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Nº 797 - 21 de julio de 2008


Bergamín: “Para no darle a mis huesos tierra española

 

Por Mauro Armiño

Había, en los años 20 ó 30 del siglo pasado, una colección titulada “Clásicos olvidados”: divisa equivocada, porque no son olvidados, sino despreciados. La cultura del país hace verdadera el verso del poeta según el cual España “desprecia cuanto ignora”. Un despreciado cumple ahora los 25 años de su propia muerte, José Bergamín, hombre difícil, siempre contradictorio, ejemplo de cómo la inteligencia puede terminar entre nosotros, por hache o por be, en el cubo de la basura. La Fundación Banco Santander ha editado como homenaje Claro y difícil, una antología preparada por Andrés que se une a otros rescates de la colección: los de Samuel Ros, Antonio Espina, Ramón Gaya, Mauricio Bacarisse, Giménez Caballero, Dieste, Jarnés…

Nombres de escritores que fueron parte pensante y activa de las ideas y la cultura de la España del siglo XX. Y ahí entra Bergamín con sus claridades y sus confusiones, español hasta la médula si hacemos caso del tópico que tacha de españolidad esencial a los que más reniegan de España. Fue peregrino en todo y en todo confuso, desde que a principios de los años 20 empieza a publicar tímidamente hasta ser un miembro más de la generación del 27.

En ese período de agitación con la dictadura de Primo de Rivera y la llegada de la República, Bergamín reinterpreta clásicos en sus libros, defiende el arte del toreo desde posiciones poéticas y escribe aforismos: El cohete y la estrella, su primer libro (1923) La cabeza a pájaros, etc. Ahí aparecen ya los mentores estilísticos de Bergamín: un despreciado, el jesuita Gracián, a quien quizá leyó como ningún otro escritor del siglo XX; y a su lado Cervantes, Quevedo, Lope, Calderón, que andan detrás de su poesía y de su prosa apuntalándolas. Con el final de la dictadura de Primo de Rivera y la llegada de la República, Bergamín no participa demasiado directamente en la lucha política, empeñado como estaba en su revista, mítica del período, Cruz y Raya. En 1930, por ejemplo, una conspiración cívico-militar de corte liberal conservador en la que participaba su padre le comisionó para visitar y sondear al general Franco en Zaragoza, obteniendo del falaz militar “la promesa de que estaría siempre con la legalidad, tanto si ésta era republicana como si al día siguiente la legalidad se volvía bolchevique” (sintetiza Trapiello).

De los clásicos al vitriolo. La sublevación de Franco puso a Bergamín en marcha: con Largo Caballero en el Ministerio de Trabajo fue, durante breve tiempo, director general de Seguros (!); pero no tarda en radicalizarse cuando preside la Alianza de Intelectuales Antifascistas: consigue entonces celebrar en Madrid, Valencia y Barcelona, en 1937, el Congreso internacional de Escritores; y multiplica entonces sus intervenciones públicas, colabora en El Mono Azul, revista de combate literario, donde Bergamín mostró una radical vena satírica: “Asumió una posición estridente, –según su amigo Manuel Azcárate–. En una situación como aquélla, en lugar de ser un hombre que aprovecha su influencia en actitud de reposo, calma y contención, es al contrario, un hombre que exalta. Pepe estuvo en una posición extrema que le valió muchas indignaciones, incluso de gentes de izquierda”. Pero Bergamín no se limitó a burlarse de los sublevados; en El Mono azul, revista que dependía de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, apareció una sección, “A paseo”, incluyendo nombres merecedores del asesinato, entre los que no dejaban de figurar maestros suyos como Unamuno, o amigos como Sánchez Mazas.

En nombre de la República viaja por Europa y América recabando apoyos para la causa; él fue quien pidió oficialmente a Picasso un cuadro que recordase el bombardeo alemán sobre Guernica. Fascinado por el poder en tiempos revueltos en que la sangre corría a veces por decisiones políticas –no ofrece dudas, según Trapiello, la intervención de Bergamín en el asesinato de Andreu Nin y la liquidación del POUM–, con la otra mano dirigía la mejor revista de la época: Hora de España.

