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Nº 795
7/7/2008

Cuenta atrÁs en Zimbabue

En Zimbabue las cosas se están presentando tal y como se temía desde las elecciones del 29 de marzo, con esos resultados desfavorables para Robert Mugabe que ni mucho menos ha admitido. Se ha negado a reconocerlos, ha forzado una segunda vuelta electoral de carácter plebiscitario para verse de nuevo como presidente, y entre una y otra votacion ha sembrado el país de cadáveres y acentuado su ruina. Difícil es garantizar que el país esté ya maduro para la expulsión de Robert Mugabe. Lleva unos ocho años destruyéndolo y hasta que esa feliz coyuntura aparezca, sí se puede afirmar que el principal peligro para el desgraciado país africano no está en el expansionismo neocolonialista, la intervención militar o humanitaria, sino en el abandono puro y duro por parte de Occidente. A la desgracia de haber sido explotado se añade entonces la desgracia todavía mayor de no ser explotable en absoluto, de carecer de interés para el mundo exterior, incluso para los países vecinos. Lo que amenaza a Zimbabue no es la invasión del pulpo capitalista, sino su falta de atención, la posibilidad de quedar fuera de los circuitos mundiales del dinero, la información y la cultura.

Circuitos en los que participaba de manera muy activa, como receptor de turistas y destacado exportador agrícola, por ejemplo, por la alta calidad de su población trabajadora y de los servicios médicos, de la educación e informativos. Todo ello se ha derrumbado, la tragedia de Zimbabue es la mayor nunca ocurrida a un país que no ha padecido una guerra, siendo peor que ésta la locura y la rapiña de Robert Mugabe y los suyos, capaces de bajar casi hasta ce-ro todos los indicadores económicos y sociales del que era uno de los países más prósperos de África. Quizás ha llegado el momento de asumir las palabras de Tucídides, "vuestra hostilidad nos perjudica menos que vuestra amistad", con la esperanza de que por los vecinos se organice la solidaridad activa con Zimbabue y contra Robert Mugabe que hasta ahora apenas se había manifestado. Una identificación mal entendida con esa mitología que aún se mantiene del anticolonialismo y la revolución, la confianza residual en un revolucionario anciano que se ha vuelto loco, corrupto y despiadado, han servido de nuevo para negar la evidencia, para que Sudáfrica y China, en especial, hagan sus negocios, prolongando los sufrimientos del país y contribuyendo a que su proceso de transición política sea todo un calvario nacional.

Al menos podría esperarse que la experiencia Robert Mugabe pusiera fin a toda esa constelación de mitos y coartadas que durante tiempo ha servido a indeseables para la justificación del latrocinio, la tropelía y el mal gobierno, así como, con el consentimiento de Occidente, en alivio para su penitencia y su masoquismo. Por los siglos de los siglos parece que las naciones occidentales estarían dipuestas a autocastigarse para sobrellevar los efectos de sus malignas intervenciones coloniales. Quiere esto decir que la espúrea condescendencia hacia éste y otros dictadores que quedan en modo alguno ha servido para ayudar a sus pueblos respectivos, ni para dar por buenas sus acciones, siendo ellos los principales responsables, y no Occidente, de los males que ocasionan a sus gentes. Como ocurre en el caso de Birmania-Myanmar, lasculpas por la permanencia de la dictadura más bien se deben a intereses egoístas de las naciones vecinas y de ciertas naciones emergentes, con una especie de real politik cutre practicada por parientes ávidos en despojar al país víctima y en beneficiarse de los que gobiernan sin control. No se dilucida, por tanto, la complicidad de Occidente, sino la repetición décadas después de sus peores actuaciones por parte de otros actores.

Pero tambien la experiencia Robet Mugabe en Zimbabue, como ha podio ocurrir en la reciente experiencia de Kenia, por desgracia, ha mostrado los límites en las posibilidades de intervención internacional, humanitaria y militar, ante dictadores que se dicen asistidos por Dios y están dispuestos con la ayuda divina a seguir matando y destruyendo, si es que de esta manera pueden continuar en la poltrona. Innecesario enumerar los casos, dentro y fuera de África, en que verdaderamente las manos internacionales están muy atadas, en que ni las Naciones Unidas, ni la Unión Europea, la Unidad Africana, la Alianza Atlántica, etc., ni las grandes potencias, pueden hacer gran cosa, excepto sancionar, declarar y recomendar, todo ello con un alcance más bien limitado, para no causar males mayores y porque existen apoyos regionales y simpatías de otras naciones emergentes sin prejuicios neocolonialistas o humanitarios. De esta manera, las naciones víctimas se ven sumidas en un proceso de deterioro y podredumbre de alcance y duración indeterminadas, muy díficil de interrumpir y dar la vuelta, en que la salida se entorpece de manera progresiva y la violencia se instala permanentemente.

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