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Nº 802 - 22 de septiembre de 2008

Tras la guerra de Osetia del Sur crece la tensión entre Rusia y Occidente

VUELVE LA GUERRA FRÍA


El reciente conflicto armado entre Rusia y Georgia, librado en el territorio de Osetia del Sur, se ha convertido en el primer incidente bélico en el que ha participado Moscú contra un país que representa intereses norteamericanos desde el fin de la Unión Soviética. De ese modo, el Kremlin ha presentado sus credenciales como recuperada potencia militar y económica, y ha trazado una línea roja desde la que no está dispuesto a seguir retrocediendo en sus zonas de influencia en el mundo. En el trasfondo se encuentra la expansión de la OTAN hacia sus fronteras en los últimos años, precisamente mediante la integración en su seno de países que antes pertenecían al Pacto de Varsovia. También ha supuesto un puñetazo en la mesa frente al despliegue del denominado escudo antimisiles en tierras de Polonia y República Checa, que Rusia considera una amenaza directa, pese a las explicaciones de Washington de que sólo se busca protección ante un eventual ataque de Irán o Corea del Norte. También, por primera vez desde los años 70, Rusia realizará maniobras militares en el Caribe. La lectura económica es el control de las rutas del gas y del petróleo desde Asia Central. El oleoducto que atraviesa Georgia es la única vía que no atraviesa territorio ruso.

Por Pedro Antonio Navarro

Como respuesta al anuncio efectuado por Washington de los acuerdos para instalar su famoso “escudo antimisiles” en Polonia y la República Checa, el Gobierno ruso hacía pública su decisión de denunciar el Tratado de Fuerzas Armadas Convencionales en Europa, a mediados de julio del pasado 2007. Era el primer paso de una escalada que ha tenido varios hitos a lo largo de estos últimos 14 meses, y que ha tensado la situación internacional hasta un extremo en que empieza a recordar los tristes días de la Guerra Fría.

Desde la desaparición de la Unión Soviética, la estrategia de Estados Unidos ha pasado por un creciente cerco militar sobre Moscú, aprovechando el desconcierto de la caída de un régimen que se extendió durante más de 70 años y que, en la primera década posterior, tuvo como consecuencia el empobrecimiento de las arcas públicas, la debilidad estructural del Estado, una más que considerable pérdida del antiguo poderío militar, y el desmembramiento de aquella nación, de la que escaparon muchos nuevos países, que cambiaron de órbita.

Pero en los últimos años, la recuperación rusa se ha ido fraguando a la sombra de gobiernos fuertes, con un potente componente nacionalista, y que han emprendido una recuperación del viejo esplendor mientras la opinión pública ha estado mucho más pendiente de las aventuras militares de Estados Unidos en Afganistán e Iraq, donde, además, tiene comprometida buena parte de su potencial bélico.

Las señales de un cambio en política exterior y de seguridad por parte del Gobierno de Moscú se han ido haciendo más visibles en el último año y medio. De ser un país acorralado y sin capacidad de respuesta, poco a poco, ha pasado a recuperar una voz propia y fuerte en el concierto internacional. La retirada del Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa –lo que, en la práctica le permite volver a desplegar un potencial mucho mayor de este tipo de tropas y armamento en su zona europea-, constituía un primer aviso del giro estratégico ruso.

La oportunidad de escenificar esta nueva disposición y de sacar pecho ha venido dada por la intervención militar de Georgia en Osetia del Sur, el pasado mes de agosto. El Gobierno presidido por el pronorteamericano Mijail Saakashvili, tomaba la decisión de invadir este territorio que, en 1992 había proclamado de modo unilateral su independencia de Georgia (más del 90 por ciento de la población es de origen ruso y posee el pasaporte de esta nacionalidad, y en el referéndum celebrado en ese momento, la opción independentista había obtenido más del 93 por ciento de los votos). Rusia se encontraba ante la gran oportunidad de llevar a cabo una demostración de fuerza, y no la desaprovechaba. Las protestas posteriores, las quejas diplomáticas y las amenazas de Washington no han conseguido variar el rumbo de los acontecimientos. Para muchos analistas, todo se ha debido a un error de cálculo de la administración Bush, que lleva asesorando y proporcionando ayuda militar a Georgia desde hace varios años. De hecho, los portavoces del Kremlin han denunciado en diversas ocasiones y, especialmente, tras el inicio del conflicto, la presencia de tropas y asesores norteamericanos en territorio georgiano, así como la presencia de buques de guerra de este país en la zona que, según declaraciones de los representantes estadounidenses, se han limitado a llevara ayuda humanitaria.

