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Nº
792 -16 de junio de 2008 |
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De los disparates de Carmen Gurruchaga y del presidente de Air Berlín
Estupefacto, sin saber ni qué decir ni qué hacer, me quedé el otro día leyendo uno de los comentarios con los que la periodista Carmen Gurruchaga obsequia diariamente a sus lectores de La Razón. Probablemente, la causa de tal estupefacción es atribuible a mí, puesto que a ciertas alturas de la vida, muy pasados ya los noventa años, como es mi caso, el cerebro va perdiendo facultades cognoscitivas. Nada más lejos, por tanto, que molestar u ofender por mi parte a Gurruchaga. Pero tras leer varias veces y con suma atención uno de sus párrafos debo confesar que no alcancé a interpretar de modo adecuado lo que pretendía explicar tan conocida colega. Se refería la autora a la libertad de expresión e iba poniendo, con mayor o menor fortuna, desde mi humilde criterio, ejemplos del mal uso de esa libertad. No hizo alusión alguna, sin embargo, a Federico Jiménez Losantos, que está siendo objeto, aseguran sus valedores, de un duro ataque contra su libertad de informar y de opinar, si hemos de creernos a los amigos y protectores del polémico locutor de la cadena radiofónica de los obispos y cardenales de la Iglesia católica española. El culpable de esta delicada situación en la que se encuentra Losantos sería el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. ¿Qué opina al respecto Gurruchaga? Nada nos desveló en su artículo acerca del citado radiofonista. Tampoco hizo mención de Gallardón, al que precisamente Losantos y sus amigos más próximos no dejan de poner a los pies de los caballos o ponerlo a caldo. O ponerlo literalmente a parir, insulto tras insulto, sin parar. Y es que, a pesar ciertamente de que Gurruchaga no emplea el lenguaje belicoso y agresivo hasta la injuria que caracteriza al locutor, sí introdujo en su relato a Adolfo Hitler. Es ésta una tendencia, la de tildar de hitlerianos a los adversarios, que se me antoja, a la vista de que cada vez se utiliza más, irrefrenable y desde luego inexacta por mucho que la empleen numerosos periodistas afines a los conservadores. Veamos lo que escribió Gurruchaga: “También estos días hemos sabido que el presidente de Air Berlín con sede en Mallorca –por cierto todo un señor–, ha puesto el grito en el cielo, y con razón, porque el Gobierno balear le ha mandado una circular para que el personal de su compañía se olvide de la existencia del castellano y utilice el catalán-mallorquín”. Añade la periodista que no es deseo suyo “no defender el derecho de los mallorquines a hablar y ser entendidos en su lengua, pero, ¿dónde queda la libertad de quienes viven en esa comunidad, pero desean tener el castellano como lengua vehicular?”. Y, por último, incorpora Gurruchaga esta reflexión: “Cuando un Gobierno o quien sea antepone los supuestos derechos colectivos de un pueblo a los individuales está copiando el modo de actuación de Adolfo Hitler, sin entrar en consideraciones sobre su legitimidad para hacerlo”. Colijo por consiguiente que la columnista del diario La Razón acusa de hitleriano al “Gobierno balear” por remitir al presidente de Air Berlín, Joachim Hunold, el contenido que ella nos resume. Pero ni siquiera si fuera como ella lo explica, pues habría que leer antes de cualquier pronunciamiento el texto original de esa circular, estaría mínimamente justificado tildar de Hitler al Gobierno autonómico de las Islas Baleares, bien globalmente, bien en la persona de su presidente, Francesc Antich. Eso es un disparate, una sandez, que diría Manuel Fraga, un brindis al sol de la estolidez, un ejercicio impropio de una periodista profesional, sea de izquierdas, de centro, de derechas o de derecha extrema. Ignoro con precisión cuáles son los vientos ideológicos que envuelven a Carmen Gurruchaga, pero intuyo que está más cerca del radicalismo pepero que de la doctrina de moderación que propaga Mariano Rajoy, escoltado por Gallardón precisamente. Comparar a Antich con Hitler descalifica a quien lo hace. No tengo por qué resumir quién fue ese monstruo que dirigió Alemania durante más de diez años y que condujo a su país y al mundo a la inmensa tragedia de la II Guerra Mundial. Por lo demás, la respuesta de ese “todo un señor”, que es el presidente de Air Berlín, Hunold, fue también un exabrupto imperdonable, cuando dijo que el castellano había dejado de ser la lengua oficial de las Islas Baleares. No es verdad. Y menos ha de inmiscuirse en los asuntos internos de las Baleares un alemán por muy presidente que sea de una compañía aérea. ¿Tiene en cuenta el presidente de Air Berlín que es justamente el alemán la lengua dominante en numerosos enclaves de las Islas Baleares? Ni castellano ni catalán. Un idioma ascendente en esas hermosas islas es el alemán y con tendencia a convertirse de forma paulatina en hegemónico. Me ha ilustrado sobre estos temas uno de mis nietos, dedicado a los negocios y a viajar con mucha frecuencia en avión, al contarme que el catalán, y también el gallego y el vasco, hace muchos años que se usan en los vuelos con origen o con destino en las comunidades que, aparte del castellano, tienen también una de esas tres lenguas, en algunos casos con sus variantes dialectales específicas del denominado mallorquín y el denominado valenciano. Esta circunstancia no equivale a la desaparición o marginación del castellano o español. Pero entre el periodismo de agitación de ciertos medios derechistas y algunas lagunas al estilo de la protagonizada por Gurruchaga lo único que se conseguirá es la guerra lingüística. Hay precedentes y son preocupantes. Viajen a Bégica y los ignorantes sabrán lo que vale allí un peine a cuenta de los valones y de los flamencos. El “todo un señor” que vuele a Bélgica a ver si aprende y a ver si es más comedido a la hora de hablar sobre las lenguas de unos y de otros. Luis G. del Cañuelo |
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