Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 792 - 16 de junio de 2008

 

Tortilla española sin huevos y sin patatas


por Joaquín Leguina

Según señaló en su día el profesor García Pelayo -primer presidente del Tribunal Constitucional-, las democracias europeas son "democracias de partidos". Una omnipresencia, la de los partidos, que responde a una realidad histórica bien conocida. En esa línea, la Constitución Española de 1978 otorgó a los partidos un papel central en el sistema político. Concretamente, en su artículo 6, la Constitución dice lo siguiente: "Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos". A cambio de tan amplias competencias en la esfera pública, la Constitución Española impone a los partidos la democracia interna en sus estructuras y funcionamiento. Ante una declaración genérica, como ésta, de la Constitución Española, era de esperar que una ley concretara las obligaciones de los partidos con su democracia interna, pero la Ley de Partidos, varias veces modificada, sigue sin decir nada acerca de la estructura y el funcionamiento de éstos.

En la práctica, los partidos políticos españoles se han convertido en poderosas y carísimas estructuras burocráticas cuyo funcionamiento contradice la democracia, cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar a esta palabra. En efecto: las palabras democracia y democrático pueden entenderse de muydiversas maneras, mas cuando esas palabras se refieren al funcionamiento de una institución, cualquier persona entiende que dentro de ese funcionamiento, si ha de ser democrático, deberán darse, al menos, dos actividades: 1) Un debate libre de ideas y propuestas y 2) Elecciones.

Dicho de otra forma, la democracia exige competición (de propuestas y de personas) ante un cuerpo electoral que es quien decide y elige. Lo demás puede ser motejado de tranquilo o, con más propiedad, de sumiso, pero no es democrático. Y desde luego, la cooptación, ya sea papal a la hora de elegir a los cardenales, ya sea corporativa, como es práctica en las Reales Academias, no es una elección. Dado que, precisamente, la cooptación (más papal que corporativa, todo hay que decirlo) es hoy la norma general en los partidos españoles, pues eso: que hacen tortillas sin huevos y sin patatas.

Con gran apoyo mediático se ha ido construyendo una "imagen positiva" en torno a la bondad del liderazgo fuerte, es decir, del caudillismo, y otra negativa que confunde la confrontación de ideas con la división. Es evidente que los medios han jugado un papel decisivo en la destrucción de la democracia interna de los partidos españoles.

Lo acabamos de comprobar a propósito del proceso congresual del PP: todos los medios sin excepción han cargado la mano a la hora de calificar las disidencias o simples diferencias internas de "lío", "jaula de grillos", "navajeo"... hasta se ha hablado de "crisis terminal".

Pero a pesar de esta parafernalia mediática y por detrás de los personal ismos, se han dejado ver en el PP dos estrategias. Por un lado, la de "es preciso que nada cambie para que todo siga igual" y otra, más lampedusiana y pragmática: "Es preciso que todo cambie para poder ganar". En el fondo -creo yo- parece que Rajoy -¡al fin!- se ha dado cuenta de que las elecciones no se las ha ganado Zapatero con el Estatuto de Cataluña y la tregua de ETA a cuestas, sino sus propias y malas compañías, comenzando por los obispos trabucaires y los administradores de las víctimas del terrorismo y acabando con los jabalíes (don Pedro y don Federico) que mandan y ordenan en la prensa afín al PP. Todos ellos son gente que da miedo. Lo acaba de decir Rajoy: "No quiero que nunca más alguien vote al PSOE para que no gane el PP".

Pues si consigue este objetivo, bienvenido sea, pues obligará a la actual dirección socialista a buscar algo más sólido que el tan exhibido y miserable argumento con el que nos han venido adoctrinando: "¡¡Que viene la derecha!!", bajo cuya amenaza hemos ido a votar a Zapatero unos cuantos millones de españoles, eso sí, implorando al Altísimo que a ZP se le agotaran ya las ocurrencias.

En cualquier caso y visto desde afuera, no se entiende que los críticos -cuyos argumentos resultan obvios contra un líder que acaba de ser derrotado por segunda vez- no hayan sido capaces de montar una candidatura alternativa con la cual, al menos, hubieran puesto en evidencia el peligrosísimo entramado caciquil-territorial que, a mi juicio, existe tanto en el PP como en el PSOE y que amenaza con esterilizar a los dos grandes partidos nacionales. •

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