Pero la respuesta del león dormido no parece que vaya a quedarse en la recuperación de la poca influencia que le quedaba en el Cáucaso. Por primera vez desde el fin de la URSS, tropas rusas van a realizar maniobras militares en el patio trasero de Estados Unidos. Será el próximo mes de noviembre, en unos ejercicios conjuntos con el ejército venezolano, que ya ha ofrecido sus bases para que los rusos se instalen de forma permanente. Está previsto que participen varios buque de la armada rusa, entre otros, el crucero nuclear “Pedro El Grande”, otros barcos de superficie y varios submarinos. Rusia se ha convertido en el principal proveedor de materia militar de Venezuela –por valor de 4.000 millones de dólares-, país con el que Estados Unidos está enfrentado, y que constituye en estos momentos una pieza básica en el tablero de la nueva situación internacional. Como anticipo, Moscú enviaba a primeros de septiembre dos de sus bombarderos estratégicos más potentes a suelo venezolano, los Tu-160, denominados Blackjack en la terminología empleada por la OTAN, y considerados los aviones de combate más grandes en ejercicio. Están preparados para portar 12 misiles con cabezas nucleares y 40 toneladas de bombas –aunque se ha anunciado que no llevaban este armamento en esta ocasión-.

Las autoridades rusas anunciaban en agosto su intención de volver a emprender lo que denominan “patrullaje global” por todo el planeta, siempre en aguas internacionales, y respetando los espacios aéreos de todos los países. Un retorno en toda regla a situaciones pasadas.

En el trasfondo de esta situación no sólo se vuelve a encontrar en cuestión una supremacía militar que parecía claramente decantada del lado norteamericano. También –o, sobre todo- está en juego el control de la producción y de las rutas de distribución de la mayor parte de los recursos energéticos del planeta. Rusia es el mayor proveedor mundial de gas natural e Irán es el segundo. Hay mucho petróleo y gas natural en la región de Mar Caspio. El país que controle esta parte del mundo dará un gran salto hacia el control de las claves de la maquinaria económica mundial. La economía en expansión de China tiene una enorme necesidad de energía. China ahora importa la mayor parte de su petróleo por vía marítima (a través de los Estrechos de Taiwán) y EE UU en los últimos años ha doblado su presencia naval en esta región para presionar la capacidad de adquisición de combustible por parte de Pekín. Por tanto, China está buscando alternativas, rutas terrestres, transportar el petróleo a través de oleoductos por Asia Central es crucial. Las bases estadounidenses permanentes en Afganistán y los intentos de instalar bases militares en otros países de Asia Central son en gran parte un intento para obtener el control de estas rutas de oleoductos, mientras que Washington quiere evitar que China acceda por los territorios del este a Rusia, al Oriente Medio o a los campos del petróleo y de gas del Mar Caspio.

El objetivo no es solamente el cerco estratégico de Rusia a través de una serie de bases de la OTAN en los límites del Camp Bondsteel en Kosovo hasta Polonia, hasta Georgia, probablemente Ucrania y la Rusia Blanca, que permitiría a la OTAN controlar los vínculos energéticos entre la UE y Rusia. Del mismo modo, entre los propósitos de Washington está el control geopolítico de Uzbekistán, Kirguizstán y Kazajstán, que  permitiría supervisar cualquier potencial ruta de tuberías entre Asia Central y China así como el cerco a Rusia controlaría las tuberías y otros vínculos con China, India, Oriente Medio y la UE.

En 2005 se construía el Baku-Tbilisi-Ceyhan (BTC), oleoducto abierto financiado por British Petroleum (BP) en un consorcio que incluye a la estadounidense UNOCAL, Petróleo de Turquía, y otros. Con la caída de la Unión Soviética sobrevino una escalada para obtener el control político y económico de esta parte del mundo. Georgia está en la ruta de este oleoducto.

