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Nº 791 - 9 de junio de 2008


Libros con cifras y problemas

 

Por Mauro Armiño

La Feria del Libro sirve todos los años para que organizaciones de libreros, editores, Ministerio de Cultura, etc. lancen cifras; las de este año me resultan terribles aunque algunos periódicos hablen de récords de lectura, aumento de lectores y ventas, etc. La producción ha alcanzado casi los 70.000 títulos el pasado año (las tiradas medias son, sin embargo, ridículas, y siguen descendiendo); parece que lee el 57% de los españolitos, con un apéndice femenino: en las españolitas sería el 60%–; se han abierto 75 librerías, pero han cerrado 90. Y la estadística no aclara estas contradicciones. El problema de estas cifras es que son industriales, y envuelven en libro cosas que nada tienen que ver con lo que el término supone. ¿No es vehículo de cultura? Si se admite, volvemos a convertir el término cultura en un ente confuso en el que entra todo, desde los libros de texto de matemáticas a los de recetas de cocina, los volúmenes de autoayuda y un largo etcétera de materias que en el mercado tienen forma de libro.

Es de todos sabido el cuidado que hay que poner con las estadísticas; con más razón en el caso del libro; su prestigio como vehículo de cultura podría hacer que los encuestados no contesten con la precisión requerida; ¿quién va a declararse burro si no es obligatorio enseñar las alforjas? En ese 57% de lectores están –en teoría– desde los que han leído un libro al año a los que se dedican a leerlos por exigencias de su profesión. Y las preguntas que navegan en el magma de la indefinición aumentan: ¿qué es leer? ¿son libros unas recetas de cocina, pongo por caso, y pueden ser incluidas en encuestas de este tipo? Yendo más lejos, en todas esas trombas de letra impresa que produce España cada año, ¿son libros novelas rematadamente malas, poemarios de poetas locales publicados por ayuntamientos, obras de teatro que nunca subirán a las tablas pero que también tienen su premio porque hay más premios que autores? La última encuesta del Gremio de Editores señala las preferencias por géneros literarios: el 91% de los españoles prefieren la narrativa; el 5,5% el ensayo, el 2,1% la poesía y el 1,4% el teatro.

¿Cómo sumar o restar y dónde colocar los esperpentos? Ejemplo: un programa de televisión en que compiten aprendices de modelos de pasarela, para homenajear al libro en su día, el 23 de abril, compró libros… que se utilizaron poniéndolos sobre las testas de las jóvenes, para que aprendieran a desfilar por la pasarela sin mover la cabeza. Saber los títulos no serviría de nada, pero esos libros sirvieron para algo.

“Construir el mundo o dejarlo tal cual está”. Ponerse exquisito tampoco sirve: libros incalificables como literatura han actuado muchas veces sobre la formación de muchos escritores y de más lectores todavía. Dividir la literatura en dos: “la obra que construye el mundo, la que no lo deja tal cual estaba antes de ser escrita”; y la obra que deja el mundo tal cual está y ahorra “al lector el trabajo de pensar”, deja tantos cabos sueltos que su autor, Enrique Murillo, rápidamente se lanza a salvar nombres como los de Pérez Reverte, Mendoza, o John Le Carré –a este último lo declaraba el periodista Santiago Segurola, hace dos años, siendo jefe de cultura y director de Babelia en El País, uno de los novelistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX: por suerte para la información cultural se fue a dirigir o subdirigir, no sé muy bien, un periódico deportivo; como para fiarse de espacios y páginas culturales.

La defensa del best seller suele tener por contrapartida el descrédito del crítico profesional, es decir, a las firmas que invaden los suplementos culturales; generalizando la denuncia –cierta, pues se puede demostrar en casos concretos– de que sólo leen los libros por el forro, tratan de buscar antecedentes donde coincidan calidad literaria y venta masiva; y para ello Julia Navarro, periodista y novelista de best sellers de asunto más o menos histórico, revuelve y cita a “Sinhué el egipcio, la novela de Mika Waltari que ha encendido la curiosidad de dos generaciones de lectores”, con Chacal de Forsyth, El conde de Montecristo (Dumas), las Memorias de Adriano (Yourcenar), Yo, Claudio (Robert Graves)… Navarro defiende esos “best sellers, libros de actualidad que entretienen y hacen vivir aventuras a millones de lectores cuya vida no tiene otro misterio que vivir”, y que parecen tener mucho que ver con el libro que “ahorra al lector el trabajo de pensar” de Murillo.

