Antonio López García, pintor
"EL BODEGÓN ESPAÑOL
ES UN ALTAR"
Antonio López García, el mayor de cuatro hermanos, nació en Tomelloso el 6 de
enero del 36, unos meses antes de que estallase la Guerra Civil española. Alguien
fundamental en su vida fue su tío, el pintor Antonio López Torres y cuando Antonio
habla de él, fluyen a raudales la admiración, el agradecimiento y el cariño. "Mi tío
ha sido providencial en mi vida. De no haberme sacado él del camino que ya estaba
preparado para mí, no sé lo que hubiese podido ocurrir en aquella época y en un
pueblo manchego. Él me dio una oportunidad increíble, que supe aprovechar bien".
Las cabezas de su nieta ya están instaladas en la Estación de Atocha, un lugar"perfecto" para Antonio. "Para mí es como un templo, ahí entra una forma de lo
religioso. Y es que Atocha, mi estación de entrada a Madrid, tiene un enorme
significado para mí".
Por Karmen Garrido
Entre sus galardones, el Premio
Príncipe de Asturias de las Artes,
1985, por "una obra laboriosa y
reflexiva, testimonio del asombro del artista ante la vida". La vida y el tiempo parecen ser aliados muy valiosos para este ser humano admirable que, a sus 72 años, sigue en el taller y en la fundición, con una inquebrantable fe en su trabajo y una perseverancia envidiable. Y es que Antonio López se carga de la vida incesantemente y conserva la mirada fresca del que, lejos de temerla, se deja sorprender por ella.
—Madrid es uno de sus temas favoritos, Nueva York le ha acogido con los brazos, ¿Cómo siente usted las grandes ciudades?
—Como una jungla tremenda. Las ciudades grandes me parecen todas un error. El Hombre ha ido concentrando demasiadas cosas en un espacio, demasiada energía, quitándosela a otros espacios. Y esto es malo para lo que crece tanto y también lo es para lo que se empobrece tanto y esto es una equivocación. Lo de las ciudades tan enormes, no va a salir bien porque se están generando muchas cosas peligrosas, además de que la vida en esas macrociudades es tremendamente incómoda y no están hechas para personas vulnerables como los niños o los ancianos. Son lugares agobiantes en los que se puede soportar vivir si se tiene muy buena salud. También se generan en ellas cosas muy buenas e interesantes que algunos van pescando en el río revuelto. Por ejemplo, desde siempre, el mundo de la cultura ha surgido básicamente en las grandes ciudades. Diría que todo lo mejor y lo peor ha surgido en la gran ciudad; desde luego, lo mejor siempre, porque el Hombre iba a las grandes ciudades. Miguel Ángel, por poner un ejemplo, iba a Florencia y a Roma, no se iba a quedar en una aldea.
—Podríamos decir que nada es blanco ni nada es negro, que existe una amplia gama de grises, ¿no cree?
—El arte, sobre todo el de nuestra época, nace en las grandes ciudades y por eso tiene ese carácter tan oscuro. Un arte como el de Bacon no puede darse en una aldea, en una aldea no podría haber pintado sus cuadros, tuvo que ser en Londres.
—¿Qué sintió viendo sus obras, las únicas de un creador contemporáneo, colgadas junto a las del Greco y las de su admirado Velázquez?
—Me gustó, pero no por vanidad, sino porser una experiencia que pude vivir y la pude vivir fuera de España aunque fuese algo surgido aquí. Fuimos los españoles quienes lo hicimos y se ven las diferencias, siendo el lenguaje la figuración, como en el caso de Sánchez Cután, que pinta como yo. En este caso, siento que represento, en cierta forma, lo que es esta sociedad, cómo ha cambiado, qué áspera se ha vuelto, lo mucho que se ha alejado de lo religioso y digo lo religioso como dogma, porque no tenemos religión.
—Pero sí espiritualidad...