RODEANDO A RUSIA CON LA OTAN

Desde la desaparición de la Unión Soviética todas las ampliaciones que ha experimentado la Organización del Tratado del Atlántico Norte se han nutrido, exclusivamente, con naciones de la antigua órbita del Este, e incluso con nuevos Estados que antes se hallaban integrados en la URSS, en lo que parece una estrategia de cerco a la actual Rusia.

Tres ex repúblicas soviéticas (los Estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania) y nueve países de la antigua zona de influencia de Moscú, la mayoría antiguos integrantes del Pacto de Varsovia, se han integrado en el gran pacto militar occidental.

El actual primer ministro, y ex presidente ruso, Vladimir Putin, aseguraba en la última Cumbre de la Alianza Atlántica, celebrada el pasado mes de abril en Bucarest, que “la aparición en nuestras fronteras de un bloque militar es percibida como una amenaza”. Aunque, manteniendo un estilo diplomático, aseguraba que “no es posible tener una nueva Guerra Fría; no es de interés para nadie. Ningún actor global, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni la Unión Europea necesitan volver al pasado”. El líder ruso aseguraba que la integración de países con frontera directa en la OTAN supone “un impedimento serio” para ahondar en la cooperación bilateral.

Una vez que la expansión de la Alianza Atlántica la ha llevado a las fronteras directas del gigante euroasiático, la estrategia de Moscú pasa por impedir a toda costa que el cerco se consume con la entrada de Georgia y Ucrania, y muchos analistas internacionales coinciden en que, en buena medida, el reciente conflicto en Osetia del Sur y Abjasia, y la rotunda intervención militar rusa ante la acción militar georgiana en estos territorios, además de la confesa intención de proteger a la mayoría rusa de estas regiones, también tenía como finalidad para el Kremlin dar un golpe en la mesa y un serio aviso para demostrar que no está dispuesto a tolerar el estrechamiento del cerco y, por tanto, que no descarta el uso de la fuerza para impedir la entrada en la OTAN de estos dos ex aliados.

La cumbre de Bucarest decidía no cursar, por ahora, la invitación formal para integrase a estos países, pero esta adhesión se encuentra en la agenda prioritaria de la estrategia de Washington, por lo que todos los implicados están convencidos de que se trata, únicamente, de un aplazamiento y de que, en un futuro, los Estados Unidos encontrarán condiciones más adecuadas para conseguirlo.

Son muchas las voces que se cuestionan la pervivencia de una alianza militar como la OTAN después de la desaparición de la Unión Soviética y de la estructura militar paralela que constituía el Pacto de Varsovia, aunque, desde la década de los noventa, la argumentación formal con la que se sostiene la Alianza es la de mantener un orden pacífico y estable en el área de su influencia. En estos años, además de un notable incremento en el número de sus socios, también ha extendido más allá de las áreas del Atlántico Norte sus áreas de actuación. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, otra de las razones esgrimidas para su mantenimiento es la lucha contra el terrorismo internacional, pese a que las fuerzas militares se han demostrado prácticamente inútiles frente a esta amenaza en todo el mundo, y sólo la acción policial ha conseguido éxitos en este campo.

Un hecho que puede probar que la razón de ser de la Alianza Atlántica era la de contener la expansión del comunismo en Europa y en el resto del mundo es que en 1954, y en tres ocasiones diferentes, la Unión Soviética solicitó su adhesión a la OTAN argumentando la necesidad de garantizar una paz estable en Europa, pero en los tres intentos su propuesta resultaba rechazada. Tras la primera ampliación de la OTAN, con la entrada de la entonces República Federal Alemana, el 9 de mayo de 1955, la Unión Soviética tomaba la decisión de crear otra alianza militar de contrapeso. El 14 de mayo de ese año se constituía el Pacto de Varsovia, integrado por la URSS y por los países europeos de su órbita ideológica, a excepción de Yugoslavia. Era el comienzo oficial de la Guerra Fría.

