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Nº 798 - 28 de julio de 2008

HA NACIDO LA UNIÓN POR EL MEDITERRÁNEO

EI pasado 13 de julio 43 jefes de Estado o de Gobierno participaron en el nacimiento oficial de la Unión por el Mediterráneo (UPM) en París. Si se hubiesen cumplido los planes iniciales de Sarkozy, sólo habrían sido cinco de la ribera Norte y cinco de la del Sur. Pero la insistencia de la canciller Merkel para que participasen todos los Estados de la Unión Europea ha convertido el proyecto francés en una prolongación del Proceso de Barcelona lanzado en 1995. Alemania ha querido evitar así el fraccionamiento de la política exterior europea en áreas propias de influencia de los grandes países ("para mí el Sur, para ti el Este").

Pero Sarkozy ha hecho de la necesidad virtud y aprovechado la ocasión de la gran fiesta de París para mostrar la voluntad francesa de jugar un papel en la solución del conflicto de Oriente Próximo y la potencialidad de una política exterior de la UE.
Mas allá de las apariencias y de la escenografía, henos pues en París re-fundando Barcelona-95. Pero la completa ausencia en la declaración final de París de cualquier referencia a la democracia y los derechos humanos marca ya una diferencia de enfoque importante con respecto a ese proceso cuyos objetivos y resultados merecen recordarse, ahora que olvidamos esa denominación de origen.

Como explica muy bien Georges Corm en Le Monde Diplomatique, desde 1991, con la primera guerra del golfo y la desaparición de la URSS, los EE UU se convierten en el árbitro de los conflictos mediterráneos y la UE se repliega en los temas de cooperación económica, control de las migraciones, liberalización de los intercambios y el dialogo político-cultural.

Esos objetivos son los que estructuran el Proceso de Barcelona que nace al calor del encuentro de Madrid para la paz entre Israel y Palestina y los acuerdos de Oslo. El fracaso de esos acuerdos ha influido mucho en los resultados del Proceso de Barcelona que, aunque escasos con respecto a sus ambiciones iniciales, no deben minusvalorarse.

Pero la ampliación al Este absorbió las energías políticas y los recursos financieros de la UE mucho más que el Mediterráneo. Las inversiones europeas en un solo país, Polonia, en un solo año, han sido mayores que en todo el Mediterráneo sur desde 1995. Aun así, los resultados económicos son mayores y mejores que los políticos. Estos han sido sólo significativos en el caso de Turquía, como consecuencia de las perspectivas de adhesión más que del proceso euro-mediterráneo en sí.
Diez años después, en 2005, la UE lanza su "política de vecindad" que engloba los países del Mediterráneo, del Caúcaso y de la frontera Este. La seguridad, el control de las fronteras y los problemas migratorios toman eneste contexto más amplio una importancia mayor a la vez que desdibujan un partenariado euromediterráneo encallado en el conflicto Israel-Palestina.

Y cuatro años después de esta "política de vecindad" surge la iniciativa francesa que desemboca en una UPM que debiera particularizar y relanzar de nuevo la relación de los europeos con sus vecinos del Sur y rescatar la ambición de Barcelona-95.
Esperemos que así sea y olvidemos que sus intenciones iniciales fueran otras. Esperemos que los fuegos artificiales de la noche de julio en París no sean el humo de paja de una iniciativa que tendrá que empezar resolviendo las querellas internas de cada ribera y los conflictos institucionales-burocráticos con la Comisión Europea. Su éxito se medirá en la capacidad de dinamizar las economías del Sur, víctimas de sus bloqueos internos y de sus dependencias externas, que en los últimos 15 años no han convergido sino divergido de las del Norte.

Así, una iniciativa de Francia, destinada a conseguir para ese país un papel preponderante en el espacio geopolítico del Mediterráneo-Oriente Próximo, a buscar un posible marco distinto de la adhesión para Turquía y a contrapesar la importancia de una Alemania convertida en el centro de Europa, puede dar una nueva oportunidad a la UE de afrontar el reto del Mediterráneo.

Hay muchas razones para el escepticismo que la prensa europea y africana han descrito ampliamente. La puesta en escena de París en fiestas sólo habrá valido la pena si la UPM se convierte en el marco de un programa serio de convergencia de las dos riberas del Mediterráneo. •


José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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