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Nº 795 - 7 de julio de 2008

EL CLUB DE LA MISERIA

Después de la descolonización y desde los años 60, un grupo de 57 países de bajos ingresos, en su mayoría africanos y con cerca de mil millones de habitantes en total, no han aprovechado el crecimiento de la economía mundial, la famosa globalización.

Se han convertido en lo que P. Collier, director del Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Oxford, llama el club de la miseria, frente a los "1.000 millones de afortunados" del "mundo occidental". Entre estos dos grupos, un segmento intermedio formado por 4.000 millones de personas, básicamente en China y el Sureste Asiático, ha conseguido prosperar, cierto que de forma desigual, pero superando todas las previsiones.

Por ello, la distancia entre los "1.000 millones de abajo" y el terrícola medio ha aumentado de uno a cinco.

¿Por qué esto es así? ¿De quien es la responsabilidad? ¿Del pasado colonial, de la explotación de sus recursos por el hombre blanco, o de su propia incapacidad para crear instituciones políticas necesarias para el desarrollo económico y social?

Sus males, las causas y los responsables son varios y algunos endémicos. Los conflictos armados (guerras civiles, golpes de Estado y conflictos fronterizos), el mal uso de los recursos naturales (que muchas veces constituyen una fuente adicional de problemas, entre ellos la corrupción, originando lo que se llama la maldición del petróleo), la situación geográfica y sobre todo el mal gobierno (gobiernos que dilapidan los recursos naturales y la ayuda al desarrollo).

Entre éstas, la causa más importante, la más extendida y la mas difícil de resolver, es el mal gobierno, la falta de instituciones políticas que organicen la vida social y garanticen derechos humanos y de propiedad. Zimbabue es el ejemplo de cómo se puede destruir un país y hundirlo en la miseria más absoluta bajo una dictadura. Pero hay otros muchos de distinta intensidad. Argelia, o el Congo no consiguen la estabilidad política a pesar de sus dotaciones inmensas en petróleo y minerales.

Pero hacer un listado de causas es siempre más fácil que encontrar soluciones .Y hay que reconocer que en muchos casos la ayuda al desarrollo no las ha aportado porque es de naturaleza homeopática, dispersa y descoordinada.

Para combatir la pobreza extrema es necesario actuar al estilo del Plan Marshall. La ayuda al desarrollo es un componente importante, pero no suficiente. Debe ser complementada con comercio, seguridad y gobernanza.

El comercio requiere diversificar exportaciones, desarrollo de la agri- cultura a gran escala y, en el caso de África, organización de federaciones regionales. Pero no nos engañemos creyendo que trade not aid es la solución para todo y para todos. Varios países subsaharianos no tienen hoy nada que exportar en un mercado abierto y competitivo y por eso hay que graduar adecuadamente las preferencias comerciales de los países de la OCDE.

Es imprescindible aumentar la seguridad. Sin desarrollo no habrá paz pero sin ella no habrá desarrollo. Y para salir de situaciones de post-conflicto son necesarias operaciones de mantenimiento de la paz prolongadas.

En algunos casos el mejor favor que se podría hacer a esos países serían intervenciones militares, puntuales pero decididas. La guerra civil de Darfur o la del Congo se arrastrarán durante decenios sin una intervención exterior. Pero el coste y el riesgo de esas misiones para el mundo desarrollado que las podría impulsar y financiar, las hace muy improbables.

La disponibilidad de recursos naturales no se ha traducido en crecimiento económico de los países del club de la miseria a causa de su mala gobernanza económica. Aprovechar el actual boom de las materias primas es el principal reto para los "1.000 millones de abajo".Y eso no se hará sin gobiernos fuertes y responsables que capten parte de esos ingresos y los inviertan en infraestructuras y bienes públicos.

La comunidad internacional puede promover estándares internacionales de buena gobernanza, evitando caer en el neocolonialismo. Por ejemplo, el proceso Kimberly, que fue diseñado para intentar garantizar a los clientes que no estaban financiando guerra ni abusos de los derechos humanos con la compra de diamantes, ha dado lugar a una buena película que puede contribuir mucho a concienciar a los consumidores occidentales de los estragos del mal gobierno en África.

Y tengamos bien presente que, a medida que el mundo se integra socialmente, invertir las crecientes divergencias económicas entre los 1.000 millones más ricos y los "1.000 millones de abajo" se ha convertido en el gran reto de nuestra época. •

José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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