La hostilidad que las autoridades rusas perciben de las instalaciones de la OTAN en Europa se sustancian en una serie de cifras que reflejan un potencial militar extraordinario a las puertas de sus amplias fronteras con el Viejo Continente. La Alianza Atlántica cuenta con 480 cabezas nucleares tácticas repartidas entre diversas bases militares en los territorios de Alemania, Bélgica, Holanda, Italia, Reino Unido y Turquía. Cuatro submarinos británicos del tipo Trident tiene capacidad para portar hasta 48 cabezas nucleares cada uno, sin contar con el dato desconocido de las que puedan portar los submarinos norteamericanos que patrullan por aguas del Mediterráneo, el mar Báltico y el Océano Atlántico, con capacidad para alcanzar territorio ruso.

La OTAN ha instalado recientemente nuevas bases en Bulgaria y Rumanía, antiguas aliadas de Moscú, y los Estados Unidos no ocultan sus planes de hacer lo propio en Moldavia y en Georgia –aunque aún no ha conseguido su propósito de formar parte de la Alianza-.

En otro país que integraba la antigua Unión Soviética, Letonia, la OTAN ha instalado una batería de radares avanzados con los que puede controlar lo que sucede a varios cientos de kilómetros en el interior de Rusia.

EL ESCUDO DE LA DISCORDIA

Junto con la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este de Europa, la instalación del polémico “Escudo antimisiles” norteamericano en territorios de Polonia y la República Checa ha constituido uno de los principales elementos de la nueva tensión que se vive estos días entre Occidente y Rusia.

Este nuevo acto de guerra fría arrancaba el pasado 20 de enero de 2007. Entonces, el Ejecutivo de Washington solicitaba formalmente la apertura de negociaciones a los gobiernos de Polonia y de la República Checa para la instalación en su suelo de diez silos de misiles de interceptación –en Polonia– y de una estación fija de radar –en Chequia–. El objetivo argumentado por Estados Unidos es el de disponer de los medios y la tecnología necesarios para interceptar misiles de medio y largo alcance de supuesta procedencia iraní, e incluso, de Corea del Norte; una hipótesis que, a día de hoy, no ha podido confirmarse en ningún momento, y que ha generado una amplia división en el seno de la Unión Europea, en la que muchos de sus miembros cuestionan abiertamente la capacidad de estos países, citados como “amenazas” por EEUU, para producir armamento nuclear en estos momentos, y menos aún, para conseguir la tecnología necesaria que les permitiera que sus supuestos misiles alcanzasen territorio europeo o norteamericano.

Estas instalaciones, conocidas como “escudo antimisiles”, constituyen la ampliación de un programa mucho más amplio puesto en marcha por el Departamento de Defensa de Estados Unidos, denominado Ballistic Missile Defense System (BMDS), cuyas dos primeras ubicaciones terrestres ya se encuentran desplegadas en Greely (Alaska) y en Vandenberg (Estado de California). Además, el programa se complementa con otros sistemas instalados en diversos buques de guerra distribuidos por la práctica totalidad de los mares del hemisferio norte, y en un número indeterminado de satélites en la órbita terrestre.

Los acuerdos suscritos con Polonia y la República Checa –que tanto han irritado a las autoridades rusas, tanto por la gran proximidad a sus fronteras, como por el extra de valor simbólico que representa el hecho de que ambas naciones eran aliadas de la antigua Unión Soviética-, se suman a los que ya había suscrito Washington para la implementación del BMDS con Australia, Dinamarca, Israel, Japón, Noruega y Reino Unido.

Las condiciones de cada uno de los acuerdos establecen que el control total de las instalaciones depende en exclusiva de las autoridades y los militares estadounidenses, mientras que a cada país que presta su territorio para la instalación le es entregada la información obtenida, sólo para su propia autodefensa. Las intenciones norteamericanas son las de conseguir la plena operatividad del BMDS antes de 2013.

Esta ocasión no es la primera en la que el despliegue del sistema antimisiles genera graves tensiones con Rusia. En 1999, los gobiernos de Estados Unidos y Noruega firmaban un acuerdo por el que se actualizaban las instalaciones del potente radar que el ejército norteamericano posee en la localidad de Vardo, casi en la misma frontera entre Noruega y Rusia, y que permite controlar con facilidad el territorio ruso en los primeros 400 kilómetros. Este acuerdo ya provocaba airadas reacciones del Kremlin en su momento, aunque, curiosamente, las explicaciones ofrecidas entonces por Washington eran muy similares a las de hoy en día: se trataba de controlar un posible ataque de Irán o corea del Norte con misiles contra territorio europeo.

