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Nº 793
23/6/2008

Antiamericanismo

Es probable que con el cambio político en los Estados Unidos la Administración saliente se lleve consigo la notable carga de antiamericanismo que en el mundo ha generado en ocho años de mandato, lo que resultará en beneficio de su propio país pero también de los demás. Tal antiamericanismo rampante, que se muestra con discreción entre los mismos políticos pero con toda rotundidad en la opinión pública, no va en contra de la constatación de que ya se trata de un elemento estructural, algo perteneciente a la cultura intelectual europea y que aunque se matice no va a desaparecer de la noche a la mañana con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Si el fenómeno no lo ha creado la Administración Bush, ni su sustitución va eliminarlo, lo que en definitiva es una visión política y social por parte europea del Nuevo Mundo de los Estados Unidos, alimentada de manera muy notoria por la cultura política francesa, en estos ocho años ha adquirido los peores caracteres y una intensidad que hasta ahora probablemente se desconocía. Se es antiamericano por un rechazo frontal, abarcador de todo lo que los Estados Unidos hacen en el mundo, o por la abierta disconformidad que provoca su política.

Hay datos para imaginar que ambas manifestaciones de antiamericanismo coinciden en esta hora, pero también su aceleración desde la primera toma de posesión del presidente Bush. A partir de entonces se fueron alterando de manera sustancial las melodías que se interpretaban a uno y otro lado del Atlántico, eso sí con toda una tregua de solidaridad con los Estados Unidos en la ocasión de los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Desde entonces se ha registrado toda una serie de episodios de desencuentro, sobre el Protocolo de Kyoto, el Tribunal Penal Internacional, la ampliación de la OTAN, y de manera muy especial, por todo lo relacionado con la guerra global contra el terror y la intervención en Iraq. Pese a estar acompañado todo ello por situaciones deshonrosas, como las de Abu Ghraib y Guantánamo, los vuelos secretos y las cárceles ilegales, sin embargo, ni mucho menos ha desaparecido esa especie de antiamericanismo crítico de carácter coyuntural. Desapasionado y circunspecto, se centra en las lícitas valoraciones políticas de una Administración en concreto, se recuerda en él que los Estados Unidos en otros tiempos circularon por caminos más dignos y no olvida lo mucho que Europa bebe en fuentes estadounidenses, quizás más que al revés.

Precisamente lo contradictorio de tal situación, como no ha dejado de postularse por los críticos más acerbos de los Estados Unidos, reside en la eleva correspondencia y franca complementariedad de ambos mundos, por mucho que la mayor parte de los países europeos experimente hacia el gran país del otro lado, una cierta sospecha en cuanto a sus intenciones reales, con la tendencia a criticar su política en cualquier caso. Esta hostilidad más o menos declarada es muy probable que acarree nuevas dificultades en la guerra global contra el terror, y desde luego no es previsible que contribuya a generar más solidaridad occidental con los Estados Unidos en Iraq. Una actitud negativa, exacerbada durante ocho años es la que habría dado lugar a las diversas formas de antiamericanismo con que nos encontramos, desde el sustentado por el mero perjuicio irracional y estentóreo, a la reacción motivada y racional sobre la política de Washington en determinados escenarios muy conflictivos para la sociedad internacional. Ciertamente tampoco la actual Administración se preocupó en exceso para detectar y combatir las manifestaciones de carácter antiamericano en auge, debidas por supuesto a una profunda antipatía pero también a la legítima oposición a la conducta de los Estados Unidos en determinados asuntos internacionales. En este punto nos encontraríamos, el de una confluencia de actitudes que al parecer ya estaría recibiendo más atención por parte de la élite de Washington en el segundo mandato de la Administración Bush.

En estos años de antiamericanismo más bien frenético, se ha podido escuchar de todo, con un elevado componente de irracionalidad y extremismo que ya hace años llevó a Paul Hollander a presentar el antiamericanismo como una forma de negación apriorística comparable con el racismo o el sexismo, tanto en cuestiones no relacionadas con los atributos, los valores y las cualidades de la sociedad de los Estados Unidos, como en cuestiones derivadas de su política exterior. Pero hay una notoria diferencia entre la crítica política y ser antiamericano. En virtud de aquélla se rechazan actuaciones políticas y militares ,se lamentan los perjuicios causados a terceros países y el drenaje sufrido en la reputación internacional de la superpotencia. En la crítica circunspecta y motivada, por muy dura que sea, no se olvidan actuaciones correctas de los Estados Unidos, frecuentes a lo largo de su historia. Reconozcamos sin embargo que la forma mas frecuente del antiamericanismo que hoy se encuentra en Europa, tiene elevados componentes de inconsistencia y racionalidad a medida, con una abrumadora atención a la coyuntura, a la guerra de Iraq que parece permitir todo tipo de censura. Parte de la solución y del problema, como origen y solución de conflictos, no es fácil prescindir de los Estados Unidos. •

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