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| Nº 799 - 1 de septiembre de 2008 |
Masaje para noches de verano Por Mauro Armiño Cada vez son más fuertes los indicios de que entramos en otra fase de la degradación cultural que asola España y –añadamos, para no ofender, la consabida coletilla– los países de nuestro entorno. Ahora que parece no haber otro mundo posible, el capitalismo, perdón por la palabra, asfixia cualquier materia que no tenga por objetivo único el beneficio, la ganancia, el dinero. Y no es esta meta lo peor, sino las formas de alcanzarla. Viene la reflexión al hilo de un verano en que nos hemos podido permitir encender de vez en cuando el televisor, con unos Juegos Olímpicos omnipresentes en TVE, y series y más series degradadas y tan obsoletas en algunos casos como el fantasma del teniente Colombo que emite para aburrir las madrugadas Telemadrid. Cada vez está más clara cuál es la mercancía que se vende a los sujetos televidentes, a unos seres tirados en un sofá sin nada que hacer y menos que leer; la mercancía segura es el deporte, en las modalidades de fútbol, baloncesto y tenis además de, incidentalmente, alguna otra murga de este tipo. Hace tres meses, Cuatro descubrió el sistema goebbelsiano de la propaganda a voz en grito montando el tinglado al estilo de los viejos charlatanes de pueblo en pleno centro de Madrid; la selección española de fútbol les ayudó jugando todos los partidos y ganando; la táctica de masajear repetidamente las cabezas con el mensaje de sentir orgullo patrio dio buenos rendimientos económicos al grupo Prisa –periódico y, sobre todo radio y televisión–; por un momento hasta coincidieron adversarios políticos: García-Abadillo afirmaba lo mismo que decía el presidente de Gobierno: la selección es un trazo de unión entre todos los españoles, porque todos, de la comunidad que fueran, estaban con la selección cuyo triunfo disolvía las identidades en una sola: la española. El masaje es el mensaje, vieja teoría: los cerebros bombardeados actúan al unísono en la dirección que interesa, sea económico –como en este caso–, sea político, como empieza a verse en las campañas electorales. Pero tanto masaje sólo produce agujeros: bastaba mirar, mientras transcurría el último partido, la transcripción que de la marcha del partido de la final hacían en sus versiones digitales Le Monde y el periódico español más interesado en el evento, El País. Periodísticamente era mucho más completa la información del periódico francés, al que el partido ni le iba ni le venía; quizá precisamente por eso: aquí nos venían demasiadas cosas en el partido: patriotismo, negocio publicitario, etc. Durante los Juegos Olímpicos, TVE, compradora de los derechos de retransmisión, ha intentado hacer un seguimiento omnímodo repitiendo y pasando de La Dos a La Primera imágenes y comentarios; el bombardeo no tenía en cuenta precisiones periodísticas ni las mínimas normas de la información: avanzada la madrugada seguían anunciando para el día siguiente lo que ya correspondía al día en que el espectador estaba; y como, según dicen, la cultura se hermana con el deporte, había que oír las sutiles muestras de la cultura de algunos presentadores; Ernest Riveras, por ejemplo, conductor de Conexión Pekín, quiso darnos una lección aprovechando que en las imágenes aparecía la Ciudad Prohibida; según él, ese era el lugar donde los emperadores chinos tenían “sus eunucos y sus concubinas; vaya vidorra que se pegaban”. Fue toda su aportación a la cultura hispana sobre la Ciudad Prohibida. Ociosidad, sexo y pensamiento socialista. Pero vayamos con los Juegos, olvidando la historia y ese hipócrita homenaje, según dicen, al deporte practicado en la cuna de la civilización, en la ciudad griega de Olimpia siglos antes de la era común. Su reanudación en el siglo XX fue un invento del barón Pierre de Coubertin, aristócrata legitimista francés cuya biografía acaba de aparecer en Francia firmada por Daniel Bermond, lectura que puede completarse con otro título de Olivier Villepreux, Feue la flamme; ambos ponen de relieve la monstruosidad de un invento hecho para “para preservar a la juventud contra la ociosidad, el sexo y el pensamiento socialista”; y a esta idea motriz de Coubertin se le pueden sumar los escritos de este barón sobre la desigualdad de las razas, los elogios a Hitler cuando le regaló unos juegos para exaltación del nazismo (menos mal que un corredor de raza negra, Jesse Owens, dejó atrás a los atletas de pura raza alemana): “Admiro intensamente a Hitler… el jefe del nuevo mundo que se eleva…”. Andaban entreverados juegos, razas, nacionalismos, y una confusión entre ética y estética que se perpetuó –con cambios, para que todo quedase igual– con Juan Antonio Samaranch, séptimo presidente de los Juegos; en 1980, cuando se hace con el cargo, los Juegos tenían que enfrentarse a la realidad y las secuelas de la Guerra Fría: en nombre de los derechos humanos, y para protestar contra la presencia de tropas todavía soviéticas en Afganistán, Estados Unidos consiguió que varias decenas de países no mandaran sus atletas a los Juegos de Moscú. Curioso: ahora son las tropas de Estados Unidos las que andan metidas en Afganistán (algunas españolas también), por no hablar de Iraq. Cuatro años más tarde, los Juegos se celebraban en Los Ángeles, y esta vez fueron 16 países del bloque comunista los que boicotearon los Juegos. La jugada que Samaranch puso en práctica para salvar de la crisis que se avecinaba a los Juegos fue, en primer lugar, huir de las protecciones y dineros de los países, que en sus disputas y campañas de propaganda podían arrastrar a los Juegos a su disolución; y, en segundo lugar, buscar patrocinios que dieran estabilidad financiera al invento de Coubertin: multinacionales que, a cambio, pueden emplear la marca olímpica, y grupos de información y prensa, los más beneficiados en esa operación comercial cuya engañifa son esos jóvenes supervitaminados a los que hacen héroes por un día cuando no vuelven a sus pueblos convertidos en perdedores frustrados cuando, en el puesto 22, han tardado segundo y medio más que el vencedor en correr los cien metros. Masaje demagógico. Ésa es la gran mentira: los llamados atletas sirven de pretexto a la sociedad del espectáculo, y bajo cuerda, con ellos por banderas, a intereses nada olímpicos, empezando por los nacionalismos patrioteros y terminando por los ingentes intereses económicos que obligan, por ejemplo, a programar las finales de natación por la mañana para que coincida con la programación de noche de las televisiones estadounidenses. Ejemplo patético de nacionalismo: aquel pobre nadador africano de los Juegos Olímpicos de hace cuatro años que recorría solo la piscina, boqueando más que braceando, mientras sus compañeros de competición ya debían andar por el postre; pero solicitado por el COI, su país no quiso desaprovechar la ocasión para que su nombre –que ya no recuerda nadie– sonase en todo el mundo. Convertidos en objetos –dejan de ser individuos para ser medalla de oro, de plata o de bronce; el resto engrosa las listas del fracaso y la impotencia–, para recorrer 100 metros en menos de diez segundos los atletas tardan cuatro años y nueve segundos con unas cuántas décimas, a lo que hay que sumar la media hora que necesita su cerebro, si lo tienen, para recuperarse de ese esfuerzo que sirve, según dicen algunos, para ver el límite de las capacidades del hombre. Los presentadores y reporteros se desgañitan vociferando: récord mundial, marca histórica; y, si se trata de un español, utilizan el “hemos conseguido”, buscando la identificación del espectador que, tendido en su sofá, nunca ha pensado en hacer los cien metros en menos de un cuarto de hora. Hay marcas tan históricas que duran hasta el próximo encuentro de atletas, que ahora, con las televisiones por instrumento, se producen cada dos por tres: mítines de ciudades, de continentes, del Mundo, y todo es récord, todo es histórico. ¡Pura filfa! Que dura menos que la verdura de las eras, de Jorge Manrique. La identificación del televidente con el medallista –por supuesto, nunca con el decimotercero– es tan necia como el orgullo de los países por haber quedado primeros, segundos, o terceros: operaciones políticas de envenenamiento masivo, para aumentar la dosis de idiotez que cada nación cultiva en su parcela. Pero el problema no está ahí, sino en el progresivo aumento de este tipo de espectáculos, y la inundación masiva que los impone a la fuerza –el centro de Madrid ocupado por programas de masaje y jaleamiento de la estupidez–; pero de este hallazgo televisivo, trasladado a otros ámbitos donde ese masaje populista y demagógico es mucho más peligroso, ya habrá tiempo de que nos arrepintamos. |
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