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Nº 794 - 30 de junio de 2008
El congreso del PP

por Santiago Carrillo

No es posible negar que el congreso celebrado en Valencia por el PP ha sido un importante acontecimiento en la vida política de España. Podría ser el principio de la existencia de un partido conservador de tipo europeo; un partido que rompa con ciertas de las características tradicionales de las derechas españolas, como la supeditación a las posturas reaccionarias de la jerarquía católica; en definitiva, un partido que haya roto con el pasado franquista y deje de ser un bloque político de toda la derecha, con la pretensión de monopolizar eternamente el poder como si cumplieran así no sé qué mandato divino.

En ese congreso, Rajoy ha derrotado visiblemente a la extrema derecha de su partido, a lo que podríamos llamar aznarismo: Zaplana, Acebes, Esperanza Aguirre, Mayor Oreja, San Gil y los dirigentes más significativos de esta tendencia han quedado fuera de la dirección. Al día siguiente de las pasadas elecciones generales, a causa de lo que se llamó una derrota dulce, no parecía que la crisis en el PP pudiera ser tan seria y dar ocasión a un cambio así de dirección. Al contrario, la noche en que se conocieron los resultados quien apareció como el gran derrotado era Rajoy. Hasta ese momento él había sido quien lideró la campaña electoral y quien defendió la línea aznarista hasta el último momento. Rajoy fue quien llevó a su partido al aislamiento político, por mucho que intente culpar de ello a Rodríguez Zapatero.

Con este cambio, Rajoy ha demostrado ser un dirigente político con cintura y recursos. Les lleva varias tallas a los dirigentes fieles al aznarismo. Sin embargo, la facilidad con que ha cambiado sus posiciones de siempre, no habla sólo en su favor. También introduce dudas sobre la consistencia real de sus posiciones más demócratas de ahora. Y será difícil evitar que muchos juzguen su actitud de hoy como la astucia generalmente atribuida a los políticos gallegos, con aquello de "no se sabe si suben o bajan la escalera".

La verdad es que si Rajoy ha hecho serios cambios de personas, lo que puede ser significativo, no ha pronunciado ni una sola palabra de autocrítica, reconociendo solamente que lo que el PP hizo en la oposición podría haberse hecho mejor. Y el contenido general de su discurso de cierre del congreso fueron una serie de frases de condena al Gobierno, muy demagógicas, aprovechando la crisis como podía hacerlo cualquier policastro menos dotado, sin proponer una sola medidaconcreta para hacerla frente. Rajoy hubiera sido más creíble si hubiese reconocido que en la carestía de la vida —unos de los aspectos más dolorosos de la crisis— la causa estaba en los precios escandalosamente especulativos del petróleo y que este desbarajuste se debía a la guerra de Iraq, en la que él y su partido arrastraron a España a jugar un triste papel. Y quizá con esto se hubiera ahorrado también mentir sobre el papel de España en la política internacional, que él y su partido arrastraron por los suelos en aquel momento.

Aun con los cambios, el discurso de Rajoy tiene una chispa totalitaria que no nos gusta: la afirmación de que el PP es el partido que simboliza lo que todos los españoles desean. El PP, en el mejor de los casos, sigue representando a la derecha. España es muy diversa y en boca de Rajoy ciertas frases tienen resonancias que nos recuerdan al Movimiento Nacional.

Por lo demás, pese a los cambios, subsisten en las posiciones de Rajoy sobre algunos temas importantes —Euskadi, Cataluña, el sistema autonómico, el terrorismo— dosis de cerrazón importantes.

En fin, merece la pena observar cuidadosamente la acción del PP en adelante. Rajoy no puede extrañarse de que la opinión democrática no confíe demasiado en sus palabras, conociendo sus hechos hasta ayer. Porque lo que va a demandarle esa opinión son precisamente hechos, hechos que lleven a los españoles a dejar de pensar que cualquier cosa es mejor que un Gobierno del PP •

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