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Nº 797 - 21 de julio de 2008

Imágenes de la "batalla cultural" de la Guerra Fría


DIPLOMACIA AMERICANA A RITMO DE JAZZ

La institución Meridian International Center muestra con más de 100 fotografías la labor diplomática que desarrollaron numerosas estrellas del jazz entre mediados de los años 50 y finales de los 70. Leyendas de la música como Louis Armstrong, Duke Ellington o Benny Goodman viajaron por decenas de países en un esfuerzo del gobierno norteamericano por conquistar las mentes de un mundo que se debatía entre el modelo comunista y el capitalista.

Por Eloy Parra (Washington)

Corría el año 1956 y en las calles de Karachi, en Pakistán, el trompetista y compositor norteamericano Dizzy Gillespie, luciendo un turbante para la ocasión y rodeado del público local, lograba con su música que una serpiente asomase la cabeza desde su cesto de mimbre. El gran Gillespie estaba –por extraño que suene– haciendo horas extra en la misión diplomática que le había encomendado el Departamento de Estado de Estados Unidos. Al poner en marcha un plan urgente de diplomacia cultural, la administración de Eisenhower buscaba la manera de mostrar al mundo, mediante la magia del jazz, los encantos del American way of life y contrarrestar así los aplausos que medio planeta ya dedicaba a los bailarines y músicos de la Unión Soviética.

En esta lucha por ganarse la admiración de otras naciones –por diseminar en el extranjero el soft power, poder de atracción o poder blando que toda potencia aspira a alcanzar en su cortejo al mundo– los estadounidenses enviaron durante más de dos décadas a cientos de músicos de jazz a países de África, Oriente Medio, Asia, Latinoamérica, Europa del Este y a la misma URSS.

En el primer viaje de este programa se encontraba un joven de 22 años llamado Quincy iones; hoy, y desde hace tiempo, consagrado productor musical. Además de Pakistán, iones acompañó a Gillespie a Irán, Siria y Yugoslavia. "El viaje entero fue una
aventura", recuerda en la introducción del libro de la exposición, "no sabíamos dónde nos estábamos metiendo, ni el Departamento de Estado tampoco. Fue algo nuevo para todos". La misión fue considerada un éxito y convenció a Eisenhower y a sus hombres de la necesidad de continuar con la idea.

Ésta, no obstante, llegaba en tiempos de cambios profundos para la sociedad norteamericana. Si en el tablero de juego que componía el planeta Estados Unidos libraba un pulso con los soviéticos por imponer sus intereses, en casa la situación no era precisamente de calma, ya que el movimiento por la igualdad racial entre blancos y negros, liderado por Martin Luther King, cogía fuerza en la mitad sur del país. El deseo del Gobierno por mostrar fuera la cara más libre y amable del país chocaba con los disturbios protagonizados entre las fuerzas del orden y los miles de manifestantes negros que exigían en las calles el fin del racismo institucionalizado.

Teniendo en cuenta el color de piel de la gran mayoría de los músicos de jazz, era cuestión de tiempo que surgieran desavenencias entre el Gobierno y los artistas que habrían de representar al país en el extranjero. Y así fue, pues en 1957 Louis Armstrong, cuya gira por la Unión Soviética se estaba detallando, canceló su participación en protesta por los actos de segregación racial ocurridos en un colegio de Arkansas, unos hechos que habían contado con el respaldo de las autoridades locales. Tres años más tarde, y en vista de los aún tímidos progresos conseguidos por el movimiento de derechos civiles, "Satchmo" voló al continente africano y deleitó con su trompeta los oídos de egipcios, congoleños y senegaleses, entre otros.
Musicalmente, las giras demostraron ser una fuente de inspiración para los propios artistas, cuyos estilos se vieron influidos al entrar en contacto con ritmos asiáticos y africanos. Tal fue el caso de Dave Brubeck, cuyo paso por India lo llevó a componer la pieza "Calcutta Blues", donde se pueden distinguir ritmos lejanos y novedosos en su repertorio. Más tarde, su travesía por Turquía daría pie a un tema –"The Golden Horn", en referencia al puente sobre el Bósforo que une la orilla occidental y oriental de Estambul–en el que Brubeck trató de evocar la fusión de Europa y Asia combinando melodías turcas con occidentales. Algo parecido le ocurrió a Duke Ellington, quien en su álbum Far East Suite introdujo sonidos que reflejaban las influencias de sus viajes por oriente.

