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| Nº 793 - 23 de junio de 2008 |
FÚTBOL PARA TODOS Por Mauro Armiño Durante el franquismo se decía que el fútbol era el opio del pueblo. ¿Qué es ahora, con horas y horas de televisión, páginas de periódicos y más páginas, programas de radio y más programas, y otras cosas que me dejo? En el pasado, según la frase del opio, el fútbol sería la causa y el culpable de que la gente, entretenida con el baloncito por aquí y el baloncito por alla, no meditara sobre la falta de libertad, la dictadura, y los restantes nubarrones del franquismo. ¿Sobre qué no medita esa gente, ahora que el tinglado se ha convertido, en su mayoría, en empresas con su dueño o junta de accionistas? Hay estos días en las televisiones –y fuera incluso, en espacios públicos alquiladas, como la plaza de Colón en Madrid– una cosa –negocio– llamado Copa de Europa, y la gente anda tan desatada a su alrededor que, supongo yo, a los psicólogos, si no a los psiquiatras, de la cultura de masas les resultará fácil analizar tales “desarreglos del corazón y del espíritu”. Convertido el fútbol en opio, se pueden oír perlas (léase salvajadas) a las que la razón no acompaña; desde el “sin fútbol no hay vida” que alguna vez le he oído a Manolo Lama (cadena SER), hasta la afirmación del ministro Rubalcaba –hombre, por lo demás, de lo más discreto y sensato para político– de que, entre socio del Real Madrid y socialista, prima lo primero sobre lo segundo. Quiero suponer que son hipérboles que la pasión les dicta; lo malo es hacer de la hipérbole y la exageración una realidad: más de una vez, cuando, por ejemplo, partidos Madrid-Barcelona han coincidido con sesión en el Congreso, sus señorías han puesto pies en polvorosa, no por el aburrimiento ingénito de temas y oradores, sino para no perderse el partido televisado. Pasión y tromboflebitis. Reprochárselo no serviría de nada; al fin y al cabo son políticos arrellanados en su sillón, con el televisor encendido, mirando fijamente una pantalla donde unos cuantos tíos en calzoncillos –que decían las abuelas– dan patadas a una pelota; inconscientes como son, no parecen tener en cuenta que de eso precisamente, del fútbol, murió el dictador: uno de los médicos de la agonía de Franco, el doctor Ramiro Rivera hizo público por fin hace unos meses, el pasado noviembre, el informe sobre el origen y desarrollo de la tromboflebitis que terminaría llevándoselo por delante: la tromboflebitis, según el doctor Rivera, “le dio por haber estado tanto tiempo sentado en ese sillón bajo, durante todo el fin de semana, viendo los partidos de fútbol del Campeonato del Mundo de ese año, el que ganó la selección alemana a la de Holanda en la final”. La pasión futbolera excita demasiado, es un estridente ruido mediático tras el que están los millones publicitarios, si no, en alguna ocasión, chanchullos de constructores. Al fin y al cabo es el revés lo que interesa, no esos hooligans o forofos desatados, según dicen, por los colores de una camiseta que llevan en la sangre; antes, cuando ese deporte empezó, podía entenderse algo, los del calzoncillo representaban a una comarca, a una tierra, a un país, pero ahora que los futbolistas cotizan en Bolsa y con ellos pasan ríos de millones de un país a otro, ¿qué se quiere decir con eso de los colores de la camiseta? Dejando a un lado el Athletic bilbaíno, que prefiere el RH positivo a la taquilla, el resto de equipos son un conglomerado de razas, nacionalidades y piernas de distinto tamaño y origen y de diferentes plusvalías. Tarea para el psiquiatra la explicación: ¿por qué creen los hooligans que ésos –primero los extranjeros, luego, incluso, los indígenas de aquí– son los suyos, algo suyo? El orgullo nacional parece estar en el envoltorio de un caramelo que les sabe dulce: “España tiene la mejor liga del mundo”; por lo menos puede asegurarse que los equipos españoles son los que más despilfarran del mundo: la pasada temporada se batió el récord de dinero en fichajes: más de 450 millones de euros, con el Real Madrid a la cabeza como el equipo europeo que más gastó: 118 millones. Detrás de esos euros no hay –no puede haberlas salvo paso por el consultorio médico– esencias, ni tierras, ni países, sino cuentas de resultados, pérdidas y beneficios, en la que influye poderosamente la connivencia de prensa y publicidad: ambas van conformando, mediante sus masajes en vista y oídos, al paciente merecedor de psiquiatra. Y los periodistas de ese gremio parecen haber estudiado una asignatura que no figura en los programas de la escuela de periodismo: la de mezclar información