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Nº 793 - 23 de junio de 2008
La crisis

por Santiago Carrillo

Si señores, por fin la crisis o como quieran llamarla está encima y encima comenzamos a sentir sus efectos. Y aquellos que reclamaban menos Estado, más mercado. Aquellos que aseguraban que vivíamos en un tipo de sociedad perfecta, en que con el dominio absoluto del mercado habíamos logrado la felicidad posible, ponen ahora el grito en el cielo exigiendo medidas de urgencia, precisamente al Estado, para contrarrestar tales efectos. Curiosamente los partidos más entusiastas de la libertad de mercado, el partido que ha hecho clave de su política la defensa de este tipo de sociedad en España, los voceros del PP, son los que más duramente critican la supuesta pasividad del Gobierno.

Según hablan, parece que el responsable principal de la crisis es el Gobierno y personalmente su presidente, Rodríguez Zapatero. No importa que el epicentro de la crisis esté claramente en EE UU, o sea, que la responsabilidad se sitúe en errores directamente relacionados con el uso que han hecho de la libertad de mercado los círculos financieros de los EE UU; es decir, personas que cobran al mes sueldos multimillonarios, los auténticos dirigentes de la economía del planeta, sin responder ante nadie de sus acciones. Al parecer, los gobiernos existen sólo para remediar y responder de las catástrofes que aquéllos provocan.

Las consecuencias del encarecimiento de la vida y de la dedicación de productos que tradicionalmente se destinaban a la alimentación humana y que hoy se comienzan a aplicar al biocombustible.

Parece establecido con toda claridad que la carestía de la vida tiene su causa en el encarecimiento del petróleo. Pero parémonos un momento a pensar dónde tiene su origen este hecho. Y por más vueltas que se dé al asunto es imposible ignorar que la guerra de Iraq fue el comienzo de un proceso de encarecimiento que nos ha llevado a precios exorbitantes de este producto. Y que la guerra de Iraq fue decidida con la complicidad del Sr. Aznar, que presidía el Gobierno del PP. Este, con Bush, y Blair, fueron el trío de la bencina que desató este proceso.

Y a favor de ello, las empresas petrolíferas se han lanzado a una especulación brutal con los precios del crudo, que nada justifica. En nombre de la libertad de mercado, en la práctica, los mismos que han provocado la actual crisis utilizan la ley de la oferta y la demanda para lograr a costa del hambre de millones de seres ganancias escandalosas. Ésos son los verdaderos autores de la crisis, y en política, los neoconservadores, los correligionarios del PP, son precisamente quienes defienden el sistema que hace posible tanto disparate.

El PP reclama medidas contra la crisis, culpando de ella a Rodríguez Zapatero, porque pese a su división interna, su única preocupación es alcanzar a cualquier precio el poder.

Pretende despistar a los ciudadanos, hacerles olvidar que estas crisis son el fruto del tipo de sistema social que él representa mejor que nadie. Lo importante para él es asegurar el mantenimiento de ese sistema.

El paro de un sector de los patrones del transporte por carretera ha sido utilizado indecentemente por ese partido. Un día Soraya áenz de Santamaría dijo que el paro era un acto contra Rodríguez Zapatero. E, independientemente de la intención real de sus promotores, Soraya tenía razón. Pero eso que pretendía ser una protesta antigubernamental, a quienes ha hecho verdaderamente daño ha sido a la economía de los hogares modestos, que han visto elevarse en horas el precio de productos esenciales para la alimentación. Y una vez que los precios suben, ya sabemos lo difícil que es hacerlos bajar.

La crisis ha llegado. Ahora lo importante es capearla con los menores daños para las gentes modestas. Pero, a la vez, un debate serio en torno al tema debería servir para llevarnos a la conclusión de que la sociedad democrática, a la larga, tendrá que enfrentarse con un sistema en el que la libertad de mercado es sobre todo una cobertura ideal para los grupos financieros que hacen lo que les proporciona más beneficios, aunque ello provoque guerras, hambrunas y catástrofes de todo tipo. En definitiva, lo que hay que poner en cuestión es el sistema, pues cada vez resulta más claro que el capitalismo no es la solución. •

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