—¡Ah, claro!, pero insisto, no religión. Eso no quiere decir que no seamos personas religiosas, porque la religión nace de la totalidad del Hombre, nace de la confrontación del Hombre ante el misterio del mundo. Lo religioso surge de ahí, los dioses. Pero hoy, es preciso hacer un esfuerzo de voluntad para que la cara de Dios y la de las diosas puedan surgir. Estamos ante el misterio del mundo, sin dioses. Lo religioso queda dentro de nosotros pero si queremos darle forma, tenemos que mentir. Por eso, no me creo las obras religiosas del siglo XX, son mentira. Pueden ser muy buenas obras musicales, pero no son verdad. Stravinsky no sentía a un Dios concreto. En un bodegón de Morandi, puede que esté Dios, como lo está en Sánchez Cután, un hombre muy religioso que acabó fraile. Esas cosas las hacen personas que sienten lo religioso de una manera muy profunda y que lo manifiestan cuando hacen sus grandes trabajos, aunque sea como en este caso, con unas modestas verduras. Ésa es la grandeza y el invento maravilloso del bodegón español. El bodegón español es un altar. Y cuando percibes eso, te quedas tranquilo. El sentimiento religioso nunca se va perder, pero no hace falta darle un nombre. Que sea Alá, o Cristo, o Buda, nunca se acabará. No es verdad que esa gente que dice que no es religiosa, no lo sea, porque lo religioso está ligado a la forma en que cada uno siente las cosas y, en algunos momentos de la vida, se siente esa resonancia que se ha sentido siempre y que ha dado pie a que se creasen los dioses, cuando era posible crearlos. Ahora es realmente muy difícil hacerlo. Y los antiguos, tenemos que apañarnos con lo que hay, ¡qué le vamos a hacer! Aunque creo que los dioses tampoco son tan necesarios. A mi entender, lo verdaderamente importante es ese sentimiento primigeneo que sentimos todos, que nunca se va a acabar y que trasladamos, por ejemplo, al amor por la naturaleza y por muchas otras cosas. Esa forma de religión han debido vivirla los seres humanos con frecuencia en toda su historia, incluso, cuando todavía no existían dioses concretos, pero el Hombre estaba traspasado por ese sentimiento que ponía en el Sol, en la lumbre, en las cosas que verdaderamente le fascinaban y que le hablaban y conectaban con el misterio.
—¿La avalancha de información con que se bombardea al ciudadano, puede llegar a no dejarle centrarse y pensar en profundidad en las cosas realmente importantes?
—El ciudadano piensa, pero no en lo que tiene que pensar. No se puede dejar de pensar, pero se está obligando a la ciudadanía a resolver lo que no tiene importancia, mientras que las cosas verdaderamente básicas para todos, para el Pueblo y para los amos, que deberían ser resueltas, se quedan ahí y, al final, acabaremos perdiendo todos, también los manipuladores... Esto no es bueno para nadie, pero ahí estamos.
—Pero, ¿no somos en parte responsables dejándonos llevar por esa corriente?
—No hay nada que hacer pero no pasa nada, porque el Hombre no hace ninguna falta y, cuando nos vayamos, la Tierra va a descansar. Los ríos volverían a estar limpísimos, los bosques estarían donde deben estar, todo volvería al orden maravilloso, al orden natural. Sin embargo nosotros, sí necesitamos a la Tierra y ahí está la estupidez de esta sociedad.
—¿Le alarma la destrucción de nuestro entorno?
—No sé si lo estamos destruyendo pero lo que sí estamos haciendo es manipularlo. Y es que el Hombre tiene un tipo de inteligencia muy manipuladora.
—Decía que los temas primordiales no se abordan como sería deseable. Los países más desfavorecidos están inmersos en una crisis alimentaria, mientras que los países del G 8 son cada vez más cicateros a la hora de prestarles ayuda, ¿qué opina al respecto?
—Aquí hay dos aspectos: por un lado, la prepotencia del Hombre que, estos momentos es tremenda porque tiene una capacidad verdaderamente apabullante de resolver las cosas técnicamente bien o mal, lo que le permite hacer lo que quiera y por otro, el mundo de la economía o del capital, como se quiera llamar, que de momento es el que nos gobierna. No es cuestión de que se reúnan o no y de que den ayudas. La realidad es que las cosas no se están haciendo bien y a ello estamos colaborando todos; por unos motivos o por otros, nadie está pensando seriamente en resolverlo. Hay quien sí piensa en ello seriamente y actúan con muchísima generosidad dando parte de su vida para resolver la injusticia, pero como se trata de la injusticia, unida al error y a la fuerza devastadora que ahora mismo tiene el Hombre, la solución es un galimatías. Nunca el Hombre en el camino del error ha tenido tanta fuerza como ahora. Son unos 20 años de error más o menos consciente, porque se sabe perfectamente lo que está pasando, pero como a la Sociedad no le dan la palabra... Tal vez habría que preguntarse, quién está hablando por todos.
—72 años fulgurantes y sigue viva en usted esa curiosidad del niño que fue y su capacidad de asombro ¿Esta actitud vital le ayuda a vivir más intensamente?
—(Se ríe antes de responder) Pero eso no depende de nuestra voluntad, es una cuestión de energía. La depresión es tremenda, porque rompe lo que une a la vida. Quien entra en depresión, rompe las conexiones con la vida, aunque naturalmente se pueden restaurar. Y si no se padece depresión, aunque se tengan muchos años –antes de proseguir, vuelve a reír como un niño pícaro- el asombro es permanente. Sin depresión, no puede faltar la curiosidad, aunque yo la llamaría de otra forma porque el término curiosidad me parece de poca hondura y con muchas connotaciones que no son bonitas.
—Y ¿cómo la llamaría?
—No sé, ese término tiene muchos matices... rescatemos la palabra curiosidad de ese espacio miserable para darle otra dimensión. ¿Cómo expresarlo? Digamos que la gama alta de la curiosidad hace que te sientas en la vida, es el motor, lo hondo, lo que hace que cada día te levantes y vivas. •
|