9 5 F 5 abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 799

1/9/2008

Aquí y en Pekín: pragmatismo universal

Por José Antonio Pérez Tapias*

EI pasado 20 de agosto, ante los fallecidos en el accidente aéreo de Barajas se deshilachaba el nacionalismo deportivo alentado por las medallas obtenidas por destacados deportistas españoles. La catástrofe relativizaba todo. No obstante, aun con sentimientos tan dolorosos, se retomó el hilo de los Juegos Olímpicos de Pekín, tragándonos que nuestros deportistas no pudieran llevar brazalete de luto, que se vetara un minuto de silencio o que la bandera de España no ondeara a media asta. Se adujo que en las Olimpiadas no se puede hacer ostentación de posiciones ideológicas, políticas o religiosas. El pragmatismo del COI amparó una interesada confusión. Nuestro dolor no era ni ideológico, ni político ni confesional. Era, sencillamente, humano, pero en las Olimpiadas pesan más otras cosas, a pesar de la humanidad de sus protagonistas o, a veces, contra ella.

Los hechos confirman que ante un acontecimiento mundial como unas Olimpiadas las vidas de los individuos son asunto menor. ¿Extraña eso? Cuando hace años se eligió Pekín como sede olímpica se condicionó a que se produjeran avances respecto a derechos humanos —¡de los individuos!—. Supongamos que tal condición se vio acompañada desde la sociedad china por demandas de reconocimiento simbólico de las víctimas de la represión, como aquel estudiante que, armado de dignidad, detuvo a los tanques que entraban en la plaza de Tiananmen para acabar con la primavera democratiza-dora de 1989. Si respecto a esa hipótesis nada se ha visto y tampoco respecto a verificación de logros en cuanto a derechos, ¿debieron celebrarse entonces los Juegos? La decisión se tomó a sabiendas de que ellostendrían lugar independientemente de esas variables ético-políticas. Con el precedente de Seúl 88 se nutría la esperanza de que su dinámica impulsara un proceso, aunque lento, de democratización, apelando a que los chinos también han de poder hacer pausadamente su transición.

Con todo, en 2008, por mucho que desde el Tíbet se plantearan legítimas reivindicaciones, ¿quién iba a negar a China sus Juegos Olímpicos? ¿Quién iba, de verdad, a boicotear una inauguración que a la postre sería además esplendorosa, también como recordatorio de lo que Marx llamaba "modo de producción asiático"? ¿Quién iba a utilizar la plataforma de competiciones retransmitidas a millones de espectadores para defender derechos de presos políticos o de condenados a muerte? Desde luego, no Estado alguno de país cuyos deportistas fueran a participar. Es más, a éstos, desde el COI y por los debidos conductos, se les dijo que nada de meterse en política —¡qué mal suena esa consigna de apoliticismo!—. China, la mayor potencia emergente, tiene un protagonismo indiscutible en un mundo globalizado. Hay que contar con ella y nadie quiere verse descontado de la lista de países interesantes para un gigante de 1.500 mi-lIones de consumidores. ¿Cómo estropear buenos negociós con quejas sobre derechos humanos? Declaraciones como las del presidente Bush al aterrizar en Pekín para la ceremonia inaugural, con su déficit de legitimidad por venir de quien sostiene Guantánamo, no eran creíbles.

¿Y qué iba a hacer España, aun habiendo propuesto una moratoria internacional respecto ala pena capital? Transitar por la vía pragmática de la realpolitik. En presencia de Hu Jintao no íbamos a olvidar a Deng Xiaoping, quien en los ochenta, dejada atrás la Larga Marcha maoísta, estaba ya en otra orientada por el principio de que no es relevante que el gato sea blanco o negro, pues lo que importa es que cace ratones. Expresaba la ideología de la "reforma" hacia una economía flexible y productiva, y de la "apertura" al mundo como gran mercado, a la vez que se decía que los derechos humanos eran "invento de Occidente". Y los occidentales aquí estamos, imbuidos de pragmatismo, pero con mala conciencia, frente al pragmatismo cínico de un partido comunista dedicado a promover un capitalismo autoritario. Paradojas de la historia. Pero puestos a seguir siendo pragmáticos, no hay por qué empeñarse en hacer de la necesidad virtud; a veces no se puede. Mejor será romper brecha entre una ingenuidad que hasta puede ser arrogante y un cinismo siempre descarado. Y hablando del pragmatismo como ideología queda pedir disculpas a representantes del pragmatismo filosófico como Dewey o Rorty, aunque sintiendo que no hayan convencido de que su pensamiento no venía como anillo al dedo del capitalismo. •

*Diputado del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso

Hemeroteca Esta semana