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Nº 789 - 26 de mayo de 2008
Los mismos de ayer

por Santiago Carrillo

La jerarquía de la Iglesia católica dominada por los obispos ultras ha jugado un papel muy determinante en la crispación de la vida política española de los últimos años, desde que, en mala hora, desapareciera monseñor Tarancón. Y, hoy en día, persisten en las mismas. El objetivo de la crispación es, en primer término, el Gobierno de Rodriguez Zapatero, mas la novedad tras las últimas elecciones generales es que Mariano Rajoy se ha convertido tambien en uno de sus blancos preferidos. La campaña furibunda de la COPE y El Mundo contra el presidente del PP y los que le apoyan en el seno de éste llega a extremos arrabaleros. No gusta a los obispos ultras que Rajoy hable de independencia del Partido y que Gallardón diga que el PP debe ser aconfesional. Los obispos ultras siguen afirmando que "todo poder viene de Dios", que "España será católica o no será", califican el laicismo de excluyente, porque no admite a la Iglesia como parte dominante del poder político, y hablan de la muerte de Dios, del entierro de Dios, como causa de los más horrorosos males que pueden sobrevenir en España. Hablan de la Iglesia española como de una Iglesia perseguida por los poderes públicos... De seguir así van a conseguir que se convierta en expresión proverbial la frase de "mientes como un obispo".

Porque, si hay algo cierto, es precisamente todo lo contrario de lo que ellos dicen. Hace muy poco se celebró un Funeral de Estado —así se le denominó— en memoria del ex presidente Calvo-Sotelo en la catedral de la Almudena, oficiado nada más y nada menos por el cardenal Rouco Varela. Y allí estuvo presente toda la España oficial, pese a la aconfesionalidad del Estado. Y no es que discuta el derecho de un político creyente a tener un funeral de acuerdo con sus creencias, pero también habría podido organizarse, por un Estado al que se acusa de enterrar a Dios, una solemne despedida laica dejando el acto religioso a la iniciativa familiar y eclesial.

Pero son múltiples los actos que acreditan que nuestro Estado no parece del todo un Estado laico. Durante cuarenta años se incrustaron en nuestro país costumbres propias de un Estado católico, en las que la vida corriente y las celebracionesoficiales fueron rigidamente ajustadas a los ritos católicos. Y sea por rutina o por temor al "con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho", que nos legó el Quijote, los hábitos han cambiado muy poco. A veces parece como si siguiéramos en el franquismo.
Sin hablar de las políticas que un Gobierno regional como el de la señora Aguirre está llevando a cabo en la Sanidad y la Educación, particularmente, en las que la privatización está siendo un claro servicio a la Iglesia.

Todo esto podría retrotraernos a un tiempo en que el papel de la Iglesia en los sistemas políticos herederos del feudalismo, terriblemente opresivos, llegó a crear un abismo político entre católicos y liberales o progresistas. La labor pedagógica de los partidos de izquierda en conjunción con los movimientos católicos de base, los nuevos teólogos, la actividad de muchos padres jesuitas, del Monasterio de Montserrat y la gestión de monseñor Tarancón, había puesto fin al anticlericalismo agresivo. Pero parece como si algunos jerarcas actuales prefirieran las hostilidades y dramas del pasado para expandir más fácilmente su radicalismo clerical.

Estos obispos ultras de hoy se diferencian poco de los Gomá y los Pla y Daniel que vivían en el franquismo como pez en el agua.

Somos quizá los ciudadanos, creyentes e increyentes, unidos en la noble tarea de hacer más fácil la vida de la gente en este bajo mundo, en la que las creencias no deben enfrentarnos, los que podemos lograr que el pasado, con sus dramas, no se repita nunca más, ayudando a la Iglesia a ocupar el puesto que le corresponde en una España laica.•

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