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España pierde popularidad En muy poco tiempo, casi de la noche a la mañana, España ha
pasado de estrella rutilante envidiada en el panorama económico mundial a la
condición de enfermo al que se mira con desconfianza. En gran medida, el deterioro
de nuestra imagen es exagerado, injusto y, en algunos casos, malintencionado,
una venganza por pasadas comparaciones odiosas, pero de nada sirve negarse a
admitir la realidad ni olvidar que las imágenes tienen efectos reales cuando no
sustituyen a la realidad misma. Basta para convencerse del deterioro de nuestra
fama navegar por Google, Premio Príncipe de Asturias, y visitar los periódicos
europeos.
La brusquedad del ajuste español ha contribuido a ello. Reconocía Miguel Sebastián sin expresar mea culpa en unas declaraciones al diario El Mundo que “nadie pensaba que iba a haber una caída en la iniciación de viviendas del 60 por ciento”, lo que no dice mucho de la finura del Gobierno en sus previsiones. A Sebastián le debe parecer una cifra maravillosa pues, a renglón seguido, sostenía una tesis de liberal salvaje: “Pero cuanto más rápida sea la caída, mejor. (...) Cuanto más se caiga, más rápida será la recuperación”. O sea, que cuanto peor, mejor. Algunos gobiernos y responsables empresariales, que estaban picados porque la economía española crecía el doble que la europea y porque Zapatero anunciaba que habíamos superado a Italia y Canadá y que pronto adelantaríamos a Francia y Alemania, disfrutan ahora al constatar que más grande es nuestra caída. Probablemente, resultaban exagerados ciertos elogios formulados en la etapa triunfal, como exageradas parecen las descalificaciones de ahora, pero así funcionan las cosas en el volátil mundo de la imagen. Ciertos periodistas propenden al efectismo por deformación profesional y porque el sensacionalismo se está convirtiendo en una exigencia mediática. La prensa ha cambiado de camisa y a veces de chaqueta y, como señalaba con agudeza el añorado Ryszard Kapucinski, también premiado con el “Príncipe de Asturias”, ahora lo que pregunta el redactor-jefe a su tropa no es si la información obtenida es cierta, sino si tendrá buena venta. La información forma parte del espectáculo y en el espectáculo la veracidad es secundaria e, incluso, nociva. Sin embargo, no debiéramos confiarnos atribuyendo las críticas sólo a la maldad de la canallesca. El periodista –el mal periodista– puede exagerar, deformar, manipular y hasta torturar sus informaciones, pero no las inventa. Un frente importante de la crisis se refiere a la corrupción urbanística de cada día. La sensación que hoy se transmite a los lectores británicos, alemanes y franceses es que España es un país inseguro para invertir. Comprarse una casita en nuestras costas es el sueño de muchos jubilados europeos que han aplazado su decisión por miedo a perder los ahorros de toda una vida. Es una pena, porque la crisis no afecta a estos jubilados y podía haber sido un paliativo a la hispana crisis del ladrillo y no un factor negativo más que, como no soy neocon, no puedo valorar como una bendición de Dios. Quienes ya han adquirido una vivienda en la Costa del Sol, en la Costa Brava o en la balear se sienten con el alma en vilo cada vez que se revela un nuevo escándalo urbanístico temiendo descubrir que su paraíso se ha construido ilegalmente y que puede ser derruido. Cartas en este sentido proliferan en la prensa británica y alemana. Pero el deterioro no se limita a estas corrupciones, sino que se extiende a otros ámbitos que denominaré estructurales. Empieza a cuajar la idea de que el fuerte crecimiento de la economía española de los últimos años –el doble de la media europea, que la ha convertido en la octava potencia industrial del planeta– ha sido un bluff, un espejismo producido por la especulación; y que nuestro sistema financiero, que ha permitido que los bancos se coman a otros bancos ascendiendo vertiginosamente en el ranking mundial así como las cajas de ahorros, tan dinámicas en el interior, esconden debilidades inconfesadas e inconfesables. La desconfianza afecta, pues, a la circulación sanguínea de la economía española. Recientemente, Alan Greenspan nos señalaba con el dedo acusador y aseguraba que mucho presumir, pero que en nuestro país se han visto cosas peores que las hipotecas basura yanquis. “La burbuja inmobiliaria en España –sostiene el ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos– ha sido más amplia que la de la mayor parte de los países europeos y, desde luego, más amplia que la de Estados Unidos”. También dijo que “la burbuja inmobiliaria hace que España sea más vulnerable a la crisis”. Es una crítica injusta que tiene mucho de chovinismo americano y de exculpación propia, pero es evidente que tendremos un problema serio si no logramos convencer al mundo de la solidez de nuestro sistema financiero. La mujer del César debe ser honesta y parecerlo. José García Abad |
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