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Nº 790
2/6/2008

Desde Monroe a Bush

A medida que se intensifica la penetración política y comercial en Iberoamérica de países como Irán, China, India y Rusia, o se observa la pérdida de influencia de los Estados Unidos en esa y otras regiones, surgen dudas sobre la permanencia de la llamada doctrina Monroe y las posibilidades de los Estados Unidos en mantenerla. Desde 1823, con su declaración sobre el estado de la Unión, el presidente James Monroe quiso dejar claro el rechazo estadounidense a las interferencias europeas en el Hemisferio Occidental, es decir América del Sur. Dijo que sus países "ya no pueden considerarse objetos de colonización por parte de potencias europeas", por lo que "cualquier intento de extender su sistema en cualquier parte de este hemisferio lo consideramos como peligroso para nuestra paz y nuestra seguridad". Calificada la región como asunto casi exclusivo, garantizadas las facultades de influencia e intervención, con tal doctrina se han condicionado sobremanera las mentalidades y las actitudes de los Estados Unidos durante décadas, en América del Sur y en todo el mundo.

La doctrina consagró la pauta de comportamiento para una nación joven y vigorosa que se creyó llamada a contribuir a la redención de la Humanidad y la edificación del Reino de Dios sobre la Tierra, a base de combatir y erradicar la corrupción del Viejo Mundo que quedaba atrás separado del Nuevo por dos océanos, objetando la presencia de potencias decadentes y opresoras fuera de sus normales zonas de influencia. Precisamente la guerra contra España en 1898 respondió a la activación de la doctrina Monroe por parte de otros políticos como Mac Kinley y Theodor Rooselvet, continuando su mensaje bien entrado el siglo pasado y sin desaparecer en éste. Se duda de su eficacia práctica en un mundo que de manera progresiva se abre y amplía, en que se registra la emergencia de nuevas grandes potencias y la quiebra de ese sistema unipolar que pareció introducirse con la desaparición de la Unión Soviética. De lo que no se duda es de su prolongada impronta en la Administración Bush, con claros antecedentes en la Administración Reagan y fracaso manifiesto en la prueba de Iraq.

Fue también por esa voluntad de arreglar el mundo aunque fuera lejos de sus costas, que los Estados Unidos acudieron en ayuda de Europa en las dos guerras mundiales. Una actitud generosa, imbuída de sólidos principios religiosos y humanistas también ha derivado de la doctrina Monroe con su idea del"destino manifiesto"; sirvió igualmente para fundamentar la Guerra fría contra la Unión Soviética, el rechazo al "Imperio del mal" y la "guerra global contra el terror" o para promover la guerra en la antigua Yugoslavia en los años 90. No obstante, el recuerdo de una doctrina una y otra vez reinterpretada, cuyo acierto se confirmaría por el hundimiento de la Unión Soviética, para otorgar a los Estados Unidos una especie de jurisdicción universal, asimismo se habría desajustado con la interpretación universalista de los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Que James Monroe volvía se empezó a barruntar entonces con la llamada doctrina Bush que de alguna manera ponía al día el derecho a intervenir unilateralmente, insistiendo en la necesidad de hacerlo incluso con guerras preventivas, contando con una abrumadora fuerza militar para ello.

Si la doctrina Bush pretendía vigorizar la doctrina Monroe, con su aplicación tan equivocada en el escenario iraquí lo que más bien ha conseguido es adulterar los pretendidos esfuerzos religiosos y humanitarios y drenar seriamente la capacidad de los Estados Unidos en otros escenarios de conflicto, como Afganistán, donde sí se habrían mostrado muy necesarios los efectos redentores. Más aún, se observaría una coincidencia entre los malos resultados de la intervención en Iraq y la disminución de la hegemonía de los Estados Unidos en su propio hemisferio, entre esas naciones de América del Sur que consideraban como terreno propio e incluso como su "patio trasero". Con la exageración de la doctrina y las nuevas circunstancias regionales se estaría acelerando una tendencia ya apuntada años atrás, por la que de forma progresiva varios países iberoamericanos, Brasil en especial, siguen su propio camino sin prestar excesiva atención a las preferencias estadounidenses, y otros como Venezuela tratan de obstaculizarlas sistemáticamente. El presidente Chavez, en referencia a Irán, ha proclamado incluso su voluntad de unir el Golfo Pérsiso y el Caribe. ¡Si James Monroe levantara la cabeza! •

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