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Nº
797 -21 de julio de 2008 |
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De un artículo de Lucía Méndez sobre Fernando Martín
Uno de los escasos oasis con que gratamente tropiezo, de cuando en cuando, leyendo en mi repaso matutino la prensa escrita, también denominada de papel, es encontrar dentro del diario El Mundo, la columna que firma Lucía Méndez. Creo haberla visto en alguna ocasión participando en un programa matinal de TVE y recuerdo vagamente que sus opiniones acostumbraban a ser bastante más matizadas, y a mi juicio, más sensatas que las de otros periodistas de ese periódico, asimismo participantes en las tertulias de las teles o de las emisoras de radio. También recuerdo, después de haber desempolvado mi desbordado archivo, donde guardo como puedo recortes y más recortes amarillentos, que esta compañera, que podría ser mi nieta, a juzgar por la foto que acompaña sus artículos, ocupó un alto cargo, al lado de Miguel Ángel Rodríguez, en la Secretaría de Estado de Comunicación, durante los primeros tiempos del Gobierno presidido por José María Aznar. Ello no obsta en absoluto que deba reconocer que sus puntos de vista, al menos en la actualidad, y a partir de la llegada a La Moncloa de José Luis Rodríguez Zapatero, no sean radicalmente dispares, tanto en la forma como en el fondo de casi todas las argumentaciones de Méndez y del llamado coloquialmente MAR, que es como se le conoce en la profesión, según me han informado colegas míos mucho más jóvenes. Fue particularmente estimulante leer a Méndez, el miércoles 16 de julio, acerca del descalabro monumental de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa. Su retrato del dueño de este holding del ladrillo fue muy revelador: “En Trigueros del Valle, un pueblo de 300 habitantes de Valladolid, Fernando Martín es muy famoso y la gente le llama El Chato. De la nada, logró un fortunón. Todo gracias a que es un tío muy echao p´adelante, un hombre capaz de asumir riesgos, tan valiente como para comprar el solar más caro de España en el Paseo de la Castellana, tan atrevido como para colarse en los actos de sociedad y palmear amigablemente la espalda del vicepresidente del Gobierno, tan osado como para asumir la Presidencia del Real Madrid en compañía de su familia, como si fuera la Familia Real. Hay que ver dónde ha llegado El Chato, decían en Trigueros del Valle”. Tras compararlo con El Pocero, pero con toque más “refinado”, pues es licenciado en Químicas, y señalar sus antecedentes políticos en UCD, Lucía Méndez se va adentrando en la cuestión de fondo de este asunto. La periodista transforma su reflexión en una arenga y pone el dedo en la llaga de lo que está pasando. Al menos en la llaga de lo que pretenden el constructor multimillonario y su corte celestial: la inmunidad total. Acusa Méndez con dureza: “Martinsa ha perjudicado a miles de españoles que le compraron una casa y ahora no saben lo que tienen, ha puesto patas para arriba al sector, ha producido el derrumbe de la Bolsa, ha llevado al paro a cientos o a miles de trabajadores, ha sembrado la alarma y la inquietud. Pero el Consejo de Administración de la empresa habla como si el desastre inmobiliario fuera producto del cambio climático y no de la gestión de sus directivos. Fernando Martín tampoco ha pedido disculpas ni ha asumido ninguna responsabilidad en público. Nadie le mira mal por la calle y encima pide al Gobierno que le ayude. Lo cual es una obscenidad tan grande como vender un piso por 2,5 millones de euros. Que se sepa, él sigue siendo multimillonario. Su fortuna se estima en más de 600 millones de euros. Con ese dinero puede empezar a pagar las deudas, y después hablamos”. Es ésta, pienso yo modestamente, una visión certera de los últimos acontecimientos económicos. Lo fácil es culpar al Gobierno de la crisis subrayando sólo sus errores. Eso es lo fácil, lo cómodo y lo demagógico. No voy a eludir, de ninguna manera, la responsabilidad que tenga o pueda tener el Ejecutivo. Pero va siendo hora de que la opinión pública tenga en cuenta, muy en cuenta, la arrogancia de los poderosos, de ciertos grandes empresarios, que nos han hecho creer que esto era jauja y que cualquiera podía enriquecerse hasta extremos inverosímiles simplemente por la vía del trabajo serio y aparentemente bien hecho. Fernando Martín no es víctima de la situación, sino es uno de sus mayores responsables, amparado además por un sistema crediticio que hace aguas por todas partes y permite que se extienda por doquier la sombra de la sospecha. No es el único Martín. En el punto de mira del naufragio aparecen, según los datos divulgados por el aludido periódico, empresas como Metrovacesa, con deudas superiores en cerca de 2.000 millones de euros a las de Martinsa-Fadesa; Colonial, que arrastra una deuda de 8.973 millones de euros, cuyos propietarios son los propios bancos acreedores; Reyal Urbis, con un endeudamiento de 6.045 millones y, entre otras, Sacyr, 19.000 millones de deuda, después de su machada de adquirir el 20 por ciento de Repsol. Nombres como los de Román Sanahuja, Rafael Santamaría o Luis del Rivero pueden ser los próximos magnates en gravísimos apuros. Digámoslo de otra forma: esos magnates están situando a este país y a sus habitantes en gravísimos apuros. ¡Que se sepa! l Luis G. del Cañuelo |
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