Me encanta el amor que les ha entrado de pronto a los
neocon, los liberales salvajes, por el Estado. Han estado a punto de abolirlo
por innecesario, pues habiendo mercado y libertad toda autoridad sobraba, salvo
la necesaria para que a uno no le roben la cartera. El Estado no debería turbar
su prodigioso banquete con normas ni controles pues no había mejor ley ni
autoridad más eficaz que la autorregulación de los mercados, para lo que habría
que suponer un sentido de la responsabilidad imposible. La fórmula acuñada por
Ronald Reagan y Margaret Thatcher era sencilla: Gobierno pequeño, pocos
impuestos y mercado autorregulado. Pero héte aquí que, de pronto, cuando los
mercados se han roto, los gurús que ayer cantaban las excelencias del
capitalismo ilimitado entonan profecías apocalípticas y descubren que el Estado
no sólo no es tan pernicioso, sino que es imprescindible para su rescate.
Los neocon de ayer se han apuntado a un nuevo paradigma al
que denominan “socialismo financiero”, una contradicción de términos que está
haciendo fortuna y que podría convertir a los Estados Unidos en los “Estados
Socialistas Unidos de América”, como indican ciertos analistas mientras otros
prefieren utilizar el término de “socialismo estilo siglo XXI”.
La nueva fe proclama que hay que abolir la relación entre la
libertad y el riesgo, entre el derecho a la acumulación indefinida de riqueza y
el de quebrar, al tiempo que reinventan el Estado como garante de su tinglado
contra cualquier contingencia. Y el Estado está interviniendo sin complejos.
George Bush, un presidente tan entregado a los neocon como Reagan, el fundador
de esta iglesia, ha pergeñado un plan de salvamento que costará a los
contribuyentes 700.000 millones de dólares, una cantidad sin precedentes para
salvar a los bancos de los resultados de su conducta temeraria comprándoles un
montón de deudas y fallidos inconmensurable en el sentido estricto de la
palabra, en el de la imposibilidad de ser cuantificado. Ese es el gran problema
de esta crisis, que nadie puede calibrar el valor de lo que tiene ni de lo que
debe.
Los países europeos despreciados por los neocon con la
etiqueta de “Estados paternalistas” han sido superados por Estados Unidos en un
intervencionismo tan salvaje como fue su liberalismo; todo ello en nombre del
Pragmatismo, el dios supremo que el presidente americano ha impuesto por la vía
del terror. "De no actuar de forma inmediata, advirtió Bush, el país se
enfrenta a un panorama sombrío: “Puede haber una ola de pánico que provoque la
quiebra de más bancos, hunda la Bolsa, haciendo desaparecer los ahorros de
millones de norteamericanos... los desahucios pueden multiplicarse, y las
empresas pueden quedarse sin créditos, destruyéndose millones de empleos”. Una
advertencia que se parece a la que lanzara Churchill al inicio de la Segunda
Guerra Mundial cuando prometió a sus ciudadanos “sangre, sudor y lágrimas” y
que no está lejos del miedo medieval al Apocalipsis: si no aceptáis mi
propuesta no quedará piedra sobre piedra ni títere con cabeza y podemos dar por
liquidado el “estilo de vida americano”.
Los gobiernos de izquierdas, y entre ellos el de Zapatero,
han entrado en esta dinámica aunque hay quien no se olvida de los principios.
“Los socialistas –ha dicho Joaquín Almunia, comisario de Economía de la Unión
Europea–, estamos en contra del socialismo financiero”, si bien reconoce que es
razonable actuar para salvar a los bancos en dificultades. Cuando Zapatero saca
pecho afirmando que el sistema financiero español es el mejor del mundo, en
realidad no está presumiendo, sino dando una orden interna: “No quiero ni oír
hablar de un solo banco español en crisis”, una actitud que, más allá del
severo juicio que se merecen ciertas entidades y personas, se comprende
perfectamente.
La verdad es que todos los bancos españoles y cajas de
ahorros están tocados en mayor o menor medida y no tanto por los activos
titulizados que hayan podido tomar de Lehman Brothers y demás entidades en
crisis como por sus propias responsabilidades en la época de la burbuja
financiera, la larga década feliz en la que otorgaban hipotecas al primero que
pasaba por la calle valorando los pisos en un 120 por ciento de su valor real a
pagar en cuarenta años, un valor que quedó reducido a la mitad cuando se pinchó
la burbuja. Como ejemplo de la magnitud del problema baste con decir que una de
las grandes inmobiliarias españoles tiene una deuda de 18.000 millones de
euros que, para entendernos mejor, significan tres billones de pesetas.
El “socialismo financiero” hace furor veinte años después
del derrumbamiento del socialismo real, incluso se ha comparado la crisis
actual con el derrumbamiento del Muro de Berlín. Es el socialismo de la
socialización de las pérdidas que deben sufragar a escote los ciudadanos. En realidad
es un socialismo al revés en el que los ricos se salen de rositas financiados
por los pobres.
José García Abad