Parece difícil compaginar en ese período lo que defendió Bergamín: un catolicismo militante y ferviente por un lado, y un ideario comunista que no duda en elogiar “al gran escucha Stalin”. Pero la guerra estaba perdida, y en el exilio mexicano compartiría la presidencia de la Junta de Defensa para la Cultura española, de la que salió otra revista clave: España peregrina, y, poco después, la editorial Séneca, donde se publicaron las obras imposibles de editar en España: García Lorca, Alberti, Luis Cernuda o Vallejo. Pero el asiento le duró poco: inicia entonces el peregrinaje de un inadaptado que pasa por Caracas, Montevideo, Chile, y termina sintiéndose asfixiado por América: “Apurar, como se dice, hasta las heces, el fracaso total de mi vida (de padre, de escritor, de español, etc., hasta de creyente) es cosa que creo que debo hacer en Europa; y, si puedo, en España. Prefiero –les digo y repitos pocos amigos de estos mundos– ser encerrado vivo que desterrado muerto”.

Exilios y retornos. Intentó el difícil y espinoso regreso desde París: lo permitió Franco en Consejo de Ministros en 1958; le ayudaron algunos a vivir de artículos; que trataban de Cervantes o de Larra, pero también abordaban asuntos políticos; otros le ponían la soga al cuello: un artículo de Luca de Tena en ABC, “una miserable e inaceptable” –los calificativos son de Trapiello– “Contestación a Pepito Bergamín”, preparó la rama para la soga del ahorcado: y cuando en 1963 firmó la carta de los 101 dálmatas –en que ese número de intelectuales denunciaba torturas a mineros asturianos– el hoy demócrata Fraga Iribarne dio la orden expresa de expulsión.

Tras seis años en París, con 75 años, vuelve en 1970 a Madrid, con la esperanza de que, a la muerte del dictador, se instaure la Tercera República: al margen de la real politik de la Transición, Bergamín ataca a diestro y a siniestro: todo el espectro político del momento, desde la monarquía hasta el partido comunista, sufre su vitriolo en artículos que le permiten vivir, pero que van menguando, sobre todo cuando su apoyo periodístico, Sábado Gráfico, rechaza sus colaboraciones. Ya no tenía en “donde caerme muerto”, y su radicalización le lleva a una última pirueta; tras el golpe del 23-F de 1981, no ve más solución para España que “otra guerra civil, las cosas estarían más claras”; y, sumido en la indigencia, “me voy de España”, y se instala en 1982 en Euskadi, donde sus posiciones radicales de apoyo a Herri Batasuna aparecen en la prensa independentista (Egin) y le permiten vivir de la pluma. Le quedaba poco: al año siguiente moría y era enterrado en Hondarribia con el féretro envuelto en una ikurriña.

Curioso peregrinaje, algo enloquecido, y tan quijotesco que lleva a Bergamín a ser lo que no quería, si atendemos al tópico del español que no quiere serlo. Como Blanco White, aunque sin la coherencia de éste. Con el diablo en el cuerpo, Bergamín alcanza un extremismo político y vital que no se compadece con la mayor parte de su obra, esos análisis serenos de los clásicos, ese pensar minucioso y conceptista que no tiene ejemplo en todo el siglo XX; demasiado paradójico y demasiado acendrado en los clásicos para ser leído, hoy que se lee a Ruiz Zafón o Rosa Montero en el metro como si fueran grandes escritores –eso quieren indicar las editoriales con sus millonarias tiradas–, o más sencillamente, como si fueran escritores.

Andrés Trapiello conoce casi como nadie la época y la figura de Bergamín, pero la selección de sus textos es demasiado ecléctica: un manojo de interesantes poemas –no es un gran poeta–, aforismos y artículos sobre clásicos: Cervantes, Lope, Galdós, digresiones sutiles sobre el toreo o el flamenco, etc. Demasiado aséptico para este personaje capaz de escribir con dos manos: el vitriolo en una y el análisis de los viejos textos castellanos en una prosa que para mí tengo como una de las mejores y más acendradas de su siglo. No se han recogido textos que resultan claves claves, como La importancia del demonio, Antes de ayer y pasado mañana, y un largo etcétera, en el que deberían tener cabida, para dar la medida exacta de Bergamín, sus artículos de política o de furibunda rabia y equivocado desespero ante la situación española del día: es decir, toda esa parte de demonismo que le llevó del espíritu republicano ya agresivo de sus artículos en El Mono Azul (“El romance del mulo Mola”, etc.) a la drástica decisión del “exilio” vasco y la defensa del tiro en la nuca como arma política. La imagen de este escritor excelente, de inteligencia exquisita y rara para nuestros pagos, pero que, desarraigado peregrino de España, fue dando tumbos hasta terminar con este epitafio: “no quisiera morirme aquí y ahora / para no darle a mis huesos tierra española”.

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