El 'evangelio del mercado'
Primero enterraron de forma precipitada a Karl Marx y cerraron su tumba a cal y canto. Después, hicieron lo propio con John Maynard Keynes. La fiebre del neoliberalismo –de la mano de Ronald Reagan, de Margaret Thatcher y de economistas como Milton Friedman y sus Chicago boys, ardientes fundamentalistas del libre mercado– se expandió con extraordinaria potencia de tiro en los 80 y 90 del siglo XX. Y en esas seguimos, ahora acuciados además por una crisis galopante, que viene a confirmar –entre otras cosas– la enorme endeblez de la economía liberal.
Llegó en aquel tiempo, coronado por la caída del Muro de Berlín y el desplome de los regímenes comunistas o del llamado socialismo real, la oleada imparable de las privatizaciones, se incrementó hasta el paroxismo la crítica perversa contra el intervencionismo del Estado en la economía, fue santificado el mercado como el mejor y más eficaz regulador de la economía y se instaló el desprecio por las ideologías de izquierdas que fueron consideradas caducas. Esto lo sintetizó José María Aznar con su desgarrada dialéctica de palo y tentetieso al referirse, durante los días anteriores a la guerra de Iraq, a "esos progres trasnochados que ladran su rencor por las esquinas".
Joseph Stiglitz, premio Nobel del año 2001, describió con exactitud la irrupción del neoliberalismo rampante, en un artículo publicado en The New Republic, en abril de 2000: "Desde el final de la Guerra Fría, ha sido enorme el poder acumulado por los elegidos para llevar el evangelio del mercado a los lugares más recónditos del globo. Estos economistas, burócratas y funcionarios actúan en nombre de EE UU y de los demás países industrializados y, a pesar de ello, hablan un idioma que pocos ciudadanos entienden y que pocos diseñadores de políticas sepreocupan por traducir. La política económica es hoy quizás la parte más importante de la interacción de EE UU con el resto del mundo. Sin embargo, la cultura de la política económica internacional de la democracia más poderosa del mundo no es democrática".
¿Debería ser democrática la economía en cualquier país democrático? Por supuesto, pero el poder económico –decisivo en el día a día de los ciudadanos– no es democrático. Está lejos de serlo. Lo manejan las elites de los grandes negocios, los profesionales de los envidiables pelotazos y, desde luego, participan en él gran número de cuatreros o de aventureros, algunos de ellos –vinculados con el mundo del ladrillo– son analizados en esta edición de EL SIGLO.
No sólo no responde el poder económico a la lógica democrática, sino que al haberse ido bloqueando cada vez más la capacidad de los Gobiernos democráticos para intervenir y fiscalizar el ámbito de la economía –según la doctrina básica que conforma el "evangelio del mercado" al que alude Stiglitz–, se hace difícil por no decir imposible que los gobernantes puedan moldear, en función del interés general, la marcha de la economía. El hecho de que, por otra parte, nos hallemos en la era de la globalización, acentúa más la impotencia real de los Gobiernos de cada nación o Estado.
Es urgente, pues, una ofensiva de cuantos piensan que otro modelo económico es no sólo posible, sino absolutamente necesario. El comunismo fracasó. La socialdemocracia está debilitada. Pero eso no quiere decir que no haya que reinventar y renovar aspectos muy positivos del pensamiento marxista y socialdemócrata para que la economía esté algún día al servicio de todos los seres humanos. Urge una economía democrática. O sea, una economía humana. •
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