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Nº 793 - 23 de junio de 2008

El segundo referéndum irlandés

A pesar de que Irlanda es el país que más se ha beneficiado de pertenecer a la UE, los irlandeses han rechazado por amplia mayoría el Tratado de Lisboa. En 2001 ya habían rechazado el Tratado de Niza, hasta que lo aprobaron en un segundo referéndum un año después.

Como en 2005, cuando franceses y holandeses rechazaron el Tratado Constitucional, la respuesta oficial del Consejo, Parlamento y Comisión ha sido pedir que el proceso de ratificación continúe hasta que todos los países se hayan pronunciado.
Pero, a diferencia de entonces, parece que esta vez se cumple aquello de que "si Francia dice no, Europa tiene un problema; si Irlanda (o cualquier otro pequeño país no fundador y periférico) dice no, Irlanda tiene un problema". Es tanto como suponer que se puede reeditar el escenario de 2001 sin más que añadir algunos protocolos que no modifiquen el Tratado.

Pero no creo que eso sea posible. Algunas de las razones del no irlandés no tienen nada que ver con el texto sometido a referéndum, pero otras están relacionadas con aspectos muy sustantivos del Tratado de Lisboa (sistemas de decisión, competencias de la UE, número de comisarios) que reflejan el temor de los irlandeses de perder autonomía y capacidad de decisión para defender los intereses de un pequeño país en la gran UE.

Por tanto, aunque 26 países llegasen a ratificar el Tratado, y está por ver que así sea, al final nos encontraremos con el problema jurídico de que el Tratado no podrá entrar en vigor sin Irlanda. Y este país difícilmente podrá volver a intentar ratificarlo, ni es seguro que lo consiguiese en un segundo referéndum.

¿Quiere esto decir que el camino de Niza a Lisboa tiene parada final en Dublín? Nadie puede asegurarlo, pero va a ser muy difícil salir de esta situación y más vale analizar las razones por las que se producen estos rechazos para intentar ponerles remedio.
La primera constatación es el divorcio entre élites y pueblo llano ante las cuestiones europeas. Como en Francia, la mayoría parlamentaria estaba abrumadoramente a favor (160 diputados de 166). Y como en el referéndum sobre el Tratado de Niza, las clases medias y altas han votado claramente a favor (63 por ciento) y las zonas más pobres y rurales en contra (60 por ciento).

No olvidemos que, a pesar de su acelerada prosperidad (PIB per cápita 160 por ciento de la media comunitaria, segundo después de Luxemburgo), Irlanda es el país menos igualitario de la OCDE y con el 15 por ciento de las familias debajo del nivel de la pobreza.

El no irlandés traduce un sentimiento de inquietud que existe en otros muchos países: el temor a la competencia mundial, la subida de precios, la precariedad y la reducción del sistema de protección social... Y no ven en Europa un remedio a esta inquietud.

Muchos ciudadanos europeos noestán convencidos de que la UE sea el mejor escudo contra las incertidumbres de la globalización. Al contrario, temen que sea el caballo de Troya de las posiciones neoliberales.

La segunda constatación es que llevamos más de diez años empantanados en cuestiones institucionales, tratando de llegar a acuerdos a nivel gubernamental y ratificarlos después.

Por mucho que no interese al ciudadano y le aleje de la cosa europea, el debate institucional no es un capricho, sino una necesidad. El aumento del número de miembros hace indispensable reformar las instituciones para que la UE funcione. Pero con la regla de la unanimidad y 27 ratificaciones nacionales independientes es muy difícil, por no decir imposible, llegar a un acuerdo entre Estados mucho más heterogéneos.

Para salir de este bloqueo y no seguir jugando a la ruleta rusa hay que abandonar la regla de la unanimidad y concebir un proceso de ratificación paneuropeo, como se propuso en la Convención. Pero aceptar este cambio exige una decisión por unanimidad, que tampoco se va a producir porque presupone una voluntad política de integración que no tienen muchos Estados.

Los viejos métodos de acuerdo y ratificación no superan la barrera del número y de la heterogeneidad en una UE ampliada. Por ello, la única solución para no quedarse como estamos es construir un grupo de países dispuestos a renunciar a la regla de la unanimidad entre ellos para avanzar en una mayor integración política.

Pese a la dificultad de construir una Europa a dos velocidades de integración, el no irlandés puede ser la ocasión de ponerla en marcha.•

José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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