Nº 799
1/9/2008

Inquieto regreso a una crisis muy rara

El frenazo de la economía española es ya innegable, incluso para Zapatero. El presidente ha hecho notar que en un contexto europeo de estancamiento la economía española no podía comportarse de otra forma; se consuela en que las economías vecinales decrecen mientras que la nuestra crece un poquito. En efecto, la economía española ha crecido en el segundo trimestre ligeramente por encima del cero cuando las de las potencias europeas han retrocedido. Sin embargo, el efecto frenazo ha sido aquí más brusco porque partíamos de una velocidad más alta. Sacar pecho por una décima arriba o abajo  es penoso cuando la inversión cae por primera vez en doce años y, según reconoce David Vegara, secretario de Estado de Economía, es improbable que se recupere a corto; la inversión de hoy es el crecimiento de la producción y de los puestos de trabajo de mañana. Tampoco es para sacar pecho la inflación a pesar del leve alivio de agosto.

El círculo virtuoso que generaba consumo, inversión y empleo se ha trocado en círculo vicioso definido por destrucción de empleo, consumo decreciente e inversión aplazada. Este fenómeno circular como el de la sucesión de ciclos es bien conocido pero la naturaleza de esta crisis no tiene precedentes. Trasladando el juicio que hiciera José Ortega y Gasset referido al “ser español” a algo tan grosero como la economía: "No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa".

Nos fuimos de vacaciones con una difusa aprensión ante lo que nos esperaba y volvemos al tajo temiendo lo peor y rezando para que lo que tenga que venir pase rápido. Poco importa, creo yo, apretarse el cinturón si uno conserva el empleo, pero justamente eso, la conservación del empleo es el problema.

Lo de apretarse el cinturón que ha sido invocado tanto por el Gobierno como por la oposición es la primera paradoja. ¿No hemos quedado en que el problema es el descenso del consumo? Si es así consumir sería lo patriótico y la austeridad un atentado.  Paradójico es que cuando el Gobierno apenas tiene más herramienta que el presupuesto la doctrina predominante, tanto del Gobierno como de la oposición, sea reducirlo; se supone que debería hacer lo contrario: un presupuesto anticíclico, dentro de un orden. En lugar de acelerar las obras públicas tal como había anunciado Zapatero paliando así la caída de la edificación de viviendas, llevamos unos meses de parálisis de las licitaciones. Magdalena Álvarez produce planes pero llega Solbes y manda parar desde la mística del cinturón.

Es ésta una crisis muy rarita que algunos llaman sistémica, ajeno al esquema bíblico de la sucesión de vacas gordas y flacas, dialéctica previsible pero de duración indefinida entre la indigestión y la purga. Lo sistémico suplanta a la dialéctica cíclica o la remite a un segundo plano al ser de naturaleza religiosa: la pérdida de la fe en el sistema. Entramos en el reino de la desconfianza, de la falta de crédito, que no es exactamente falta de liquidez pero sí sequía. La crisis empezó en las hipotecas USA y sigue instalada en el mundo financiero, en las entidades de crédito, banca y cajas de ahorros, tras contaminar la economía real. Si esto es así, el fenómeno más inmediato no será de chimeneas, sino de ventanillas. El mundo de los negocios está a la expectativa de si quiebra el primer banco del mundo. Hoy, a diferencia de lo que ocurrió en la crisis del 29, es impensable que un gran banco quiebre ni siquiera en los muy liberales Estados Unidos de Bush, pero si éste tuviera que intervenir la entidad en que pensamos, como hiciera con el Indy-Mac de California o como procediera el Reino Unido nacionalizando el Northern Rock, entraríamos en una deriva imprevisible.

¿Qué puede hacer Zapatero ante esta situación? Mucho me temo que poco. En la Santísima Dualidad que hemos vivido integrada por Miguel Sebastián en Moncloa y Solbes en la calle de Alcalá, podía temerse que el presidente se encandilara con cualquier genialidad. Sin embargo, dinamitada la Oficina Económica del Presidente se rompió la dualidad en pugna pues Sebastián, aunque sea ahora miembro del Gobierno, ha decidido prudentemente no interferir en el territorio de Solbes en espera de sucederle a mitad de la legislatura. El vicepresidente es ahora quien manda y éste es incompatible con la adopción de medidas, por lo que esperará a ver que pasa: si es con barba San Antón y si no la Purísima Concepción. Semejante inacción, que Pizarro denominó en su día quietismo en recuerdo de su paisano Miguel de Molinos, condenado por la Santa Inquisición en el siglo XVII, puede desesperar a algunos pero al menos les tranquiliza la seguridad de que Solbes, al no hacer nada, tampoco cometerá tonterías, lo que no es poca cosa.  Por cierto, que el quietismo de Molinos, señor Pizarro, no era inacción, sino un iluminismo lascivo en el que nunca caerá el vicepresidente.

José García Abad


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