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Nº
791 -9 de junio de 2008 |
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De la ausencia de libertad en el PP de Rajoy y la libertad en Telemadrid
Ignacio González, vicepresidente primero y portavoz del Gobierno autonómico de Madrid es, en razón de su cargo, Excelentísimo Señor. Parece en todo caso un todo terreno y pasa por ser el alter ego de Esperanza Aguirre. A sus cuarenta y ocho años ya ha hecho muchas cosas en la política, como ser subsecretario de Educación y Cultura en el Ministerio que regentó Aguirre desde mayo de 1996. Luego González ocupó la Secretaría de Estado para la Administración Pública, lo que hizo hacia primeros de enero de 1999, con Aguirre presidiendo el Senado. En la actualidad es un pluriempleado de la Comunidad de Madrid. Ostenta la Presidencia del Canal de Isabel II, la Vicepresidencia del Comité Ejecutivo de Ifema y asume personalmente las competencias regionales de las relaciones con la Asamblea regional, los asuntos taurinos y las competencias en materia audiovisual de la Comunidad de Madrid. Es miembro también del Comité Ejecutivo Nacional del PP y presidente del Comité Electoral de Madrid. Ignacio González es un ciclón o un tornado. Arrasa con frecuencia y sus ambiciones carecen de límites. Supimos leyendo El Mundo hace algunos días que cuida bien sus asuntos taurinos, como lo demostró invitando a la alegre muchachada crítica respecto a Mariano Rajoy a una simpática tarde taurina en la plaza de toros de las Ventas, en plena conmemoración de San Isidro. Nadie podrá decir, sobre tal maniobra festiva y visible a la luz del sol, que el encuentro fuera un capítulo más de la conspiración aguirrista contra Rajoy, de la que tanto se habla. Estaban regocijados y sonrientes él y su amigo Francisco Granados, otro de los acólitos de doña Esperanza, aparte de Gabriel Elorriaga y Juan Costa, mientras ironizaban sobre la cumbre de Valladolid, que iba a celebrarse al día siguiente para mayor honra y gloria de Rajoy. Cargaban así, probablemente, sus pilas, ellos todavía jóvenes aspirantes al paraíso del poder. Fue el lunes 2 de junio cuando volvieron a verse en el Comité Ejecutivo del PP. Costa le espetó a Rajoy que no genera ilusión ni une al partido. No da la impresión, sin embargo, de que este atildado Costa, sea él precisamente la alegría de la huerta, esa alegría que reclama a Rajoy. El ex ministro del último Ejecutivo de Aznar es distante y parece un distinguido pijo o hijo de buena familia del barrio de Salamanca, aunque él naciera en Castellón y allí tenga su cuartel general. Elorriaga, que durante cuatro años ha ejercido de vocero del PP y, muy singularmente, de vocero oficial del mismísimo Rajoy, le dijo a su señorito que “ha faltado diálogo interno” y se metió con la ex ministra Celia Villalobos, convertida en los últimos tiempos por Federico Jiménez Losantos y su patulea mediática en objeto de todas las perfidias y vituperios. No soportan a Pedro Arriola, que es marido de Villalobos y gurú de Rajoy, como también lo fue de José María Aznar desde los comienzos de la década de los años noventa del pasado siglo, porque sus facturas son altísimas y le tienen envidia y porque aconseja una cierta cordura, no abundante en la derecha tradicional, como es fácilmente perceptible. Pero González, Excelentísimo Señor, fue quien más gozó de algunos minutos de gloria. Leyó un vibrante texto, diseñado cual obús disparado a la línea de flotación de los marianistas. Sentenció el segundo de Aguirre: “Desde la derrota del 9 de marzo hasta ahora, nuestro partido ha entrado en un proceso de conflictividad interna en el que la percepción de muchos de nuestros militantes, simpatizantes, votantes y compañeros es que las cosas no se han estado haciendo bien”. Añadió en tono de inmensa gravedad: “Cuando se transmite la percepción de que en el partido unos son los buenos, los moderados y los centristas, y otros los retrógados, los que restan, los carcas, es que algo no se está haciendo bien”. Subió de pronto la calentura: “Cuando la sensación que se percibe es la ausencia de libertad interna para poder opinar, discrepar o, incluso, a alguna opción alternativa se le ataca en lo personal, en lo familiar, trufando las informaciones con intereses espurios, es que algo no hemos hecho bien”. Ignacio González prosiguió sin pausa: “Un proyecto político sólido, claro e ilusionante requiere una firme convicción de lo que somos, lo que representamos y lo que defendemos, sin caer en el relativismo, en el oportunismo cortoplacista y acomplejado, en el tacticismo, o en pensar que hay que parecernos a nuestros adversarios, ser su segunda marca en los planteamientos ideológicos o tener complejo de falsa progresía”. Sublime. Incorporó mensajes de fondo de corte eclesiástico, hasta propios del Sumo Pontífice, Benedicto XVI, como el rechazo al “relativismo”. Estuvo ingenioso aludiendo al “oportunismo cortoplacista y acomplejado, en el tacticismo”. No pudo evitar su alergia a lo que denominó “falsa progresía”. ¿Cuál es la verdadera? Sin duda, el concepto de progreso que tiene Aguirre es el mejor y más cuajado. Lo demás, pamplinas y retórica huera. González tiene competencias en el audiovisual de la Comunidad madrileña. Por eso Telemadrid, sin ir más lejos, es un pulcro y reluciente escaparate en el que se exhibe simplemente la libertad. En el PP de Rajoy sí hay “ausencia de libertad interna para opinar, discrepar, disentir (…)” Por el contrario, no hay ausencia de libertad en Telemadrid. Pero ha de quedar bien claro que la libertad no está destinada a resquebrajar “la firme convicción de lo que somos”. Libertad, sí; libertinaje, no. Ciertamente estamos ante un Excelentísimo Señor. Y Aguirre, Excelentísima Señora. Faltaría más. Luis G. del Cañuelo |
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