¿Un cierto 'cesarismo'?
Habrá querido José Luís Rodríguez Zapatero tener a su particular general Escobar, nombrando al presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Dívar, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial? La designación de Dívar, católico fervoroso y colaborador de la revista de la Hermandad del Valle de los Caídos, fue impulsada personalmente por Zapatero. Llevó a cabo su propósito —según fuentes solventes— incluso a espaldas de la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que es una jurista de largo recorrido. De la Vega llegó a ser viceministra de Justicia —con Alberto Belloch de ministro de Justicia y de Interior—, fue vocal del CGPJ y ha sido jueza.
¿Pero quién fue el general Escobar? Nació en Ceuta en 1879 y murió fusilado en Barcelona por los llamados nacionales en febrero de 1940. Siendo coronel de la Guardia Civil, este hombre —que practicaba un acendrado catolicismo tradicional— se mostró fiel a su juramento de lealtad al Gobierno de la II República, el 18 de julio de 1936. En buena parte gracias a él, la sublevación en Barcelona no consiguió su objetivo. De modo que Escobar se puso a las órdenes del presidente entonces de la Generalitat, Lluis Companys (asimismo fusilado por los facciosos) y más tarde también a las órdenes del presidente de la República, Manuel Azaña.
Su figura estaba ubicada en el mayor de los anonimatos hasta que el escritor José Luis Olaizola —miembro del Opus Dei— la rescató, el año 1983, convirtiéndola en el principal protagonista de su libro La guerra del general Escobar, galardonada con el Premio Planeta. Un año después, el éxito de la novela logró que se transformara en película, Memorias del general Escobar.
No se trata de establecer un paralelismo histórico comparando a Escobar y Dívar. Escobar actuó como un valeroso héroe en defensa de las instituciones democráticas, sin duda porque creyó, con dignidad admirable, que —más allá de sus creencias religiosas— debía cumplir con su deber. Una conversación suya con el general franquista Yagüe —en vísperas del final de la contienda—, el cual le había ofrecido huir, es muy reveladora.
Escobar respondió a la oferta de Yagüe con estas palabras: "No me voy. Me he limitado a cumplir con mi deber. No he hecho nada malo". Le replicó Yagüe: "¿Le parece poco el haber perdido una guerra?". Contestó Escobar: "Las guerras hay que saber perderlas". Y Yagüe le dijo: "Pero es que no sé si nosotros sabremos ganarla". A pesar de la presión del Vaticano, Franco mandó fusilarlo. Está enterrado en Barcelona, en el cementerio de Montjüic.
Dívar es tan religioso o más que Escobar. ¿Lo ha escogido Zapatero porque intuye que el nuevo presidente del Supremo y del CGPJ sabrá separar sus prácticas religiosas del ejercicio de su profesión? Es decir, que en medio de las batallas judiciales en torno a leyes como, por ejemplo, la del aborto o la de Educación para la Ciudadanía, o la clase de religión en las escuelas, Dívar hará caso del carácter no confesional de la Constitución.
Sin embargo, y al margen de si Dívar acaba haciendo de Escobar o no, emerge otra seria duda. ¿Por qué Zapatero proyecta cada vez más la imagen de un cierto cesarismo, que le conduce a tomar por sí, de modo personal y orillando las estructuras internas del Gobierno y del PSOE, decisiones polémicas y, ciertamente, sorprendentes? Decisiones como esta última o la elección de Miguel Sebastián para ser candidato a la alcaldía de Madrid. Cuidado.•
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