El BMDS continuaba su despliegue en 2003 con la firma de otro acuerdo entre Estados Unidos y Reino Unido para la integración en el sistema del sistema de radares británicos ubicados en Flyingdales. El penúltimo paso se daba al año siguiente en Dinamarca. Tras una larga negociación, el parlamento de este país autorizaba la ampliación, modernización e integración en el BMDS de las instalaciones de radar situadas en Thule.

El 8 de julio de este año se certificaba la última vuelta de tuerca. La República Checa firmaba un acuerdo con la Administración Bush por el que se autoriza la instalación en su territorio del más potente radar con el que contará el escudo antimisiles, y que tendrá operatividad plena en 2012. el 20 de agosto, quien suscribía un pacto formal era Polonia, que se comprometía a acoger diez silos de misiles norteamericanos dentro del mismo programa, delante de las narices de Rusia.

Muchas naciones pertenecientes a la Unión Europea han expresado abiertamente sus reservas acerca de la necesidad de este tipo de instalaciones en suelo del Viejo Continente, y han puesto en evidencia que la decisión unilateral de Polonia y la República Checa se aleja del propósito de una política común de la UE en materia de seguridad y política exterior. Con distintos matices, así se han expresado los representantes de Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Grecia, Holanda y Luxemburgo. Otro grupo –en el que también se encuentra Grecia- ha hecho públicas sus quejas porque el BMDS los deja fuera de su paraguas protector. Son los casos de Bulgaria, Rumanía, la ya mencionada Grecia y, fuera de la UE, Turquía, las naciones más próximas geográficamente a Irán, y que por esta cercanía, los misiles interceptores ante un supuesto ataque persa no tendrían tiempo de actuar en la protección de sus territorios.

Evidentemente, las reacciones más duras han llegado de Rusia, que niega con rotundidad que el verdadero motivo para el despliegue del escudo sea la eventualidad de un ataque norcoreano o iraní, y que identifica todo el sistema BMDS con una estrategia norteamericana de presión sobre su propio territorio y de un cerco contra Moscú cada vez más evidente, que se complementa con las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este de Europa, hasta llegar a las mismísmas fronteras directas de Rusia. El ex presidente, ahora, primer ministro, y hombre fuerte de Moscú, Vladimir Putin, indicaba que el propósito real de Estados Unidos es el de establecer una clara superioridad militar sobre su país. Putin ha asegurado que las relaciones con Europa “van a empeorar”, y que tras la instalación de estas bases, “el riesgo de dañarse o, incluso aniquilarse mutuamente, con seguridad, iba a aumentar varias veces”.

En esto coincide plenamente con su visión el último presidente de la Unión Soviética, y padre de la Perestroika, Mijail Gorbachov, para quien el sistema antimisiles que va a desplegarse en Polonia, claramente “es contra Rusia. Irán es un espejismo”. El prestigioso ex dirigente instaba a los países europeos a desarrollar un sistema común de defensa y de relaciones exteriores independiente de los Estados Unidos.

Con todo, la advertencia más amenazante también ha provenido de Rusia; en este caso, de su estructura militar. El Estado Mayor del ejército ruso aseguraba a finales de agosto que si, finalmente se producía la instalación de los silos de misiles y del radar, Polonia y la República Checa serían blancos hipotéticos del sistema de misiles de Moscú.

EUROPA, COMO SIEMPRE, DIVIDIDA

Que me explique qué es una sanción para Rusia. En esta complicada situación política hay que mantener un resto de sentido común. Rusia continuará siendo nuestro vecino y es necesario, en nuestro propio interés, retornar a unas relaciones normales”. Son palabras pronunciadas por el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Frank Walter Steinmeier, a finales del pasado mes de agosto, cuando los gobiernos de la Unión Europea debatían una posición común tras el conflicto en Osetia del Sur, desatado por la intervención del ejército de Georgia, y la contundente respuesta de las fuerzas armadas rusas, que culminaba con la derrota de los primeros, y el reconocimiento de la independencia de Osetia y de Abjasia por parte de Moscú.