Hasta la cocina soviética Al observar a Benny Goodman, "el rey del swing", tocar el clarinete en la Plaza Roja de Moscú en 1962 –sólo unos meses después de la crisis de los misiles– una pregunta resuena con especial fuerza para el visitante a la exposición. ¿Cómo es posible que en plena Guerra Fría embajadores culturales como Goodman lograsen llevar su música hasta el mismísimo epicentro del enemigo comunista?

En un país donde el jazz llegó a estar prohibido por ser considerado una forma artística decadente, los motivos para aceptar la entrada de Goodman fueron principalmente dos, según Penny Von Eschen, encargada de la muestra y profesora de Historia en la Universidad de Michigan. "Uno fue que Goodman no era negro, un hecho importante, ya que invitar a un americano de color habría amenazado el mensaje tan difundido por los soviéticos de que Estados Unidos era un estado que discriminaba a sus ciudadanos negros. Recibir en la URSS a un embajador cultural de color habría dejado en entredicho este mensaje. Por otro lado, era un músico de repertorio clásico, aparte de tocar jazz", características que convertían a Goodman en un embajador aceptable para los hombres de Nikita Kruschev.

Años más tarde el tono de piel de los músicos embajadores dejaría de inquietar a los dirigentes rusos, como quedó demostrado con la visita de Duke Ellington en 1971. Su paso por la URSS llegaba poco después del anuncio de la visita de Richard Nixon, que marcaría una nueva fase, menos tensa, en las relaciones entre ambas potencias. En su recorrido por cinco ciudades del país, Ellington y su orquesta llenaron salas y, según las crónicas, provocaron el éxtasis de sus seguidores. En el viaje abundaron los encuentros subrepticios entre músicos y personal del departamento de Estado americano, que compartían gusto por los clubes nocturnos y que, dicen, perfeccionaron juntos el arte de escapar por las ventanas y dar esquinazo a la policía rusa. Este recuerdo casi novelesco de aquellos días sirve para retratar lo que el crítico de jazz Leonard Feather ha descrito como "el mayor golpe en la historia de la diplomacia cultural". La exposición muestra una carta de puño y letra del propio Nixon, donde agradece personalmente a Ellington su excelente labor como embajador del país, una tarea que el compositor y pianista de la capital estadounidense continuaría hasta pocos meses antes de su muerte en 1974.

Sólo cuatro años más tarde, el programa de diplomacia musical perdería fuerza y sería sustituido por una versión menos ambiciosa y de menor presupuesto. Las razones de esta muerte lenta del programa se debieron "a las críticas de los conservadores en el Congreso", explica la profesora Von Eschen, "que no querían que el Gobierno gastase dinero en cultura y, concretamente, en música jazz." Los recortes fueron in crescendo durante los años 60 y 70 debido al alto coste de la guerra de Vietnam, "y a la falta de convicción, muy extendida en esos años", señala Von Eschen, "de que el país tuviera que seguir liderando el mundo libre". Este breve periodo de austeridad en casa y de aspiraciones rebajadas en el exterior de la historia estadounidense –las mismas que definieron la presidencia de Jimmy Carter– acabaría en los años 80 con las renovadas ambiciones de Ronald Reagan de hacer notar la presencia USA en patios ajenos.

La muestra, que dejará Washington a finales de julio para ser vista en otras ciudades del país, es un pretexto –en absoluto fruto de la casualidad– para invitar al visitante a imaginar qué medidas introducirá el Gobierno entrante en 2009 en materia de política exterior. Tanto McCain como Obama, cada uno a su manera, coinciden en que el país necesita reestablecer su atractivo, su poder blando tan venido a menos durante los últimos años y su liderazgo en el concierto internacional. No estaría de más que el futuro presidente, republicano o demócrata, recuperase algunos acordes de jazz para tan laboriosa tarea. •

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