Del cántaro ‘popular’ y la fuente de los milagros centristas
Dijo Javier Arenas, el lunes 23 de junio, en declaraciones
en el diario El País: “Espero que rememos todos en la misma dirección”. Hace
tantos años que está en la política que ha hecho en el PP de todo. O de casi
todo. Ha remado en una dirección y en la contraria a la vez. Por su innata
simpatía llegó a ser sucesor de José Solís Ruiz, aquel ministro franquista de
los Sindicatos Verticales y secretario general del Movimiento inamovible, muy
conocido como la sonrisa del Régimen en los años sesenta, que fueron tiempos de
desarrollo económico y, no lo olvidemos, del patriótico gol de Marcelino a la
URSS. Arenas sonríe también mucho y reparte por doquier besos y abrazos. Fue
ministro de Trabajo con Aznar en La Moncloa, pasó a ser secretario general del
PP de un día para otro y continúa siendo candidato perpetuo a la presidencia de
la Junta de Andalucía.
En esa entrevista, tuvo palabras de elogio para tirios y
troyanos. “Todos tenemos hacia Aznar, sentenció solemnemente, muchísima
admiración y respeto y sigue siendo un referente. Lo que ha hecho este congreso
(el de Valencia) es profundizar más que nunca en el centro reformista que puso
él encima de la mesa, reafirmarnos en los principios, sabiendo que hay que
buscar estrategias ganadoras, porque las elecciones generales ya no se ganan
con 10 millones de votos; hacen falta 12”. En fin, una maravilla. Fue Aznar,
nos recuerda Arenas, quien puso encima de la mesa el tan cacareado “centrismo
reformista”, pero el político andaluz elude decir que, una vez puesto el
centrismo encima de la mesa, Aznar se dedicó a mover el tablero hasta echar el
centro al cubo de la basura o a la papelera, que es más fino.
Dúctil siempre, Arenas no advirtió apenas “diferencias
entre el discurso de Aznar y el de Rajoy”. En la mencionada entrevista, subrayó
este artista de la política florentina, incluida la daga, y si no que se lo
pregunten a su ex amigo y sucesor en el Ministerio de Trabajo, Manuel Pimentel,
al que dejó caer sin apoyar su recta actitud como ministro en un asunto tan
delicado y básico como el de la inmigración: “He visto diferencias en las
formas de expresarlo, también en los matices, pero en el fondo de la cuestión
de lo que son los principios que inspiran los dos discursos, hay similitud”. He
aquí, en boca de Arenas, un reconocimiento explícito de que en el PP sólo ha
habido, después de la tormenta, más de lo mismo, aunque en ciertos platos el
menú se servirá ahora con algún sabor distinto.
Eufórico después del congreso, Arenas traspasó la línea roja
de la prudencia al contestar a la siguiente pregunta: “¿Fue correcta la
estrategia del PP en la pasada legislatura sobre el 11-M?” Se explayó Arenas:
“Creo que muchos españoles exigían que se aclarara todo, pero me parece que es
positivo que nos centremos en las cuestiones que más le preocupan a los
españoles, sin perjuicio de que nunca nos recuperaremos de esa tragedia
monumental que tanto nos ha afectado política y humanamente”. Se encendieron
determinadas luces rojas en Génova y en FAES. Sonaron aún más irritadas las
voces de los paladines de la teoría de la conspiración, las voces de Losantos y
Ramírez. Se sintió Arenas en el punto de mira de la fusilería que desde su
partido manejaron durante cuatro años Acebes y Zaplana y desde los micrófonos
episcopales y el periódico mundial hicieron lo propio los ya citados
periodistas.
De manera que Arenas hizo una nota en la que dijo digo donde
había dicho Diego y éste fue uno de los primeros síntomas que una cosa era
presumir, como hacía Rajoy en su campaña de reelección, de que el PP es un
partido autónomo de periódicos y radios y otra la triste realidad de sus
complicidades durante muchos años. Quiso librarse Arenas del fuego purificador
al que lo iban a enviar los inquisidores. Su reacción fue humanamente
comprensible, pero políticamente más bien deleznable. Como María Dolores de
Cospedal, flamante secretaria general de los populares; se enteró de lo que iba
la vaina y cuando acudió a la COPE no dudó en enhebrar un discursito al
respecto del 11-M que le mereció complacencias y felicitaciones del equipo
conspirador habitual.
Vamos a ver, vamos a ver, cuánto le dura a Rajoy su
compromiso con el centrismo y con la independencia en relación a medios de
comunicación y otros poderes fácticos, como la jerarquía católica. Ha ido
tantas veces el cántaro popular a la fuente de los milagros centristas que al
final no hay que descartar que el cántaro pueda romperse. ¿Cuestión de tiempo?
¿Cuestión de urnas? Lo dicho: habrá que verlo.
Luis G. del Cañuelo |