"Poderoso caballero es don
Dinero"
No deja de ser llamativo que cuanto más aprieta el PP al Gobierno, echándole en cara la responsabilidad de la crisis económica y acusando a José Luís Rodríguez Zapatero de inoperante, más privatizaciones anuncia Esperanza Aguirre. Es decir, que Aguirre levita maquinando ofensivas liberalizadoras que den más entrada aún a operadores privados en la sanidad y la educación y mayor participación de las empresas en la intermediación laboral.
El sueño neoliberal de menos Estado y más mercado lo encarna Aguirre "sin ningún tipo de complejo", según puntualizaba el otro día el periódico Negocio, que se autodefine como "Diario libre de información económica". Su editorial era ilustrativo. Preconizaba "liberalizar y flexibilizar el mercado de trabajo" a la vista de cómo se ha disparado el paro, circunstancia por lo demás inquietante. Y arremetía contra los proyectos gubernamentales de "emprender un oneroso programa de empleo público que (...) permitiría crear 100.000 empleos".
Dicho de otro modo: cuantos menos derechos y más contratos basura tengan los asalariados, mejor; cuanto más fácil sea el despido, mejor también. Todo esto los sectores empresariales lo maquillan con vocablos como "liberalizar y flexibilizar el mercado de trabajo". Tales expresiones equivalen a un brochazo de barniz para que parezca más fina y hasta postmoderna una situación que es agobiante.
Los liberales sólo se acuerdan del Gobierno cuando truena y cuando otorga suculentos contratos en infraestructuras o subvenciones. Pero aseguran que la intervención del Gobierno en la economía es perniciosa. No lo es, claro, si esa intervención lleva a potenciar el ámbito privado, al estilo Aguirre. Les encanta que los Gobiernos se hagan paulatinamente el harakiri. Si mengua el poder político democrático —que debe atender a los intereses generales y proteger a los más débiles—, ya no queda apenas más poder que el del dinero. El cual —citando a Quevedo— "da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero (...)" y "hace todo cuanto quiere. Poderoso caballero es don Dinero".
En todo caso, el caballo de la crisis avanza desbocado y trata de echar por tierra el optimismo antropológico de Zapatero. Las cifras de paro empiezan a ser sobrecogedoras. Al ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, "la realidad sólo le permite dar malas noticias como el incremento en medio millón de personas que se han quedado sin empleo en un año (...), una cifra muy superior a la sufrida en la crisis de 1993 que eleva a 2,5 millones el número de parados, el nivel más alto de la última década y el más abultado de la Unión Europea", advertía el jueves, 4 de septiembre, José García Abad, director de EL SIGLO en el diario digital El Plural.
Recomendaba Ignacio de Loyola que "en tiempos de tribulación, no hacer mudanza". Ocurre, sin embargo, que la imagen que proyecta el Ejecutivo en el capítulo de la economía es un tanto vacilante y, a veces, contradictoria. De acuerdo con el organigrama, la máxima autoridad en esta materia es —tras Zapatero— Pedro Solbes. Pero la influencia del ministro de Industria, Miguel Sebastián, es expansiva y, en ocasiones, decisoria. Por su parte, Corbacho aporta sus recetas desde la perspectiva laboral y, desde que llegó, envía mensajes sobre la inmigración que quiebran la línea política del actual Gobierno en tan delicadísimo asunto.
No sé sabe si habrá o no que "hacer mudanza". Pero sería urgente que el Gobierno diera muestras de firme unidad, si pretende manejar la "tribulación" con un solo timonel conduciendo la nave en medio de un mar temiblemente agitado. •
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