La querella entre los que hacen literatura (cultura) y los que redactan best sellers (entretenimiento) pervive y no tendrá fin; aquéllos miran por encima del hombro a éstos pero con cierta envidia por sus cifras de ventas, y éstos se reconcomen por el prestigio de aquéllos y se escudan en sus cifras, como hace Ruiz Zafón con la tirada de su reciente novela, para hacer al público juez y árbitro.

El sector y sus problemas. Estas discusiones resultan zarandajas frente a las cifras que da la estadística: son cifras industriales, y como tal industria al libro le asaltan problemas por todas partes; empezando por su pervivencia sobre papel y su vida en la Red. Esta última parece atraer cada vez más, aunque en la Feria no se haya debatido (cuando escribo); pero por ahí fuera ya se adelantan a ese futuro: el Ministerio de Cultura francés, por ejemplo, ha lanzado en internet una oferta legal de contenidos con derechos además de otra oferta de contenidos patrimoniales. La revolución que ha supuesto la digitalización provoca efectos nefastos en otros mundos: la música y el cine han sufrido esta última década el pirateo y la negación del derecho de los artistas –durante la campaña electoral, Rajoy se sumaba a este último apartado aferrándose para cazar votos a la Plataforma contra el canon–, y el Ministerio francés quiere anticiparse a la catástrofe que supondrían esos mismos efectos en el mundo del libro.

Últimamente se han afinado las estrategias publicitarias hasta extremos belicosos: hay librerías y, sobre todo, grandes espacios comerciales, que sacan a subasta sus espacios y cobran por exponer en los mejores sitios el producto; cuando un lector topa con una pila de libros o un libro destacado en un escaparate, no sabe si está ahí, y así, por su calidad o porque el editor ha sido el mejor postor. Objetivos de esos estrategas son también los programas de radio y televisión, donde la competencia se produce en la fuerza de una editorial, dado el elevado costo de los anuncios, no en su calidad. En España se permite a las editoriales anunciarse en televisión, cosa que, por ejemplo, está prohibida en Francia: esos lanzamientos distorsionan el mercado y en muchos casos publicitan productos averiados.

Una de las promesas electorales del ahora presidente francés Sarkozy fue precisamente ésa: eliminar la barrera que impedía a las editoriales anunciarse en televisión. Sólo los best sellers pueden tener acceso a esa publicidad, con lo que, en nombre del liberalismo económico, se bombardea al espectador hasta convencerle de que lea a Noah Gordon o Ken Follet, por citar nombres extranjeros; líbrenme los dioses de escribir Ruiz Zafón y otros bestselleristas indígenas: los Fernández y González de nuestro tiempo (¿quién recuerda hoy a don Manuel, con sus 300 novelas por entregas y tramas de bandoleros y leyendas históricas? fue el escritor más popular de la segunda mitad del siglo XIX; se enriqueció tanto que en las portezuelas de sus carrozas inscribió en letras de oro macizo sus tres iniciales, M. F. G.) tienen además ínfulas de grandes autores, y ay del crítico que se atreva, no a opinar en contra, sino a no opinar, como ha ocurrido en algún caso.

Como industria que es, el sector cuenta con problemas propios, algunos originados por eso que para algunos es un “éxito”: los 70.000 libros al año; en su mayoría carecen de vida si no son éxitos declarados, mueren casi nada más nacer, porque la rotación editorial ha de ser muy rápida y libro no vendido en un mes vuelve a los almacenes para ser picado –salvo centenar y medio de ejemplares–; y no crean que se trata de desconocidos: por la cuchilla están pasando Shakespeare, Molière, Marivaux… Hay editoriales que aguantan más, y otras que aguantan menos y han descubierto que su negocio no es la cultura sino la rotación rápida del producto libro. De ahí que las pequeñas librerías no puedan soportar la competencia de los hipermercados: carecen de espacio no sólo para almacenar libros sino para presentar la apabullante tromba de novedades.

La Administración echa leña al fuego con su habitual mirada puesta en el azul horizonte de la felicidad cumplida: la política bibliotecaria sigue sin apreciarse en casi ninguna comunidad; ni se han creado bibliotecas suficientes para alcanzar una ratio comparable a la de Inglaterra, Francia, etc. (¿no somos el 8º país mundial?), ni se compran libros suficientes –y a veces hay chanchullos aprovechando la ley–; y el inexistente respeto por los derechos de autor en el caso de las fotocopias ilegales ha merecido a la Administración el título de “primer pirata del país”. Por no hablar de los libros oficiales, libros de fundaciones, etc. ¡Pena de árboles derribados para eso!

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