“Quiero precisar que Francia nunca se ha planteado proponer sanciones, aunque ciertos países se lo plantean. Algunos piensan en sanciones; Francia no. Es simple, Francia no tiene una mente enfermiza. No queremos interrumpir el diálogo con Rusia”, proclamaba el 28 de agosto el ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernardo Kouchner. De este modo, las dos naciones más influyentes de la UE marcaban la línea para el resto en la discusión sobre la reacción de la Unión ante lo acontecido en Osetia del Sur y el reconocimiento de la independencia de este territorio y de Abjasia por parte del Kremlin.

Otros integrantes de la Unión Europea –especialmente, los pertenecientes a la antigua órbita de influencia soviética, y hoy mucho más cercanos a Washington que el resto de sus socios comunitarios-, como Polonia, exigían la aplicación de duras sanciones contra Moscú o, en el caso de Lituania, la imposición de una comisión de observadores de la UE en los territorios de Osetia y Abjasia. Pero se imponía, una vez más (como suele ser habitual cuando se trata de la UE), la vía diplomática. En una demostración de realismo, el ministro sueco de Exteriores, Carl Bildt, aseguraba que “nada indica que los rusos admitirán a otros. No lo creo; actualmente, ellos controlan la situación”.

Las declaraciones oficiales emanadas del seno de la UE se han limitado a circunscribirse a las resoluciones de las Naciones Unidas sobre la integridad territorial de Georgia. Pero nada de sanciones. La mayoría de los estados europeos ven en el reconocimiento de la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia, por parte de Moscú, una respuesta al reconocimiento de Kosovo por parte de Estados Unidos y la mayoría de naciones occidentales –algo a lo que varios países, entre ellos, España, se opusieron en su momento, avisando de que sentaría un precedente peligroso, y de que rompía con el acuerdo establecido tras la II Guerra Mundial, por el que todos los estados se comprometían a respetar las fronteras vigentes y la integridad territorial de todos los países europeos-.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, se encargaba de impulsar un plan de paz, apoyado por toda la UE que, finalmente era suscrito también por Rusia y que, pese a algunas denuncias puntuales, Moscú aseguraba que había cumplido en todos sus términos. Un plan efectivo, como se acabaría de demostrar, pues constituía, de hecho, el documento que permitía poner fin a las hostilidades; pero un plan alejado de las pretensiones de la administración Bush y que, de manera sintomática, era calificado como “inaceptable” por el secretario general de la OTAN, el holandés Jaap de Hoop Scheffer, un hombre más próximo a Washington que a Bruselas.

En esta crisis han aflorado de manera clara las divisiones en el seno de la Unión Europea y en cuanto a los planteamientos de fondo. Varios estados, especialmente en la zona occidental, desean desde hace tiempo impulsar una política exterior y de seguridad común que marque las distancias con la estrategia de Estados Unidos, y que haga visible la independencia de criterio de Europa, mientras que buena parte de los nuevos socios del Este parecen encontrarse más cómodos en la órbita directa de Washington, como un modo de reafirmar su salida de la égida soviética.

La negociación unilateral de Polonia y República Checa con Estados Unidos, al margen de sus socios comunitarios, para la instalación de las bases del escudo antimisiles en su territorio no ha sido vista con buenos ojos por naciones como Alemania, Francia, Bélgica o España, principales impulsoras de esa política exterior común de la Unión. También ha influido en la división la dependencia de Rusia para el suministro energético (petróleo y gas) a Europa, y el deseo de no tensar más unas relaciones con el gigante vecino, y evitar un retorno a la situación de guerra fría. Un escenario en el que el continente europeo, más que probable teatro de operaciones de una nueva confrontación, no tiene nada que ganar. Las diferencias con Estados Unidos han quedado marcadas. El pasado 12 de septiembre, la UE decidía la reanudación de las conversaciones directas con Rusia –que había decidido aplazar sólo 12 días antes- a partir del próximo 10 de octubre. En esa fecha, de acuerdo con el contenido del plan de paz presentado por Sarkozy, las tropas rusas se retirarán a las establecidas como “zonas adyacentes”.

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