La cabra y las Azores
Empate técnico entre PP y PSOE. Pero todavía más relevante es que Mariano Rajoy supere —por primera vez en el ranking de los políticos favoritos— a José Luis Rodríguez Zapatero. Estos datos, que fueron divulgados el otro día por la cadena SER, han conmocionado los mentideros de la Villa y Corte.
Rajoy parece estar en racha. Apostó por su continuidad, plantó cara a la rebelión interna —encabezada por el tridente que componen Esperanza Aguirre, Federico Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez— y demostró que podía derrotar a los amotinados. Dejó Rajoy de ser maricomplejines y se transmutó en sagaz estratega.
Lo ha conseguido. Su exhibición de autoridad y de resistencia frente a la adversidad lo han encumbrado —al menos momentáneamente— con inusitada fuerza. Paradoja máxima: la crisis interna no sólo no le ha perjudicado, sino que lo ha fortalecido.
Habría que puntualizar además que la operación de acoso y derribo, impulsada contra él por la prensa más afín a la derecha —como El Mundo y la COPE, sobre todo—, ha acabado favoreciéndolo. Mucha gente incluso lo ha compadecido. No debe de ser tan mediocre como dicen, si resulta que lo atacan especialistas en tenebrosas conspiraciones y en peligrosas maniobras de castigo.
Se ha producido desde la noche del 9 de marzo un caso singular. En la medida que el proyecto de Rajoy avanzaba, tratando de que el PP se escorase hacia posiciones de derecha civilizada, amplios sectores de la ciudadanía contemplaban el espectáculo con evidentes muestras de relajamiento.
Por lo demás, la lamentable actuación de José María Aznar en el Congreso de Valencia —escenificando a las bravas que él no compartía las decisiones de su sucesor— fue sin duda el mejor regalo quele podía llegar. Fue Aznar quien ubicó en el centro a Rajoy. ¡Menudo favor le hizo el abrupto ex presidente del Gobierno!
En la batalla entre el marianismo y el esperancismo aznarista, la mayoría de los medios ubicados en la izquierda, el centroizquierda o el centroderecha no contaminado por la doctrina neocon han apoyado más a Rajoy que a sus críticos.
Este fenómeno no es tan extraño como, a primera vista, pudiera dar la impresión. Conviene, al respecto —y como significativo ejemplo— rememorar las últimas palabras que, en público, en el transcurso de la junta general de accionistas del Grupo Prisa, en 2007, pronunció Jesús Polanco, cuando faltaba muy poco para su defunción. Ante el asombro de algunos, Polanco pronunció una diatriba contra el Partido Popular —al que describió nada menos que como guerracivilista-, al tiempo que manifestaba su deseo de que en España hubiera una derecha moderada, laica y dialogante.
El Grupo Prisa está cumpliendo con lo que podría decirse que fue la última voluntad de su emblemático presidente durante décadas. En el litigio entre aquellos que encarnan una derecha radical —derecha extrema— y los que optan por la moderación, es lógico que quienes han reivindicado para este país la existencia de un partido conservador más pragmático que ultramontano, acojan la iniciativa de Rajoy con cierta simpatía.
El giro de Rajoy se ha hecho acreedor al beneficio de la duda, aunque el oportunismo se ha situado en este proceso por encima de cualquier otra consideración. En todo caso, Rajoy ha de acreditar en la práctica que su viraje va en serio. La memoria más reciente señala todo lo contrario. También Aznar jugó a centrista y acabó confirmando que la cabra siempre tira al monte. O a las Azores, para ser más exactos.•
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