarkozy recibió a Benedicto XVI con los honores de un jefe de Estado, ¿No resulta sorprendente viniendo de parte del presidente de un Estado laico?
—Resulta sorprendente que Francia, como país, haya recibido a Benedicto XVI como lo ha hecho. Sin embargo, no es sorprendente por parte de Nicolas Sarkozy porque el presidente de la República gobierna según sus propios caprichos y no tiene el sentido de la República, ni de la Nación, ni de los símbolos. Él es católico pero, incluso cuando su catolicismo es muy elástico y se construye a la medida de su propia persona, invita al Papa al Elíseo como podría invitar a un actor de cine estadounidense o a un futbolista de la selección de francesa de fútbol. Su modo de gobierno responde a la fórmula: "porque éste es mi deseo". Para justificar caprichos como el recibimiento que ha dado al Papa, su porta plumas (Henri Guaino), ha inventado la "laicidad positiva", una fórmula hábil que resitúa la verdadera laicidad dentro de la negatividad.

—El presidente Sarkozy recibió al Papa en el aeropuerto de París. Ambos pronunciaron sendos discursos en el palacio del Elíseo ¿Se ha alterado simbólicamente la laicidad del Estado?
—Sí, claramente. En realidad, la existencia de este presidente altera mucho la imagen de Francia en Europa y en el mundo. Los franceses tenemos que componérnoslas con Sarkozy, un personaje que entiende la política como el arte del sentir, lo que le permite disfrutar del poder, y nunca como la conducción de la Nación en la Historia de Francia y del mundo. Nunca hemos estado bajo un poder tan antigaullista.

—A la novedosa fórmula "laicidad positiva" se opone la tradicional expresión según la cual "Francia es la hija mayor de la Iglesia" ¿Qué quiere decir?
—Se trata de un excelente eslogan publicitario que da a entender que, en el concierto de naciones cristianas, Francia fue la primera, o una de las primeras, en cristianizarse lo que es, en parte, verdad. Esta cristianización abrió derechos y deberes. Además, es 4 ta fórmula halaga la vanidad nacional de los franceses, el orgullo patriótico y la suficiencia chauvinista. Por tanto, se trata de una buena invención de un gabinete de publicistas.

—En Francia, donde aproximadamente un 70 por ciento de la población que se declara "creyente", sólo un 10 por ciento es practicante. ¿El territorio francés es especialmente hostil a la práctica de la religión católica?
—Francia, como todos los países, comulga, a través de sus habitantes, con lo irreflexivo, lo irracional y, en consecuencia, cree en todo tipo de tonterías. Cree en las religiones, pero también en las sectas. Le recuerdo que las sectas son religiones que no han conseguido hacer lo que han logrado las consideradas oficialmente religiones: hacer creer en los platillos volantes, en la reencarnación, en las mesas giratorias y en la vida después de la muerte en forma de espíritus. En Francia también se cree en las tonterías del Dalai Lama sobre la "transmigración" de las almas. Todavía no hemos abandonado una era de la teología en la que estamos estancados alegremente.

—¿Por qué cree que el mensaje del Vaticano llega menos en Francia que en otros países de Europa?
—Porque a pesar de la presencia de un fuerte tropismo irracional e irreflexivo, también existe como contrapunto una tradición ilustrada, deudora del Siglo de las Luces, razonable, que razona y que es potente gracias a la laicidad que resultó del espíritu de 1789. Esta tradición también caló gracias a la Comuna de París de 1871. De ahí que Francia sea, a la vez, el país racionalista e ilustrado de Voltaire y el país del catolicismo tradicionalista del padre de la contrarrevolución, Joseph de Maestre.

—¿Cómo se explica que, a finales de 2007, Nicolas Sarkozy afirmara en un discurso en la Catedral de Roma que, "en el aprendizaje de la diferencia entre el bien y del mal, el profesor nunca podrá reemplazar al sacerdote ni al pastor"?
—El presidente no habla en lugar de todos los franceses. No habla en lugar de la Nación ni como un personaje que sería consciente de que es más que él mismo al encarnar la República gracias a una elección presidencial con sufragio universal directo.
Sarkozy sólo habla por él mismo y actúa según el principio del gobierno personal, facilitando las nominaciones de amigos, nombrando en lugares estratégicos del Estado a sus relaciones personales y tomando decisiones políticas que favorecen a sus amigos.

—El Papa y el presidente francés han señalado que occidente es cristiano. ¿Está de acuerdo?
—El ateo que soy está obligado a darles larazón. Que lo haga una vez no convierte este hecho en una costumbre. Europa es una creación del cristianismo, que procede a su vez del pensamiento judío y del pensamiento grecorromano. A esto hay que añadir que Europa procede también de un pensamiento anticristiano, el del Siglo de las Luces, por ejemplo. Pero Europa se acabó determinando por la dominancia cristiana. El ateo que soy es un producto del cristianismo. Que existan cristianos en otros países fuera de Europa, como en Irán, por ejemplo, es otro problema. Cuando las religiones son minoritarias, éstas son tolerantes, abiertas y generosas. En cuanto al ateísmo, éste es una cuestión planetaria que se encuentra allí donde los hombres rechazan las fábulas.

—Benedicto XVI se ha mostrado crítico con las otras religiones monoteístas, especialmente con el Islam. En su discurso en la Universidad de Ratisbona, pronunciado en septiembre de 2006, citó al emperador bizantino Manuel Paleólogo, quien negó toda bondad al Islam al predicar la conversión "por medio de la espada". ¿Se trata de una caricatura del Islam?
—No se caricaturiza el Islam cuando se afirma que el Corán defiende posiciones sexistas, misóginas, homófobas, antisemitas y belicistas. Hay que leerlo, del mismo modo que hay que leer los hadiz (dichos y acciones) del Profeta para darse cuenta de que se caricaturiza esa religión cuando se la define como una religión de paz, de tolerancia y de amor. En realidad, habría que haber leído esos textos para permitirse el derecho de opinar sobre el Islam. Sin embargo, esto no es lo que ocurre y la gente se pronuncia sobre este tema sin haber pasado ni una hora de su vida a estudiar el Corán.

—¿Benedicto XVI anima el choque de civilizaciones?
—Él es el Papa que dice alto y claro lo que el Vaticano piensa –junto a muchos europeos, sean cristianos o no– en voz baja. Felicitémosle, al menos, por haber planteado de forma clara y abierta un debate entre las religiones que al final no ha tenido lugar como consecuencia de las reacciones que siguieron al discurso de Ratisbona. Éstas obligaron al Papa a retirar a sus efectivos bajo la amenaza de las tropas de quienes estaban enfrente. Benedicto XVI perdió esa primera batalla. •

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