Nº 803
29/9/2008

El socialismo de verdad, a la defensiva frente al “socialismo financiero”

Me encanta el amor que les ha entrado de pronto a los neocon, los liberales salvajes, por el Estado. Han estado a punto de abolirlo por innecesario, pues habiendo mercado y libertad toda autoridad sobraba, salvo la necesaria para que a uno no le roben la cartera. El Estado no debería turbar su prodigioso banquete con normas ni controles pues no había mejor ley ni autoridad más eficaz que la autorregulación de los mercados, para lo que habría que suponer un sentido de la  responsabilidad imposible. La fórmula acuñada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher era sencilla: Gobierno pequeño, pocos impuestos y mercado autorregulado. Pero héte aquí que, de pronto, cuando los mercados se han roto, los gurús que ayer cantaban las excelencias del capitalismo ilimitado entonan profecías apocalípticas y descubren que el Estado no sólo no es tan pernicioso, sino que es imprescindible para su rescate.

Los neocon de ayer se han apuntado a un nuevo paradigma al que denominan “socialismo financiero”, una contradicción de términos que está haciendo fortuna y que podría convertir a los Estados Unidos en los “Estados Socialistas Unidos de América”, como indican ciertos analistas mientras otros prefieren utilizar el término de “socialismo estilo siglo XXI”.

La nueva fe proclama que hay que abolir la relación entre la libertad y el riesgo, entre el derecho a la acumulación indefinida de riqueza y el de quebrar, al tiempo que reinventan el Estado como garante de su tinglado contra cualquier contingencia. Y el Estado está interviniendo sin complejos. George Bush, un presidente tan entregado a los neocon como Reagan, el fundador de esta iglesia, ha pergeñado un plan de salvamento que costará a los contribuyentes 700.000 millones de dólares, una cantidad sin precedentes para salvar a los bancos de los resultados de su conducta temeraria comprándoles un montón de deudas y fallidos inconmensurable en el sentido estricto de la palabra, en el de la imposibilidad de ser cuantificado. Ese es el gran problema de esta crisis, que nadie puede calibrar el valor de lo que tiene ni de lo que debe.

Los países europeos despreciados por los neocon con la etiqueta de “Estados paternalistas” han sido superados por Estados Unidos en un intervencionismo tan salvaje como fue su liberalismo; todo ello  en nombre del Pragmatismo, el dios supremo que el presidente americano ha impuesto por la vía del terror. "De no actuar de forma inmediata, advirtió Bush, el país se enfrenta a un panorama sombrío: “Puede haber una ola de pánico que provoque la quiebra de más bancos, hunda la Bolsa, haciendo desaparecer los ahorros de millones de norteamericanos... los desahucios pueden multiplicarse, y las empresas pueden quedarse sin créditos, destruyéndose millones de empleos”. Una advertencia que se parece a la que lanzara Churchill al inicio de la Segunda Guerra Mundial cuando prometió a sus ciudadanos “sangre, sudor y lágrimas” y que no está lejos del miedo medieval al Apocalipsis: si no aceptáis mi propuesta no quedará piedra sobre piedra ni títere con cabeza y podemos dar por liquidado el “estilo de vida americano”.

Los gobiernos de izquierdas, y entre ellos el de Zapatero, han entrado en esta dinámica aunque hay quien no se olvida de los principios. “Los socialistas –ha dicho Joaquín Almunia, comisario de Economía de la Unión Europea–, estamos en contra del socialismo financiero”, si bien reconoce que es razonable actuar para salvar a los bancos en dificultades. Cuando Zapatero saca pecho afirmando que el sistema financiero español es el mejor del mundo, en realidad no está presumiendo, sino dando una orden interna: “No quiero ni oír hablar  de un solo banco español en crisis”, una actitud que, más allá del severo juicio que se merecen ciertas entidades y personas, se comprende perfectamente.

La verdad es que todos los bancos españoles y cajas de ahorros están tocados en mayor o menor medida y no tanto por los activos titulizados que hayan podido tomar de Lehman Brothers y demás entidades en crisis como por sus propias responsabilidades en la época de la burbuja financiera, la larga década feliz en la que otorgaban hipotecas al primero que pasaba por la calle valorando los pisos en un 120 por ciento de su valor real a pagar en cuarenta años, un valor que quedó reducido a la mitad cuando se pinchó la burbuja. Como ejemplo de la magnitud del problema baste con decir que una de las grandes inmobiliarias  españoles tiene una deuda de 18.000 millones de euros que, para entendernos mejor, significan  tres billones de pesetas.

El “socialismo financiero” hace furor veinte años después del derrumbamiento del socialismo real, incluso se ha comparado la crisis actual con el derrumbamiento del Muro de Berlín. Es el socialismo de la socialización de las pérdidas que deben sufragar a escote los ciudadanos. En realidad es un socialismo al revés en el que los ricos se salen de rositas financiados por los pobres.

José García Abad


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