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Nº 792 - 16 de junio de 2008 |
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La cumbre de la FAO, sin resultados por Carlos Berzosa Los problemas del hambre en el mundo son antiguos. La cifra de 800 millones de hambrientos la recuerdo desde mi época de estudiante de Económicas allá por los años sesenta. Desde entonces permanece sin que se hayan puesto los remedios suficientes para hacerla disminuir. En todo caso, como la población se ha incrementado sustancialmente en estos cuarenta años, la pobreza proporcionalmente ha tendido a reducirse. Aun así, el dato resulta escandaloso y no deja de ser sangrante que en el siglo XXI haya tanta gente que no tenga acceso a la alimentación. Durante años, la FAO proporciona los datos, denuncia la gravedad de la situación, y propone medidas para erradicar el hambre, pero sin resultados convincentes a la luz de los hechos. En los últimos tiempos un conjunto de países, asiáticos en su mayoría, ha tenido resultados espectaculares en el crecimiento económico y en las exportaciones industriales. Han logrado superar las peores fases del subdesarrollo y han avanzado en la erradicación del hambre y en la disminución de la pobreza. Algunos de ellos se asoman al umbral de la renta por habitante de los países avanzados. Al mismo tiempo, no obstante, países de África, en su mayor parte, pero también de Asia y de América Latina, siguen en lo que Collier denomina el club de la miseria. En América Latina, a pesar de los crecimientos habidos, y debido a la desigualdad existente, los avances en la eliminación de la pobreza y el hambre son escasos. Los primeros años del siglo XXI se han caracterizado por unas elevadas tasas de crecimiento de la economía mundial, que, por regla general, han favorecido a casi todas las economías. Algunos autores, como siempre los que se encuentran satisfechoscon el estado actual del mundo, veían en ello el camino hacia el desarrollo y la manera de dejar atrás los lastres de las graves privaciones existentes, al tiempo que encontraban en ello un refuerzo a las tesis favorables a la globalización neoliberal. No obstante, frente a esos logros en el crecimiento, la persistencia de la pobreza y del hambre, así como la enorme desigualdad entre países se siguen produciendo. La situación ha cambiado a finales de 2007 y principios de 2008. El ciclo expansivo ha terminado. El epicentro de la crisis actual se encuentra, como en tantas ocasiones, en Estados Unidos, que además con su política agresiva e imperialista ha generado trastornos en el mercado del petróleo, con las consecuencias negativas que estamos viviendo de la subida espectacular de los precios de este producto. La crisis surgida en el sistema financiero norteamericano, que ha provocado una desaceleración del crecimiento a escala global, e incluso una posible recesión, se ha agravado sustancialmente con la fuerte alza que están sufriendo los precios de los alimentos y de los derivados del petróleo. La subida de los precios de productos tan básicos ha generado ya hambrunas en un conjunto de países escasamente desarrollados, y revueltas de la gente que se ve privada aún más de un alimento por lo general escaso. Pero el alza generalizada, aunque con efectos desiguales en las diferentes economías nacionales, está también provocando, si no una crisis tan grave como la que sufren los más desfavorecidos, una pérdida de la capacidad adquisitiva del conjunto de las clases asalariadas, incluso en los países desarrollados. La disminución de la demanda agrava, asimismo, la situación en una espiral que no sabemos a ciencia cierta qué duración tendrá y a qué profundidad llegará. La subida de los precios de los alimentos se achaca a varios motivos, entre los que cabe destacar el fuerte impulso de la demanda de los países emergentes, sobre todo de China e India, la especulación y acaparamiento que tiene lugar, las políticas del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial de Comercio, y la influencia de los biocombustibles. La responsabilidad o no de estos últimos en los problemas actuales está generando una controversia de la que hablaremos en un artículo futuro. En todo caso, la situación estructural de la pervivencia del hambre se agrava. Por eso, no deja de resultar desalentador que ante una situación tan preocupante los acuerdos de la Cumbre de la FAO hayan sido tan tímidos y no hayan afrontado los problemas reales. Pero, en fin, esto es algo a lo que cada vez más nos tienen acostumbrados las diferentes Cumbres que se celebran.• *Rector de la Universidad Complutense de Madrid. |
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