La derecha se resiste pero
luego se suma
E
I Caudillo de España por la gracia de Dios procuraba proyectar —en los últimos años de
su vida— una imagen de anciano paternal y venerable, orgulloso de haber construido una familia cristiana, compuesta por su mujer, su hija y sus nietos y nietas. Creía también el dictador que la sociedad española —su segunda familia—había alcanzado, gracias al Régimen que había forjado, altos niveles de solidez moral, sin comparación posible con la alarmante permisividad y estremecedora decadencia que se habían instalado en las democracias europeas y, asimismo, en los Estados Unidos de América del Norte.
Las ensoñaciones de aquel general cruel y sanguinario se diluyeron inmediatamente después de su muerte. Su familia se rompió con estrépito. Su nieta María del Carmen Martínez-Bordiu Franco desde entonces ha vivido sus relaciones sentimentales —sin rubor y a la vista de todo el mundo— en total desacuerdo con las normas y mandatos de la Santa Madre Iglesia, católica, apostólica y romana. Sus hermanas y hermanos han actuado de forma parecida.
Aquel gigantesco monumento a la hipocresía —que eso fue, al fin y al cabo, el nefasto nacionalcatolicismo— se vino felizmente abajo, se desplomó poco tiempo después del 20-N. Ya se oteaba antes del fallecimiento del Generalísimo, y con claridad meridiana, que el cambio que se avecinaba no sería sólo político en términos convencionales, sino que sería mucho más ambicioso. Ha sido desde luego un salto prodigioso, hecho desde la artificialidad de un sistema de perfil teocrático —que se aguantaba por la represión y el miedo— hasta llegar a la modernidad.
Este género de terremotos, de movimientos telúricos en profundidad, que devoran los usos y costumbres tradicionalestienden a ser, en sí mismos, transversales. Afectan a todas las capas sociales e incluyen —en mayor o menor medida— ideologías políticas contrapuestas. Es verdad que acostumbra a ser la izquierda la que empuja con más intensidad tales cambios. La derecha al principio se resiste. Pero luego —mayoritariamente— los conservadores también asumen, por ejemplo, el divorcio, el aborto, la igualdad entre hombres y mujeres, una mayor normalidad sexual, la liberación específica de la mujer y, tiempo al tiempo, hasta los matrimonios homosexuales. Lo retrógado se acaba y no hay quien lo pare.
Zapatero ha contribuido —con singular énfasis— a consolidar tales cambios y a avanzar en la buena dirección. Puede afirmarse que el presidente del Gobierno ha vencido en toda regla, por mucho que los núcleos más afines al pasado hayan tratado de cargárselo o que la jerarquía católica, salvo excepciones, haya montado contra él una nueva cruzada. Ya pueden protestar o insultar los restos del franquismo sociológico. Lo cierto es que Carme Chacón es ministra de Defensa y madre en el ejercicio del cargo. Y lo cierto es que la ciudadanía, en su conjunto, al margen de los carcamales, ha aplaudido ese nombramiento y le ha parecido un signo más de tolerancia.
La derecha —al menos la que encabeza Rajoy- también exhibe en cargos importantes a mujeres heterodoxas en relación a ciertas tradiciones y a la doctrina católica. Es el caso de Soraya Sáenz de Santamaría y de María Dolores de Cospedal. O el de la gerundense Alicia Sánchez Camacho. En el bando contrario a Rajoy, no es fácil definir —a los efectos de lo que estamos refiriéndonos— a Esperanza Aguirre y, en cambio, sí parece fácil definir a Ana Botella. Sea como fuere, aquel modelo de "la mujer en casa y con la pierna quebrada" va en franco retroceso. •
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