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| Nº 798 - 28 de julio de 2008 |
La europa de Mihail Sebastian Por José María Ridao Los cuatro autores rumanos –Mircea Eliade, Ciorán, Eugen Ionesco y Mihail Sebastian, seudónimo de Iosif Hechter– que forman parte por derecho propio de la historia de la literatura europea ilustran, mejor que cualquier otro grupo en cualquier otro país, las insuficiencias con las que se ha relatado el siglo XX. Discípulos de un filósofo hoy en gran parte olvidado, Nae Ionescu, y amigos en sus inicios, su suerte personal y la de sus respectivas obras quedó marcada por los acontecimientos que vivió Rumanía desde que triunfa el nazismo en Alemania y el continente se precipita, primero en España y luego en Checoslovaquia, en la guerra generalizada de 1940. Pocos autores advirtieron, como Albert Camus, Robert Antelme o Stig Dagerman, las consecuencias que acarrearía considerar el nazismo como una criatura ideológica derivada de la historia y la cultura alemanas, de las que constituiría algo así como una consecuencia inevitable. Camus en sus Cartas a un amigo alemán, Antelme en ¿Venganza? o La especie humana, y Stig Dagerman en Otoño alemán alertaron del peligro de conceder un triunfo póstumo al nazismo si, terminada la guerra, se aplicaba a los alemanes un estigma simétrico al que Hitler impuso a quienes consideraba razas y pueblos inferiores. El argumento al que recurren Camus, Antelme y Dagerman es que las primeras víctimas del nazismo fueron los propios alemanes: demócratas, liberales, socialistas, comunistas, además de personas no catalogadas en virtud del credo político, como los homosexuales, inauguraron esos ámbitos penitenciarios que la propia ley entregaba a la arbitrariedad del Gobierno y que desembocarían en los campos de exterminio. Estos no irrumpieron de manera súbita en el arsenal represivo del nazismo, sino que fueron configurándose de manera paulatina, como una implacable evolución de campos establecidos, primero, para delincuentes, después, para opositores y, finalmente, para personas a las que se castigaba, no por lo que hacían, sino sencillamente por lo que eran. Si su único delito consistía en existir, la lógica monstruosa del sistema llevaba a que, en efecto, la única pena fuera el exterminio. En este trayecto hacia la barbarie, recuerdan Camus, Antelme y Dagerman, quedaron muchos alemanes que, con independencia de su número –no tan limitado, en cualquier caso, como se suele repetir–, desmintieron con su sufrimiento y con su muerte la ecuación que pretendía hacer de Alemania y el nazismo la misma cosa. Pero este argumento conducía, además, a otro corolario, que Camus, Antelme y Dagerman no evocaron y que el relato de la historia europea sigue en gran medida sin extraer: si el nazismo no era una ideología exclusiva de Alemania, si no era una fatalidad inevitable de su historia y su cultura, grupos políticos de otros países pudieron adoptarla e, incluso, llevarla a la práctica desde posiciones de gobierno. Francia ha tardado medio siglo en reconocer que la colaboración no fue sólo una respuesta de urgencia al arrollador empuje de las tropas hitlerianas, sino también una ideología que buscaba restablecer los valores tradicionales anteriores a la Revolución de 1789, una especie de contrarrevolución nacionalista en la que, por ejemplo, el antisemitismo ocupaba un lugar destacado. En España, por su parte, el apoyo de Hitler a la rebelión militar contra la República, así como la posterior aplicación de las teorías raciales a la propia historia, la adaptación del ritual y del discurso político del nazismo o el envío de una división a luchar junto a los alemanes en la Unión Soviética, una vez asentada la dictadura, se siguen tomando con frecuencia como hechos aislados y no como manifestaciones de una inicial fascinación de Franco y sus generales por los principios del nazismo, sólo corregida e, incluso, disimulada tras el desenlace de la guerra mundial. La adscripción del gobierno de Antonescu a esta misma causa, aplicando desde el gobierno rumano medidas inspiradas en las que Hitler practicó en Alemania, quedó en gran parte borrada por el posterior destino trágico del país, incorporado a la órbita soviética desde 1945 y sometido a la dictadura de Ceaucescu. La brutalidad del comunismo rumano ocultó en gran medida la del nazismo anterior, justo cuando Eliade, Ciorán, Ionesco y Sebastian comenzaban su carrera literaria en Bucarest. Y esta ocultación, esta sustitución de los horrores de una dictadura por otra, determinaría, por su parte, la recepción de la obra de los cuatro escritores rumanos en el resto de Europa. Siguiendo los pasos de su maestro, Nae Ionescu, Eliade y Ciorán confraternizarán con la organización rumana de inspiración nazi, la Legión de Hierro, distanciándose de Ionesco y Sebastian. Elíade llegó a disfrutar, incluso, de