Nada está todavía
escrito
Lo que parece seguro ya respecto al Congreso de Valencia es que el PP ha modernizado su logo manteniendo, eso sí, la gaviota. Se trata de un retoque suave de su símbolo tradicional. La gaviota forma parte entre los populares de su identidad. Incluso de sus principios y de sus valores, dos vocablos que, sacando pecho, tanto repiten los dirigentes de la derecha: los actuales, los anteriores y los que aspiran a serlo, si Mariano Rajoy acaba cayéndose del pedestal de sus avales.
Ello, no obstante, resulta improbable. Salvo sorpresas de última hora -que jamás conviene descartar, ojo-, da la impresión de que, agotados los cabecillas de la rebelión contra Rajoy, éste empieza a tener su futuro y el del PP atado y bien atado. La gaviota en todo caso es una ave palmípeda, ciertamente hermosa. Vive en las costas, con el mar eterno de paisaje. Vuela mucho y con elegancia. Es voraz y se alimenta de los peces que coge en el mar. Mata, come y remonta el vuelo.
Soraya Sáenz de Santamaría ha cumplido plácidamente su 37 aniversario y fue agasajada por sus compañeros. El Congreso está a la vuelta de la esquina y sólo preocupa en el aparato de Génova que el voto de castigo -que sería el voto en blanco- resulte abultado en exceso. Hay euforia contenida en los marianistas, aunque inquiete el discurso de José María Aznar, por ejemplo. Lo cierto es que ni siquiera Juan Costa hará de sparring. El episodio protagonizado por Costa ha sido surrealista. Volvió a la política activa pronto hará un año. Dejó una espléndida remuneración privada para coordinar el programa electoral de Rajoy.
Su evidente acercamiento al jefe máximo del PP fue interpretado como un guiño de Rodrigo Rato -que es padrino de Costa- hacia Rajoy. O al revés; váyase a saber. Y en unos pocos meses Costa se convirtió de estrecho colaborador de Rajoy en su adversario. Se ignora la causa. Como sigue siendo un misterio el fichaje estelar de Manuel Pizarro -el mítico resistente de la Endesa aznarista frente a los separatistas catalanes-, quien aterrizó de pronto de número dos en la lista de Rajoy por Madrid. Y tras el 9 de marzo, cayó en indisimulable desgracia.
Costa -al parecer arrepentido de sus pinitos opositores y de sus escarceos taurinos en Las Ventas- ahora ha prometido lealtad a Rajoy y le ha ofrecido su apoyo. No hay quien lo entienda, salvo, claro, que se tengan presentes los beneficios que -a la sombra del PP o de sus adyacentes-obtiene la empresa de eventos y otros montajes que regenta la mujer de este insólito Kennedy. Como si fuera una especie de Kennedy de Castellón. Cual si emulara Costa al también asesinado Hobby. Así lo describía Pedro J. Ramírez cuando lo vendía a sus lectores como el único candidato alternativo a Rajoy.
La guerra interna en el PP habría llegado, según numerosos síntomas, a la fase de tregua o de armisticio. Rajoy ha vencido. Pero su victoria puede ser contundente o puede suponer un cierre en falso de la crisis vivida desde la noche del 9 de marzo pasado. La respuesta a tales interrogantes, que planean sobre la grave situación -ahora en relativo reposo- que ha sacudido a los conservadores se encuentra en las urnas. Las del País Vasco, Galicia y las europeas. A priori, los socialistas tienen una confortable ventaja. Pero el huracán económico puede agrietar seriamente las expectativas de Moncloa. Nada está todavía escrito.•
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