sesgada con publicidad interesada de la casa. No es sólo que, convertidos en espectáculo los de televisión, griten vociferen y se desgañiten hasta quedarse sin voz cuando España o su equipo marca un gol; ni que sus entrevistas con esos héroes de la hierba sean siempre las mismas, porque los futbolistas responden siempre lo mismo: “Hay que ir paso a paso, partido a partido, respeto al contrario, etc.”; hecha una entrevista, hechas todas, porque es pura lengua de palo lo único para lo que el caletre de los jugadores da; ni es tampoco su elección de opinantes: cada vez que abre la boca un tal Camacho para comentar una jugada pega patadas a la lengua y al sentido común; es el homo del terciario, cuando la generación del noventayocho describía este país como un secarral en el que sólo crecían el hambre y la falta de cultura. No es sólo... muchas cosas más; pero lo que a mí más sorprende es la forma en que asumen que han de hacer la publicidad de la casa: independientes como son, los radiofonistas, por ejemplo, no dudan en anunciar en qué televisión se proyecta un partido… siempre que sea la de la casa; si no, aunque otras pantallas la den, callan. O, cuando está acabándose el partido –y también a lo largo de todo él–, recuerdan el programa que viene a continuación ponderando, cómo no, su interés, calidad y otras virtudes que, naturalmente, son falsas. En menos de cien años, aquel pastor de majadas, españolito medio de los noventayochos, aunque todavía luche con eso del leer y escribir, se ha convertido en un cosmopolita de internacionales vuelos; puede discutir de nombres de los cinco continentes; el alero del Memphis o el pívot de los Lakers le son más familiares que la vecina del quinto; Televisión Española, organismo sin embargo público, también colabora al cosmopolitismo y regala los sábados por la tarde, durante la temporada, uno o dos partidos de la liga inglesa, que vaya a saber usted por qué le importa al pastorcico; la Cuatro y Canal Plus se encargan de completar ese cosmpolitismo con más partidos ingleses, noticias de Argentina, etc.; y las televisiones que se quedan fuera del reparto de Liga o Copa, aprovechan partidos sueltos de beneficencia para países subdesarrollados con figuras o viejas figuras del balompié. Es más, los hooligans se hermanan con el mundo, porque en Japón o en Senegal lo primero que dicen los nativos del hambre y la injusticia o los refinados turistas nipones en cuanto ven a un español es el nombre de algún jugador del Madrid o Barcelona. ¡Qué alegría de hermandad universal para el turista que oye a un mocoso de Zambia o al civilizado y rico japonés saludarle al grito de “Ronaldinho”, “Raúl”… Figuras singulares –Gasol, Alonso, Ballesteros, Orantes y no sé quien más en ciclismo, motociclismo, tenis, etc.–, son adoptadas como hijos en las familias los domingos, y parecen salvar el “honor” español para el españolito que se levanta y grita, si no lanza cohetes, cuando ve ganar desde el sofá a uno de ésos o a su equipo; así se ha conseguido en dos o tres décadas que en las majadas se discutan esos nombres con la misma familiaridad con que en Amanece que no es poco se habla de Faulkner. Deporte cultural. Como ahora todo es cultura, y adjudican ese nombre al vino, al pepino, al fútbol o a la chirla, hasta novelistas y poetas han terciado en el asunto: con Franco sólo estaban interesados a hurtadillas; luego empezaron a entonar cantos defendiendo su derecho a vociferar igual que sus congéneres; y, una vez pasada esa barrera, han convertido en ataque su pasión, tildando de elitismo necio a quienes desprecian ese juego; los Vázquez Montalbán, Marías, Verdú, etc., trataron y tratan de incorporar, como éste último escribe, el fútbol al acervo cultural. Tienen, desde luego, de su parte la poderosa invasión de lo audiovisual, que está conformando otra cultura; va más allá del fútbol, anega muchas disciplinas, y nada tiene que ver con la transmisión escrita de lo que hasta hace poco se llamaba cultura en exclusiva: el libro y los saberes parecen haber pasado a mejor vida y quedan para una minoría algo trasnochada, obsoleta y reticente a esa cultura de masas que puede parecer congénita con la democracia. No lo es: “La democracia no excluye las categorías técnicas, ya usted lo sabe, señora portera”, dice Valle-Inclán en Luces de bohemia. Estamos een un momento en que sí las excluye y sirve tanto a dictadores como a enanos, porque no es más que un vehículo de otras cosas, otros euros, otras vanidades, otras mamparas de cristal ennegrecido para distraer la atención. |
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