un puesto diplomático en la legación de su país en Lisboa, aproximándose a la nomenclatura dirigente rumana. Tras la derrota de Alemania, ambos se exilian en París, rehacen sus vidas y son los primeros de los cuatro discípulos de Nae Ionescu que obtienen un cierto reconocimiento en Europa, por lo demás, merecido: Elíade por su formidable erudición y Ciorán por la originalidad de su filosofía aforística y desesperada. Ambos, sin embargo, silencian su pasado evitando referencias comprometedoras, ni siquiera para abjurar de él. Con los años, Elíade llegará, incluso, a escribir unas extensas memorias en las que los episodios de la Legión de Hierro y de su estancia en Lisboa parecen no ir con él; tampoco su inexplicable desinterés por la suerte de Sebastian bajo la dictadura rumana. Ciorán continúa publicando colecciones de aforismos desgarradores. El exilio en París es compartido por Eugen Ionesco, que asiste a la progresiva consagración de sus antiguos amigos sorprendido de que, al parecer, el pasado en el que habían tomado parte no afectase a sus respectivas carreras. El propio Ionesco daría cuenta de su incomprensión ante el mundo posterior a la guerra mundial en una conferencia pronunciada diez años después del estreno de La cantante calva, la obra que lo consagraría como dramaturgo. Frente a la crítica que había querido ver en esta pieza una crítica de la vaciedad en la que se desenvuelve la vida burguesa, Ionesco explicó que, en realidad, se trataba de restablecer las verdades elementales. Si había tomado los manuales de aprendizaje de idiomas como modelo para los diálogos era, sencillamente, porque bajo su apariencia estereotipada restablecían el orden del mundo, recordando que lo que está arriba está arriba, y lo que está abajo, abajo. Mientras que el público de Europa occidental consideró que La cantante calva era un ejemplo consumado del teatro del absurdo, Ionesco la concibió como una sátira, lo mismo que otra de sus creaciones más famosas, Rinoceros, en la que los habitantes de una ciudad se van convirtiendo poco a poco en este animal. Leídas con las claves suministradas por Ionesco es difícil no advertir, todavía hoy, la amargura por la suerte de su país y, por descontado, el desencanto hacia sus viejos camaradas Elíade y Ciorán, convertidos en figuras de prestigio intelectual tras haber condescendido con el nazismo. Sebastian fue el único de los cuatro discípulos de Nae Ionescu que no terminó sus días en París. Desde 1934, fecha en la que publica Desde hace dos mil años, una reflexión sobre la condición de judío en Rumanía, es objeto de una creciente persecución. Sebastian había solicitado a su maestro un prólogo para la obra, y éste aceptó el encargo. Pero las páginas que entrega Nae Ionescu son, en realidad, un durísimo alegato contra los judíos, que Sebastian, después de muchas dudas, decide incluir en la edición. Será atacado desde todos los ángulos: los antisemitas por el texto de Desde hace dos mil años y quienes les combaten por haber incluido el prólogo de Nae Ionescu. A partir de ese momento, Sebastian, como judío, tendrá prohibido publicar, utilizar el transporte público, trabajar en un alto número de profesiones o, incluso, poseer una radio. La única esperanza que le queda es una intervención a su favor de su viejo amigo Eliade. Pero Eliade evita cualquier contacto con él durante el tiempo que pasa en Bucarest, rehuyendo sus llamadas y sus intentos de acordar una cita. Sólo Eugen Ionesco sigue visitando a Sebastian para convencerle de que, como él, intente huir al extranjero, sin conseguirlo. La publicación en España durante los últimos años de algunas obras de Mihail Sebastian, como sus Diarios (1935-1944), además de novelas como Mujeres o La ciudad de las acacias no sólo permiten acceder a uno de los grandes escritores rumanos del siglo XX, sino también completar el contexto en el que crearon Eliade, Ciorán y Eugen Ionesco, los restantes componentes de un grupo de escritores rumanos que forma parte por derecho propio de la historia literaria europea. En realidad, es la obra de Sebastian la que permite leer de otra manera la de sus remotos condiscípulos, ayudando a desvelar sus silencios, a interpretar sus sátiras y puede que hasta reconocer alguna de las fuentes secretas en las que bebía uno de los más invencibles pesimistas del siglo XX. Pero, al mismo tiempo, la obra de Sebastian invita a completar la visión del pasado de Europa, completando el argumento de Camus, Antelme y Dagerman: el nazismo no fue un producto necesario de la historia y la cultura alemanas, sino una ideología monstruosa que contó con seguidores en otros países, algunos en relevantes posiciones de gobierno. Mihail Sebastian moriría en Bucarest el 29 de mayo de 1945, arrollado por un vehículo militar soviético. |
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