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Nº
794 -30 de junio de 2008 |
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De Rajoy, los cambios mediáticos y la lotería
Casimiro García-Abadillo, el número 2 del diario El Mundo, comentaba el pasado 23 de junio el Congreso del PP. Incluía en sus reflexiones la vertiente mediática que se otea después del triunfo, matizado pero triunfo a la postre, de Mariano Rajoy. Por una parte, se puede leer en el artículo de García-Abadillo una especie de autocrítica que resulta altamente significativa. Enumera los obstáculos y presiones “internas y externas” que han tratado de cruzarse en el camino de Rajoy a su reelección como líder del PP, y añade: “Por no hablar de la presión que hemos ejercido los que hemos criticado su gestión desde los medios”. Por otra parte, asegura que “Arriola, el ideólogo del cambio en el PP, está encantado de haberse conocido”. Lo que explica García-Abadillo así: “Las encuestas de dos medios tan distintos y distantes como El Mundo y la Cadena SER, en las que el PP aparecía empatado con el PSOE, demuestran, en su opinión, que la estrategia adoptada por Rajoy, siguiendo sus consejos, claro, ha sido la correcta”. Continúa el autor del artículo aludiendo a que según la doctrina arriolista, “hay que permanecer impasible ante las críticas de algunos medios (aquí todos citan a la COPE) porque, al final, esgrimen desde Génova, “nuestros votantes nos votan a nosotros”. ¡Qué gusto da ahora leer los editoriales de los que un día dijeron que el PP llevaba a este país de nuevo al enfrentamiento del 36! ¡Qué placer mirarse en esas páginas y comprobar que el verdadero rostro de Rajoy no es el de ese señor crispado y crispante decidido a ceder ante las presiones de la ultraderecha y que, por cierto, estuvo a punto de ganar las elecciones hace tres meses!” Este apartado último no deja de ser pintoresco. ¿El PP en verdad estuvo a punto de ganar las elecciones del 9-M, como apunta la mano derecha de Pedro J. Ramírez? Las únicas elecciones realmente ajustadas, agobiantes, a punto de ser ganadas por quien las encuestas de la época pronosticaban que iba a ser derrotado de forma espectacular, fueron las de marzo de 1996. Es decir, evoco las elecciones entre Felipe González y José María Aznar, que supusieron un susto monumental para el jefe entonces de la derecha. Menos de trescientos mil votos de diferencia y la imperiosa necesidad para Aznar de pactar con los nacionalistas. Sin Pujol, los canarios y Arzalluz, Aznar no habría llegado nunca a la Moncloa. Introduce de inmediato García-Abadillo unas gotas de morbo: “En el Gobierno están preocupados no tanto por el marchamo de legitimidad que está dando el Grupo Prisa a la reencarnación moderada de Rajoy, como por la dureza con la que, desde ese sólido y granítico bloque mediático tradicionalmente aliado, se fustiga sin piedad a Zapatero (dicen). En los editoriales de El País se habla de crisis y no de desaceleración y en su portada se liga la corrupción de Estepona con la financiación ilegal del PSOE. ¿Qué pasa aquí? ¿El mundo al revés?”. Buenas las dos preguntas, Casimiro. Entiendo, sin embargo, que no hay respuestas ciertas. El proceso de desamor de Prisa no es de ahora, sino que viene de lejos, desde poco más tarde de la elección de José Luis Rodríguez Zapatero como secretario general del PSOE. Ese desamor se intensificó mucho más hace un año largo, más o menos dos, por razones vinculadas a lo que con acierto describiera González Márquez, en el funeral laico de Jesús de Polanco, como “el fuego amigo”. A Prisa le sentó muy mal la irrupción en el mercado de un periódico en teoría ubicado a la izquierda de El País, que es Público, y se enfadó aún más cuando se puso en marcha la televisión llamada La Sexta. Naturalmente, en Prisa están al corriente de que, al margen de los nombres y apellidos de los promotores y accionistas de Público y La Sexta, lo cierto ciertísimo es que se trata de un grupo zapaterista, obediente a los deseos del actual presidente del Gobierno a quien, entre otras causas, le irritaba sentirse ninguneado en ocasiones por los señoritos de Prisa; de modo que se acercaba, y sigue acercándose de cuando en cuando, a Ramírez y sus amigos. El mundo y (El Mundo) al revés, por descontado. La explicación de García-Abadillo es otra: “La actitud del Grupo Prisa (más vale decir, de Cebrián) tiene que ver con su debilidad financiera. La semana pasada Prisa prorrogó in extremis un crédito puente de 1.900 millones de euros con el que debe financiar la OPA sobre Sogecable. Los bancos han empezado a mirar al grupo mediático más sólido de España con lupa. Su deuda se eleva a casi 6.000 millones de euros. Eso, en un momento de subida de tipos y caída de la publicidad (que nos afecta, por supuesto, a todos)”. Precisa que Cebrián quiere vender la televisión de pago y se la quiere endosar a Telefónica. Y como Telefónica se resiste y reclama que baje el precio de la operación, fijada en 3.100 millones de euros, Cebrián cree “que eso forma parte de la venganza de Zapatero”. ¿Es Zapatero el que presiona a Alierta, nombrado por Aznar, para que no le haga ese favor a Prisa? Parece que sí. Miren por dónde a Rajoy parece que le haya tocado la lotería. Y parece también que a Zapatero se le haya terminado, al menos momentáneamente, su estado de gracia y de optimismo. Luis G. del Cañuelo |
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